suiza

Cualquiera que haya leído un par de novelas, o visto un par de películas de espionaje conoce las virtudes de los bancos suizos. El estereotipo del banquero construido por la ficción nos remite a un hombre impecablemente vestido, políglota, y amable con su cliente. Llega un momento en el que pide una palabra —una contraseña— para que el cliente acceda a su cuenta. Ni siquiera debe identificarse, la anonimidad de su cuenta es un derecho que las estrictas leyes bancarias suizas le aseguran.

La realidad, al parecer, no dista mucho de la ficción. Tal es el panorama que la mayor filtración de documentos bancarios en la historia nos deja ver. 

En 2007, Hervé Falciani, un empleado de la filial suiza de HSBC, huyó a Francia con la información de miles de cuentas y sus respectivos titulares, mismas que intercambió por protección. La información de Falciani comprende el periodo 2005-2007, y abarca aproximadamente 120 mil millones de dólares distribuidos en 30,000 cuentas bancarias.

La información fue dada a conocer al público por los periódicos The Guardian, Le Monde y la organización The International Consortium for Investigative Journalists (ICIJ) apenas en días recientes, aunque las autoridades de varios países, incluidos Francia, España, Bélgica, Grecia y Argentina ya han utilizado la información de Falciani para perseguir a evasores de impuestos.

No es exageración decir que en febrero ha habido un nuevo escándalo de corrupción por día. En una semana que incluye la investigación del New York Times sobre las propiedades de la familia de José Murat en Estados Unidos y la detención de familiares y colaboradores del ex gobernador de Guerrero Ángel Aguirre, los llamados Swissleaks han pasado algo de largo. Vale la pena volver a ellos—antes de que el siguiente escándalo termine de desplazarlos.

Regresemos al símil. Imagine que tiene algunos millones de dólares, un par de decenas, acaso cien. ¿Qué haría para evadir impuestos, para darle la menor cantidad —preferentemente ninguna— al Estado? Un banco suizo, según el  modus operandi descrito en las filtraciones de Falciani, le propondría al menos un par de opciones: establecer, primero, una compañía fantasma a la que no lo rigieran las leyes fiscales europeas; entregar, después grandes sumas de dinero en efectivo en la divisa de preferencia.

Mediante estas dos estrategias, HSBC en Suiza sugería a sus clientes evadir al fisco. Y al parecer funcionan muy bien: las filtraciones relacionan las cuentas del banco con 203 países. En el siguiente mapa, el tamaño de cada país corresponde a la cantidad de dinero relacionada con sus cuentas en HSBC Suiza.

En cantidades de dinero, las primeras posiciones son ocupadas por Suiza, Reino Unido y Venezuela—sí, la República Bolivariana. México, por su parte, se encuentra en la posición número 30, con 2.2 mil millones de dólares, repartidos en 1,893 cuentas pertenecientes a 2,642 clientes. Según ICIJ, la cuenta más acaudalada perteneciente a un mexicano es de 596.4 millones de dólares. 

Si bien los cuentahabientes aún no han sido vinculados directamente con sus fortunas, hasta el momento, los mexicanos que aparecen en la lista son Carlos Hank Rhon, Luis Tellez, Alfredo Elías Ayub, Jaime Camil, Humberto Cavazos, Eugenio Ebrard, y Ricardo Héctor Asch.

La mera existencia de una cuenta en Suiza no es suficiente para acusar a alguien, pero sí despierta fundamentadas sospechas, particularmente en el caso de servidores públicos. “México padece un severo problema de corrupción”, menciona Luis Carlos Ugalde en un artículo publicado en la edición de febrero de nexos —el reportaje del New York Times y la filtración Falciani nos dejan ver que es un problema del que sólo conocemos una mínima proporción. 

Juan Pablo García Moreno

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