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Hace un par de décadas, pocas personas sabían dónde se localizaba Qatar, una pequeña provincia árabe que había sido protectorado británico hasta 1971. En 1995, tras un golpe de estado contra su padre, Hamad bin Khalifa Al Thani asumió como emir y las cosas cambiaron.

Al Thani, de 43 años, más sensato y menos conservador que su antecesor, sabía que el boom petrolero y de gas natural que estaba por convertir a Qatar el país más rico del mundo no duraría para siempre. De hecho, los cálculos decían que su petróleo se agotaría para 2023. ¿Quién regresaría al emirato una vez que su riqueza se agotara?

Entonces, al tomar el poder, también tomó una decisión: invertir la riqueza de Qatar en otros sectores, con el fin de convertirlo en una nueva capital global, un destino obligado. Trajo a la península sucursales de algunas de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos (Georgetown, NYU); se convirtió en el principal coleccionista de arte contemporáneo a nivel mundial, y fundó un medio de comunicación de alcance global para hacerle competencia a CNN: Al Jazeera. Compró más de 100 aviones y lanzó Qatar Airways; incluso financió un nuevo aeropuerto que abrió en 2014. La idea detrás de todo esto era simple: convertir a Qatar en el centro del planeta.

Sin embargo, a Al Thani le faltaba algo. Podría tener la vanguardia cultural, de transporte, mediática e incluso educativa. Pero el emirato no figuraba en el mundo del deporte. Su selección de futbol ocupaba uno de los últimos lugares en el ranking de la FIFA. La Qatar Stars League, su primera división profesional, atraía a jugadores cerca del retiro y les ofrecía millones de dólares por jugar sus últimos años en el emirato. Estrellas como Gabriel Batistuta y Raúl se mudaron a la península con el fin de levantar la asistencia y la proyección global del país. Pero aun así los estadios no estaban ni cerca de llenarse.

Fue entonces que el emir, tras ver que Sudáfrica sería anfitrión del mundial de 2010, utilizó todos sus recursos para obtener lo que le faltaba. Fuese como fuese, el mundial de 2022 se celebraría en Qatar. Es así como empieza la terrible historia del mundial que, de llevarse a cabo, aniquilará al juego bonito.

En su libro The Ugly Game: The Qatari Plot to Buy the World Cup, los periodistas Heidi Blake y Jonathan Calvert, del equipo de investigaciones especiales de The Sunday Times en Londres, relatan, con minucioso detalle, cómo se llevó a cabo la compra del evento deportivo más visto a nivel mundial.

A partir de terabytes de documentos proporcionados por una fuente anónima –alguien que formó parte del equipo que presentó la propuesta qatarí para ser anfitrión del mundial–, los periodistas narran la travesía que inicia en 2008, cuando la FIFA da el banderazo a los procesos que culminarán en las votaciones para elegir a los países sede de 2018 y 2022. Ambos mundiales –otorgados a Rusia y al emirato árabe– serán asignados en 2010, en una votación simultánea.

Qatar, a través de Mohammed bin Hammam, un empresario presidente de la Confederación Asiática de Futbol (AFC en inglés), y de lazos estrechos con Joseph Blatter, presidente de la FIFA, comienza a utilizar sus interminables reservas para financiar el proceso. Con pagos hechos a través de su compañía Kemco –una constructora con valor de miles de millones de dólares–, bin Hammam compra a la mayoría de los representantes africanos y del Caribe que podían votar en la elección de las sedes. A Jack Warner, en ese entonces presidente de la CONCACAF –confederación que incluye a México– le llegó a depositar más de un millón de dólares por asegurar los votos caribeños. A los presidentes de las federaciones africanas, cientos de miles de dólares una y otra vez. Todos participaban en una ficción colectiva –el dinero, se decía siempre, sería para mejorar infraestructura y capacitación en las federaciones, pero en realidad terminaba en las cuentas personales de los representantes, entre ellos Kalusha Bwalya, estrella zambiana del América durante los 90– y constante: cuando parecía que el dinero comenzaba a faltar, los federativos amenazaban con cambiar su voto. Se hacían ricos por mantener una promesa que tal vez no cumplirían: las votaciones de la FIFA son secretas.

Mientras tanto, Joseph Blatter, el Lord Sith que se mantiene aferrado al poder –en mayo competirá por quinta vez por la presidencia, la cual se pronostica volverá a ocupar– usa a la federación para su beneficio personal. Blatter se reúne en incontables ocasiones con bin Hammam, y aprueba sus manejos en la compra de votos. De hecho, tras el anuncio que da inicio a las campañas, Blatter tiene una junta privada con el representante qatarí, en la que le asegura que Qatar se hará con el mundial de 2022. Todo por ser reelegido una vez más.

Dirá uno en este momento: “¿Y qué? Sólo es un juego”. Y tendrá algo de razón. El amaño de votos, las sumas millonarias que cambian de manos, son triquiñuelas entre privados que lucran con un deporte, no con un servicio público. Pero es ahí donde se complican las cosas.

Cuando bin Hammam se da cuenta de los cálculos complicados para obtener los suficientes votos –el proceso de FIFA permite que se haga votación por rondas; en cada una se elimina al país que obtiene menos votos–, pasa de la arena deportiva a la estatal. Bin Hammam y el gobierno qatarí se acercan al representante tailandés ante la FIFA, y a través de él llegan al primer ministro de Tailandia. A cambio del voto tailandés, el país obtiene un contrato para importar gas natural a una fracción del costo internacional.

Cuando Rusia necesita un socio en Medio Oriente para exportar su propio gas, Qatar sale al rescate. Los representantes del emirato se reúnen con funcionarios bajo las órdenes de Putin; no sólo intercambian votos, que al final terminarán por otorgarle un mundial a cada país, sino se aseguran de que los acuerdos comerciales favorezcan a ambos.

Cuando Nicolas Sarkozy, presidente de Francia, ve que su equipo favorito, el París Saint-Germain, se encuentra en dificultades económicas, le pide a Michel Platini, presidente de la UEFA –la confederación europea– que vote a favor de Qatar, a cambio de que su equipo sea rescatado por petrodólares. Y así en incontables ocasiones. El futbol se convierte en política. A los más pobres les mete el dinero directo en las bolsas, a los de medio nivel a sus compañías privadas, y a los ricos a sus placeres personales: sus equipos favoritos.

A la par de todas estas negociaciones secretas, ninguna persona en la FIFA se pone a pensar en qué sucederá si Qatar obtiene el mundial. Por cumplir con las formalidades, la Federación encarga dos reportes sobre la viabilidad de celebrar un mundial en el emirato. El primero es sobre infraestructura. El segundo sobre terrorismo.

Dado que Qatar sería el anfitrión más pequeño desde Uruguay en 1930 –cuando se inauguraron los mundiales–, la primera duda y traba son la logística. ¿Cómo se construirán y dónde se ubicarán los estadios en los que se jugarán los partidos? Las 12 sedes se localizarán en un radio menor a los 50 kilómetros cuadrados, lo que generará un problema de transporte e infraestructura grande. Con partidos simultáneos el tráfico se multiplicará, y los accesos a los estadios serán complicados.

Otro problema aún mayor: ¿Cómo se jugará un mundial en un lugar donde las temperaturas veraniegas se acercan a los 50 grados centígrados? Al principio Qatar promete utilizar tecnología verde de punta para asegurar que las canchas estén a 25-26 grados centígrados. Pero al obtener el triunfo, las condiciones cambian: la FIFA decide que el mundial se jugará en diciembre, alterando todos los calendarios de las ligas mundiales.

De ahí surge otro obstáculo más. ¿Cómo se modificarán los contratos de los derechos televisivos y de patrocinios en caso de que el mundial se juegue en diciembre? Las grandes federaciones han dicho que están dispuestas incluso a sabotear el mundial en caso de que cambie de fecha, aunque a la FIFA, al menos en público, parece no importarle. La ganancia monetaria de Qatar es mayor.

Pero eso no es lo grave. Al analizar la viabilidad del mundial en términos de seguridad, los encargados del reporte encienden un foco rojo: Qatar se encuentra en grave riesgo de un atentado terrorista por su proximidad a países como Yemen, hogar de fundamentalistas islámicos. Más aún, y debido al pequeño espacio en el que se celebrarán los partidos, un atentado tendría consecuencias más catastróficas de las previstas: las muertes en un posible ataque serían todavía mayores.

No obstante, los votantes, al terminar de escuchar ambas exposiciones, sólo tienen una pregunta: “¿Fueron amables los anfitriones al momento de hacer las investigaciones correspondientes?”. El subtexto es simple: ¿Es Qatar un país dispuesto a desembolsar todavía más dinero con tal de llevarse el mundial? La respuesta es un rotundo sí. La seguridad, la viabilidad, todas las condiciones para garantizar que el mundial se haga en las mejores condiciones, no tienen importancia alguna a la hora de votar.

De los abusos que ocurren durante la construcción de los estadios no hay ni una sola palabra. De las muertes de los migrantes –en esclavitud, con pasaportes confiscados y sin sueldo– tampoco habla la FIFA. Al contrario, Blatter celebra la modernidad en la que se llevará a cabo el mundial de 2022. En un país que se rige por ley coránica.

Página tras página del libro, dato tras dato, las revelaciones se van volviendo más escandalosas. Al final de la historia, en la que FIFA por primera vez admite una investigación independiente –el llamado reporte García–, todo se vuelve a caer por su propio peso. La investigación encargada por FIFA omite toda la información disponible sobre el amaño de la elección de los mundiales. Y, a pesar de ello, se mantiene secreta. La FIFA decreta que la investigación más importante sobre el mayor acto de corrupción en el mundo del futbol –con todo y que le faltan todos los dientes al reporte García– se mantendrá bajo candado durante las próximas décadas.

Es por eso que The Ugly Game, un libro de casi 500 páginas, atiborrado de nombres y de cifras, pero impecablemente narrado, es lectura esencial. Es un libro para entender cómo el dinero fue capaz de pudrir hasta al juego más bonito del mundo.
Esteban Illades es editor en nexos.

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