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En las últimas semanas, sus detractores han publicado tantas caracterizaciones -y caricaturizaciones- sobre los electores que llevan mi misma intención de voto, que creo que puede ser valioso un testimonio en primera persona. El próximo junio seré anulista. En los últimos cinco ejercicios electorales -todos coincidentes de lo local y lo federal- que he vivido, sólo he sido anulista una vez y de una sola elección: la de 2009. Arruiné la boleta de diputado federal junto con el 10% de los electores de mi distrito. Para las otras boletas hice el estratégico –dicen-  juego de premios y castigos. No digo más sobre esa elección, que parece obligatorio abrir con ella los textos sobre voto nulo. No vale la pena entrar en la discusión de si ese porcentaje impulsó o no la insuficiente e incompleta reforma política.

 

 

Poco antes de que yo naciera, hubo un movimiento anulista crucial. Las cifras son opaquísimas porque quién sabe qué contaron y cómo lo contaron, ya que el único candidato presidencial con registro válido, pues era el del PRI. Se llevó el 91% de la votación. O eso dijeron. El movimiento anulista se aglutinó en torno a una figura clarísima: el socialista Valentín Campa cuya candidatura no fue reconocida por ser comunista. La historia ya se la saben –y si no, deben saberla-. Que si un millón de votos, que si apenas el 5% de la votación, que si en realidad ganó. Como sea, votar por Valentín Campa en 1976 era anular y eso lo sabía el electorado y lo sabían los gobernantes. Votar por Valentín Campa y por el Partido Comunista Mexicano era “ayudarle al PRI”, a lograr que el legislativo se conformara como una “cámara soviética” como le llamaba Alonso Lujambio. Y así fue: Jolopo vestido con el traje del 90% de la votación con sus cortes lisonjeras. La cosa es que un año después, ese mismo gobierno impulsó la primera gran reforma política que se enseña en muchos cursos de política mexicana como el inicio de la transición democrática. En ella se permitió el registro de candidatos comunistas y que el Congreso acogiera representantes de las minorías a través de la representación proporcional. Pongamos que con 5% de anulistas en 1976 es que empezó la democracia electoral.

 

“¡Es que no es lo mismo!” Estoy consciente del salto –no tan mortal- de considerar el movimiento alrededor de Campa como anulista, la cosa es que en términos estrictamente jurídico y electorales, lo era; argumento que suelen tener los detractores de hoy del anulismo. También sé que la votación de Campa no fue la única señal de alerta para el priísmo. Pero creo que hay que tener cuidado cuando se dice que el voto nulo carece de efectos políticos sólo porque no se puede jugar a las causalidades de la aritmética electoral, presupuestal y representativa con él. La evidencia se puede presentar –construir, diría yo- de formas mucho muy diversas. 

 

Como es evidente, y a diferencia de 1976, mi intención de anular el voto en junio no tiene un Valentín Campa. Ni siquiera tiene el más difuso Valentín Campa que sí existió en 2009. Los anulistas de 2015 todavía estamos huérfanos, pero siempre hay que dejar espacio para la posibilidad de lo extraordinario. Después de todo, la elección de 2012 se tornó emocionante e intensa en campañas, cuando nuestro hoy Presidente corrió despavorido al baño de una acomodada universidad católica. ¿Y si los anulistas encontramos o logramos articular un movimiento en cosa de unas semanas? Sabemos que es poco probable. ¿Nos dan chance de anular de todas formas?

 

“Voto de castigo”, nos invitan los más amables, los que no nos tratan como idiotas de la retórica. Va. ¿A quién sí quieren que le demos el premio? Es correcto que siempre habrá partidos más impresentables que otros, políticos menos miserables que otros. Siempre habrá algún candidato que, al salir en el noticiero de la mañana, todavía con esfuerzo podamos seguir comiendo del plato de cereal. Y nos piden darle un premio por eso, por castigar al nauseabundo. Eso es un poco cruel para los que estamos en este segmento del electorado. Verán: habrá muchos que sean un parte de un núcleo duro del anulismo, pero al menos los que son como yo, somos flotantes: sólo votamos por quien nos entusiasma o cuando encontramos un sentido crucialmente estratégico, según nuestras preferencias, en el castigo –digamos votar por Fox. Para los que votan como yo –no sé, hagan una encuesta para saber si contamos como evidencia de algo-, sabemos que nuestro tachecito en una boleta es irrelevante, irracional y hasta estúpido. Entonces hacemos lo que la publicidad del IFEINE y sus muchos sacerdotes voluntarios e involuntarios nos piden: convertirlo en un acto de conciencia.

 

Bueno, ya se vio que lo de votar por el PRI no es lo mío. Creo que no es necesario apuntar por qué –digamos que lo de las llamadas de larga distancia no fue suficiente-. Me acusan de favorecer al PRI si anulo mi voto, pero no creo que un “Puto el que lo lea” en la boleta lo beneficie más de lo que el PAN y el PRD lo han hecho en estos últimos tres años. ¿Cómo es castigar al PRI votando por ellos? Que el PVEM siga existiendo me hace dudar que valga la pena levantarse en las mañanas. PT y Movimiento Ciudadano han tenido políticos que me entusiasman, especialmente en esta última legislatura. Pero esos políticos no están en mi boleta y son partidos donde el riesgo moral por el candidato desconocido es, al menos para mí, brutal. Morena, Morena, Morena. He sido un no muy convencido elector de López Obrador, pero no sé si votar por un partido con una extraña retórica espiritista sea esta vez para mí. ¿Qué me queda? El SNTE y el partido evangelista. Ajá ¿Ya puedo anular? –Si me faltó alguno de los nuevitos, pensemos que fue deliberado-.

 

En todo caso y en suma, anulo porque es un acto de conciencia, porque esta vez no encuentro otra cosa que me haga ver la tinta en mi pulgar sin sentir asco. Porque no concibo que sea justo mi anulación la que logre que el PRI-PVEM tenga dos terceras partes de la cámara.  O sea, en principio no soy estratégico y no entiendo por qué se me exige con tanta vehemencia que lo sea. Sin embargo, esta vez soy más indiferente a cualquier composición del Congreso que a ese acto de conciencia y a la posibilidad de finalmente sí resultar estratégico a través del nulo. Sí creo que las anulaciones nutridas tienen resonancia en la agenda. “¡¿Pero cuál resonancia?! ¡¡¿En qué sentido?!! ¡¡¡¿Qué porcentaje es ‘nutridas’?!!! ¡¡¡¡¿CÓMO LA TRADUCES EN HECHOS?!!!!”, me preguntan con preocupación los que no conciben la imposibilidad de hacer observable y medible la complejidad multicausal de la agenda política. No lo sé. Pero la resonancia que sea me es suficiente. Cualquier acuse de recibo de un descontento desincorporado de una caótica masa polisémica de votos nulos entre los que se equivocaron, los que votaron por Chabelo, los que quieren la dictadura del proletariado, la extinción del Estado, la monarquía de los Borbón-de-toda-la-vida y los que anularon como yo es suficiente. Una declaración, un clima que favorezca la rentabilidad de ooootra reforma política que dé mejor acceso a nuevos actores que respondan a electorados, que el INE se decida a desaparecer el PVEM, el surgimiento de un partido medianamente decente. Con cualquiera de esos acuses pensaré sin el pudor alguno de la “falta de evidencia”, que encontró un pedacito de su causa en los que en 2015, enojados –no pongo “indignado” porque me encasillan-, anulamos nuestro voto. Esa sensación tan etérea me hace sentir que contribuyo mejor a la vida política de mi país esta vez que castigar al PRI con… Encuentro Social o algo. 

 

Dentro de las turbias aguas del anulismo hay un pequeño mercado electoral. Somos complicados, difíciles de caracterizar y aprehender, no es posible hacer saber exactamente qué es lo que queremos –a estas alturas me pregunto si el PRD, por ejemplo, sabe qué cosas concretas quiere su electorado de ellos-, pero ahí estamos. Veo tan legítima y útil la fantasía de querer tocar la esfera pública a través de la protesta del voto nulo que sentir que la convicción de tu voto es castigar a través de mantenerle el registro, no sé, del PANAL.

José Ignacio Lanzagorta

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