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Mucho he oído últimamente sobre el avance que México ha tenido en las últimas décadas. Pasamos de ser un país exportador de materia prima a ser un país que exporta bienes industriales. Somos un país de maquilas, pero seguimos sin ser un país que produzca ideas. Y siempre la alabanza a la industria aeronáutica de Querétaro. ¿Estamos mejor que antes?  Probablemente sí, estemos mejor. ¿Pero es suficiente?

¿Y si exportáramos tecnología de punta? ¿Si diseñáramos los coches que ensamblamos? ¿Si concibiéramos la idea de los chips en vez de armarlos? ¿Si en vez de exportar tornillos los usáramos como insumo para la creación de obras innovadoras? ¿Cómo se vería una Reforma Energética si tuviéramos en México a los mejores ingenieros petroleros del mundo?

Más y mejor educación se pueden traducir en mayor profesionalización de la clase trabajadora. Un profesionista mejor preparado puede tener más ideas y puede implementar mejor sus conocimientos. Una población más educada puede diversificar sus actividades laborales y dedicarse a más cosas, expandir el campo de trabajo, y así  elevar la productividad del país. México, si invirtiera efectivamente en la educación y la profesionalización de su clase trabajadora, podría producir más y crecer mejor con el tiempo que le dedican hoy en día los empleados a sus trabajos. Más productividad llevaría a más crecimiento y al desarrollo del país que se ha creído tantas veces que ya —por fin, esta vez sí— va camino al primer mundo.

O al menos esa es uno de los planteamientos que deja entender el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT) en sus objetivos: “El reto de México consiste en estructurar un modelo económico que posibilite a su población la producción de bienes de alto valor agregado a partir del conocimiento científico y tecnológico. […] México necesita de un nuevo modelo de desarrollo para crecer y competir globalmente. México necesita un sistema científico-tecnológico robusto para transformar su sector productivo a bienes y servicios de más alto valor agregado.”

Por eso me pareció tan sorprendente que menos de tres meses después de aprobado el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2015, se anunciaran los primeros recortes al gasto, de 124 mil 300 millones de pesos (2.65% del total original). Los ajustes a las finanzas nacionales eran previsibles después de la caída de la estimación de crecimiento, el desplome de los precios del petróleo, el aumento estrepitoso del dólar y la crisis de credibilidad del gobierno en general. Lo que no era tan fácil de prever era que se le recortarían 900 millones de pesos al presupuesto del CONACyT. Es como si un chofer arrancara el coche, dispuesto a iniciar un largo viaje en carretera, sin gasolina.

Resulta que el recorte al presupuesto del CONACyT es más bien la regla y no la excepción. Como se puede ver en la siguiente gráfica, cada año el CONACyT ejerce un gasto menor al originalmente planeado, a diferencia del gasto en el cine por ejemplo. Y no sólo eso, sino que año con año se le han aumentado los recursos al CONACyT, tanto en términos totales como en porcentaje del total del presupuesto de los ramos administrativos.

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Más aún, no sólo no es raro que haya habido un recorte, sino que el recorte de 900 millones de pesos es pequeño a comparación de otros años. El recorte como porcentaje del presupuesto inicial asignado al CONACyT cada año se puede ver en la siguiente gráfica.

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Podemos concluir que no es atípico que se le haya hecho un recorte al CONACyT y tampoco es el recorte más grande que ha tenido pero, ¿entonces no es un problema que se le hayan recortado 900 millones de pesos?

Un país no puede crecer, no se puede desarrollar y no puede incrementar su productividad si sus recursos se diluyen en el gotero imparable de la corrupción. Es la corrupción, precisamente, la insaciable, la imparable, la poderosísima, la que termina por desviar los recursos de sus fines originales. Es la corrupción la que termina drenando y desorganizando los planes originales que se habían pensado para fines concretos.

La corrupción es la coladera por la que pasan los recursos públicos antes de llegar a sus fines verdaderos. Con recursos desperdiciados, mal asignados o entregados a compadrazgos no se puede invertir en el futuro, no se puede hacer planeación a largo plazo, no se puede aumentar la productividad ni incrementar el crecimiento económico, muchos menos pensar en desarrollo.

Tomando los datos publicados por Esteban Illades sobre el informe de la Auditoría Superior de la Federación del presupuesto ejercido en 2013, 11 mil millones de los pesos designados al Fondo de Aportaciones para la Educación Básica y Normal (FAEB), se utilizaron para otros fines, como el pago de las plazas de los líderes sindicales. Con 1/12 parte de ese dinero —que terminó en fines diferentes para los cuales se había pensado— se podría haber evitado el recorte a CONACyT. El chiste se cuenta solo, pero sólo por si hiciera falta: 1/12 de los recursos (mal) destinados de uno de los fondos para la educación equivale al recorte del presupuesto para el financiamiento de investigación y becas de posgrado en el país.

Se podría argumentar que no sabemos en qué se va a aplicar el recorte al interior del CONACyT. Hay muchos gastos de viáticos, de compras de inmuebles, de cuestiones administrativas o burocráticas que se podrían recortar para dejar intactas las becas de posgrado o los estímulos de investigadores. Pero el jueves 19 de febrero el primer grupo de estudiantes se manifestó en reclamo de la suspensión sus becas de maestría.

¿Qué se paga con cantidades similares al recorte del CONACyT? O en otras palabras, si no es en su futuro y profesionalización, ¿en que sí invierte México?

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Si el programa de “Escuela Segura” se hubiera planeado con un análisis de datos y con una investigación rigurosa, los recursos que recibió hubieran 1) servido un propósito claro y 2) sido sujetos a monitoreo. Sin embargo, ese dinero se destinó prácticamente a un hoyo negro, que podría haber financiado en su lugar el recorte al CONACyT. Lo mismo sucede con las devoluciones que el SAT hizo a Gamesa y Sabritas de manera presuntamente incorrecta. Y la misma historia se repite con los casi 900 millones de pesos que se usaron de manera discrecional dentro del programa de la Cruzada Contra el Hambre. Entonces nos encontramos con el chofer que quería empezar su recorrido por carretera, quien tiene un coche con poca gasolina, y encima su tanque está perforado y va goteando el escaso combustible que había calculado para su trayectoria.

Parece que México le invierte al compadrazgo, a la corrupción, al uso discrecional de recursos. No a la profesionalización de su clase trabajadora. Todo pareciera indicar que México le invierte a su presente y a los privilegios que algunos obtienen a cambio de la malversación de recursos. México no le invierte a su futuro. En vez de invertir en Saving Mexico, el país está destinando sus recursos a transitar de manera definitiva al Slaying Mexico. Con resultados como los que publicó la Auditoría Superior de la Federación, no se puede explicar el recorte al presupuesto del CONACyT. Con este tipo de ejercicio fiscal no puede más que ser evidente la vida fugaz a la que estuvo destinada desde un inicio nuestro frugal Mexican Moment.

Alejandra Ibarra Chaoul es politóloga del ITAM.


Fuentes y referencias:

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