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Fue una campaña aburrida, donde los principales candidatos nunca se vieron cara a cara. Todas las predicciones fallaron: la mañana del día de la elección, el jueves 7 de mayo, la primera plana del diario de inclinación centro-izquierda the Guardian aseguraba que la carrera por los votos entre Tories (partido conservador) y el partido laborista (Labour) “no podía estar más reñida”.

Para las 10 de la noche en que cerraron las casillas, la encuesta de salida de las televisoras británicas daba a Cameron (Tory) la mayoría. La primera plana de la edición impresa del Guardian de las 3:30 a.m. del viernes 8 de mayo tiene como titular “Cameron noquea a Labour”. 

Aunque el conteo no ha terminado todavía al momento de escribir esto, el resultado final ya se ha declarado. Se requieren 326 asientos en el Parlamento británico para ganar, y el partido conservador liderado por David Cameron ha obtenido la mayoría con, hasta el momento, 327. Labour, al mando de Ed Miliband, ha quedado muy atrás, con 232. La tercera fuerza política en el país es el Partido Nacional Escocés (SNP), renovado bajo la batuta de la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon.  

El más grande perdedor de esta elección, (además del país mismo como argumentaremos más adelante) es el partido Liberal Demócrata (LibDem), que, comandado por Nick Clegg, hoy ha casi desaparecido del mapa electoral (con menos 15.2% de proporción de votos en comparación con el 2010). Por otro lado el xenófobo UK Independence Party (UKIP), liderado por Nigel Farage, tuvo 9.6% más votos que en la elección anterior, y 12.7% de los votos totales. Sin embargo, afortunadamente UKIP ganó un solo asiento en el Parlamento, y Farage perdió el suyo. Tras sus fracasos, durante la mañana de este viernes el público británico ha testimoniado las renuncias de Miliband, Clegg y Farage. 

Los cinco años pasados fueron regidos por la coalición Conservador/LibDem, con Nick Clegg jugando el rol de una triste marioneta. El público británico no le perdonó romper su palabra, sobre todo en lo que se refería a la no alza de cuotas universitarias. Sin embargo, quienes votaron LibDem hace cinco años no sólo no volvieron a votar LibDem, sino que tampoco lo hicieron por la principal fuerza política de centro-izquierda del país, Labour. Los Conservadores arrasaron, ayudados por el dominio del SNP en Escocia. Tras el rechazo de Ed Miliband a apoyar la voluntad independentista escocesa, Labour perdió a casi todos los votantes escoceses que de otra forma y en otros tiempos hubieran votado por el partido de la rosa.

Desde una perspectiva mexicana es por un lado impresionante que las elecciones británicas funcionen aparentemente con una increíble calma, rapidez y seguridad. El fantasma del fraude es casi inexistente, y es posible votar por métodos que la experiencia mexicana declararía indudablemente susceptibles a la manipulación (el voto por correo y por proxy, la ausencia total de mecanismos como el sello en el pulgar de quien votó). 

Sin embargo, el paisaje político de aquí en adelante es francamente aterrador. Este nuevo triunfo Tory que reelige a Cameron como primer ministro (ahora sin Clegg como muleta) indica un poco la temperatura política de grandes sectores de votantes en el país. Aunque sólo el 66.1% del electorado fue a votar, una mayoría Tory no se había visto desde 1992. Este regreso a la mayoría Tory señala una preferencia por políticas que a) se enfocan en el individuo y no en la sociedad b) asumen que los menos privilegiados económica, educativa, social o física y mentalmente son siempre responsables de sus carencias c) asumen, promueven y buscan un aislamiento geopolítico de Europa y del resto del mundo. 

En otras palabras, la campaña Tory se benefició de la retórica racista del inconcebiblemente popular UKIP, ganando terreno entre el electorado promoviendo la separación de la Unión Europea e implementando políticas de migración opuestas a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Bajo el argumento que los Conservadores apoyarán a “las familias que trabajan duro”, la estrategia económica Tory es una estrategia de exclusión social mediante la gradual privatización del Estado de Bienestar que por años hizo del Reino Unido una de las democracias más progresistas del mundo. Las políticas Tories reducen la responsabilidad social del gobierno al mínimo, privatizando servicios públicos esenciales (como el sistema nacional de salud, NHS), y abren los brazos a personas y  corporaciones multimillonarias globales sin importar la legalidad del origen de sus fondos. 

En términos de inmigración, el referéndum propuesto por los Tories para que el Reino Unido deje a la Unión Europea es ahora muy probablemente una realidad próxima. La propuesta Tory es una afrenta al más primitivo sentido común de cualquiera que haya vivido en la Europa del siglo XXI.; pone en jaque no sólo a millones de personas y familias europeas trabajando y viviendo en el Reino Unido (sin derecho a votar pero con obligación de pagar impuestos), sino a estudiantes, profesionistas y exiliados políticos del resto del mundo que pensarían que el Reino Unido podría ser un país hospitalario. El triunfo Tory pone además en peligro la unión misma del “Reino”, ya que aunque el ex-primer ministro escocés Alex Salmond prometió que el referéndum independentista no se repetiría, el disgusto del electorado escocés (y del SNP) por los Tories (con su sede en Londres) es patente. No es descabellado pensar que para el 2019 el Reino Unido sea un “reino desunido”, con el país no sólo separado de la Unión Europea, cortando lazos esenciales entre el continente y la isla (y entre los británicos viviendo en el continente y los europeos viviendo en Gran Bretaña), pero también entre Londres y Edinburgo, y por lo tanto entre el resto del país y Escocia.

En contraste con la retórica derechista de Cameron, su partido y los medios que le apoyan (sobre todo el imperio mediático de Rupert Murdoch), el triunfo de los Tories avisa cinco años más de austeridad, y por lo tanto cinco años más de franca pobreza intelectual, artística, educativa, social, económica y hasta geopolítica.  Con los canales democráticos oficiales agotados, es difícil saber, dada la particular cultura sociopolítica británica, cómo es que la izquierda pueda resurgir de esta nueva derrota. 

Ernesto Priego es doctor en ciencias de la información por University College London. Es profesor investigador de tiempo completo en el Centro de Estudios de la Información de City University London (#citylis) en el Reino Unido. 

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