par

Montreal.- A más de diez días de la tragedia del semanario Charlie Hebdo se podría decir que todos los argumentos a favor y “en contra” de la libertad de expresión han sido puestos sobre la mesa de la discusión planetaria que ha tenido lugar al respecto. En estas líneas proporciono algunos elementos que sugieren que, en lo que se refiere concretamente a la libertad de expresión, la razón está un poco por todas partes y, por lo tanto, la moderación se impone. Una moderación que, sobra decirlo, resulta difícil mantener ante lo atroz de los sucesos acaecidos en París el 7 de enero y ante la centralidad de la libertad de expresión para la vida en común en las sociedades de Occidente. En todo caso, creo que lo sucedido ese día tiene un contexto francés que no debemos ignorar, así como algo que decir a la sociedad y a la política mexicanas.

La contrastante reacción de la prensa francófona y anglófona en Canadá respecto a las caricaturas de Charlie Hebdo, concretamente respecto a la portada del número “póstumo” de la semana pasada, puso de manifiesto algunos de los múltiples dilemas respecto a la libertad de expresión en las sociedades occidentales. Mientras los diarios de habla francesa (léase, los diarios de la provincia de Quebec) publicaron dicha portada sin miramiento alguno, la mayor parte de la prensa en inglés, incluyendo el prestigioso Globe and Mail, decidieron no hacerlo. Según este periódico, el motivo que podría considerarse el más importante para no publicar las caricaturas fue que sus creencias y valores lo llevaban a rechazar la difusión de caricaturas “deliberadamente provocadoras” (editorial del 11 de enero). Para apoyar su decisión, el Globe and Mail señalaba que tanto el New York Times como la CBC (Canadian Broadcasting Company) habían optado por la misma vía (básicamente, la de no ofender a nadie de manera innecesaria). Por su parte, el prestigioso diario francófono Le Devoir y toda la prensa francófona publicaron varias caricaturas de Charlie Hebdo desde el día siguiente del atentado y publicaron asimismo la portada del número “póstumo”. 

La crítica que surge naturalmente respecto al argumento del Globe and Mail es que si una caricatura no es “deliberadamente provocadora”, no es una caricatura. Más importante aún, como lo señalaron muchos de los lectores que criticaron la decisión del periódico, es que la no publicación de las caricaturas les parecía una cobardía y una claudicación frente a los asesinos y, por lo tanto, frente al islamismo radical. De la misma manera, por cierto, reaccionaron muchos de los lectores del New York Times. De hecho, Margaret Sullivan, una de sus editoras, se expresó al respecto afirmando que los lectores del periódico debieron de haber tenido la opción de ver la portada en cuestión sin necesidad de recurrir a otros diarios; asimismo, afirmó que dicha portada no le parecía gratuitamente ofensiva y que, además, tenía “un valor noticioso significativo” (“With New Charlie Hebdo Cover, News Value Should Have Prevailed”). Sullivan no estuvo pues de acuerdo con la decisión de su propio periódico, concretamente de su editor ejecutivo, Dean Baquet, quien afirmó que fue muy difícil para él tomar una decisión y que, entre otras cosas, consideró el peligro que podrían correr algunos de los corresponsales internacionales del periódico. Otros medios importantes de los Estados Unidos, como la Associated Press, CNN, ABC, NBC y PBS, decidieron en el mismo sentido que el New York Times, sobre todo con base en el argumento de que no publicarían material que resultaría ofensivo para una parte de su auditorio. Otros medios estadounidenses, como el Wall Street Journal y el Washington Post cambiaron de posición a medio camino respecto a la publicación de ciertas caricaturas de Charlie Hebdo y otros, como el Huffington Post, publicaron algunas de las caricaturas sobre Mahoma desde el día mismo en que tuvieron lugar los acontecimientos. 

En el caso de la prensa inglesa, la postura de Alan Rusbridger, editor en jefe del reputado The Guardian, muestra bien algunos de los recovecos de esta discusión. Rusbridger afirmó que defendía totalmente el ethos y los valores de Charlie Hebdo y su derecho a ofender de la manera en que lo hacía. Sin embargo, y aunque The Guardian publicó varias caricaturas, incluyendo la portada “póstuma”, Rusbridger dijo que varias caricaturas eran muy ofensivas y que, por lo tanto, The Guardian no las publicaría, pues el periódico no debía modificar su política editorial. Al mismo tiempo, sin embargo, Rusbridger anunció que el grupo Guardian Media Group decidió hacer un donativo de 100,000 libras a Charlie Hebdo para que éste siguiera funcionando, pues The Guardian piensa que el semanario francés debe seguir publicándose. Para terminar con este apresurado y necesariamente parcial panorama mediático, cabe señalar, en primer lugar, que todos los medios franceses importantes, así como muchos en Alemania y otros países de Europa occidental publicaron varias caricaturas, incluyendo algunas de las consideradas más ofensivas. En segundo lugar y para “complicar” un poco más las cosas, cabe mencionar que algunos medios decidieron no publicar las caricaturas en sus versiones impresas, pero se les podía encontrar en sus ediciones electrónicas (a veces directamente, a veces mediante vínculos). Por último, algunos medios electrónicos, tanto en América del Norte como en Europa, publicaron las caricaturas pero con la advertencia de que podían resultar ofensivas para algunos lectores.

Como sugieren los párrafos anteriores, resulta imposible zanjar la cuestión sobre la libertad de expresión vis-à-vis la “responsabilidad editorial”, por denominarla así (una responsabilidad que, ante todo, está dirigida a la sociedad en su conjunto). Los argumentos en favor de una u otra de las posturas pueden resultar persuasivos a cualquiera que los escuche sin prejuicios. Ahora bien, ante lo acontecido en París el 7 de enero, es difícil no reaccionar airadamente y defender con firmeza un valor que, como se ha repetido en estos días, es uno de fundamentos de la civilización occidental, de la democracia liberal y de las sociedades modernas. Volveré a este punto al final. 

Antes de terminar me gustaría hacer referencia, aunque sea brevemente, a la sociedad en la que tuvieron lugar los acontecimientos que originaron este debate mundial sobre la libertad de expresión y sus límites. Más específicamente, sobre la legitimidad o ilegitimidad de la libertad individual para criticar y/o para ofender ciertas creencias religiosas. A este respecto, me parece importante señalar que más allá de una tendencia general de izquierda muy evidente, la crítica, la mordacidad y la burla de Charlie Hebdo no distinguían credos, ideologías o personalidades políticas (como lo muestra una somera revisión de algunas de sus portadas de los últimos años). 

Por razones más que entendibles, el personaje histórico que más ha salido a colación en el debate en torno a Charlie Hebdo es Voltaire. Por ejemplo, el 9 de enero, Robert Darnton publicó en el blog de The New York Review of Books un breve texto sobre lo acontecido dos días antes (“Laughter and Terror”). En él, aludía a la tradición satírica francesa de crítica al poder y a la intolerancia; una tradición en la que Voltaire ocupa el punto más alto (en su texto, Darnton menciona a Rabelais, Bussy-Rabotin, Beaumarchais y Chamfort). A esta tradición habría que agregar un laicismo que, por razones históricas en las que no viene a cuento detenerse, es particularmente fuerte en Francia; además de estar identificado con el régimen republicano a tal grado que quizás no tenga equivalente en la actualidad. Volviendo al texto de Darnton, me parece que en esta ocasión el célebre historiador estadounidense es dubitativo en exceso. Por un lado, parece buscar un linaje histórico para Charlie Hebdo, para hacer más explicable, supongo, la reacción unánime de la sociedad francesa. Al mismo tiempo, sin embargo, afirma que el humor de la publicación no tenía nada de voltaireano. Además, sin mucho fundamento en mi opinión, Darnton sugiere que al final de sus días Voltaire dejó de sonreír y más adelante sugiere también que en la actualidad Charlie Hebdo se vendía poco (como si ese fuera un dato relevante). En cualquier caso, en algún momento Darnton señala la envergadura del golpe propinado a Francia el 7 de enero y alude a un comentarista galo para quien el ataque a Charlie Hebdo era un ataque a l’esprit français. Buena parte de lo que esta afirmación implica queda reflejado en las declaraciones que Christiane Taubira, nada menos que la Ministra de Justicia de Francia, hizo el 14 de enero durante el sepelio de Tignous, uno de los cinco caricaturistas asesinados. Ese día, Taubira se expresó de la manera siguiente (cito textualmente de su discurso): “Todo se puede dibujar, incluido un profeta. Porque en Francia, en la Francia de Voltaire y de la irreverencia, existe el derecho de burlarse de la religión, dentro del derecho, sí, porque el derecho es la democracia.”

Aunque los contextos son completamente distintos, concluyo con un párrafo sobre nuestro país. En un artículo publicado en la versión impresa de Le Devoir el 13 de enero (“Charlie et les inégalités Nord-Sud”), el traductor mexicano Rafael Segovia señalaba que en Francia el golpe contra Charlie Hebdo fue no solo contra la libertad de prensa sino contra el Estado francés. En México, en cambio, plantea Segovia, la libertad de prensa se encuentra bajo fuego de dos enemigos: el crimen organizado y la corrupción estatal. Una corrupción, de todo tipo y a todos los niveles, que, me parece, ya va siendo hora que el presidente de México reconozca como el principal problema del país. Salvo situaciones extraordinarias como Ayotzinapa, esta corrupción omnipresente debilita a la ciudadanía, en la medida en que la hace temerosa y la empuja a encerrarse en círculos cada vez más estrechos. En cuanto al tema que nos ocupa, esta corrupción ha creado un ambiente de inseguridad al amparo del cual, como lo refiere Segovia, han sido asesinados cerca de 80 periodistas en los últimos diez años. La práctica indefensión en la que el Estado mexicano ha dejado a los periodistas críticos y la relativamente escasa reacción de la sociedad mexicana ante esta situación, escandalosas desde cualquier punto de vista, me devuelve a lo dicho más arriba sobre la vida en común en las sociedades modernas y sobre la libertad de expresión como uno de los pilares de la civilización occidental. A juzgar por dicha indefensión y dicha indiferencia, cabe plantear que México no es un país muy civilizado y que no pertenece del todo al mundo occidental (una vieja discusión académica, por cierto). En cuanto a lo que denomino “vida en común”, creo que si nosotros los ciudadanos no nos pre-ocupamos por protegerla y fomentarla, menos aún lo hará el gobierno mexicano.

Roberto Breña es profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México (actualmente es profesor visitante en la Université du Québec à Montréal, Canadá).

Te recomendamos: