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Esta intervención, en reacción al artículo de José Ignacio Lanzagorta, debería en realidad llamarse “Por qué sí Morena”. Pero la hago en pregunta porque no veo en el “anulismo” que razona su protesta (que en mi caso la veo más que legítima) ningún argumento convincente (para mí) de por qué su descontento con todo el sistema de partidos, el sistema electoral, y el sistema democrático (así, separados) podría traducirse en un voto por el partido formado por los seguidores de López Obrador. Detrás de anular está evidentemente la idea de que ninguno de los partidos políticos actuales representa a quienes usarán esta forma de votar.

La discusión nuevamente está en un círculo bastante informado. Para nada asumo que el anulista está desinformado, todo lo contrario, más bien, y con todo respeto, creo que la abrumadora información que tienen sobre la realidad política los ha llevado a construir un argumento sumamente moral pero poco estratégico. Y lo digo en específico del anulismo de 2015. En 2009 los anulistas estaban organizados, con células en todo el país y con una agenda de apertura democrática. La Asamblea Nacional Ciudadana (ANCA) y muchas organizaciones dedicaron su tiempo a influir en el congreso, a politizar a los inconformes, a movilizar a los indignados. En 2015 no veo en absoluto nada de eso, y si lo hay, que me informen; más bien sólo leo una desesperanza absoluta; comparto la desesperanza, pero para nada su carácter absoluto. El anulismo de 2015 para mí, y hago esa apelación personal, desorganiza y desmoviliza.

Ahora, para que no se perciba que soy un absoluto convencido de votar por el peor, en Michoacán yo no tendría por quién votar, tampoco en Guerrero. En el ámbito nacional me queda claro que Morena sí puede ser una oposición con una agenda anticorrupción para enfrentar al gobierno corrupto que tenemos, y quizás desbalancear el equilibrio que tuvo el Pacto por México. Pero en esas entidades los candidatos son cómplices de la situación desastrosa que viven, y los candidatos de Morena son débiles como para cambiar el escenario de la elección de gobernador. Por eso quizás yo anularía si viviera y votara en esas dos entidades, pero me gustaría cifrar un movimiento organizado para cambiar los términos de la discusión sobre violencia y desigualdad.

Ahora, Morena por sí mismo no está en el ideal de mis aspiraciones ideológicas, pero desde que estoy politizado ningún partido lo ha hecho realmente. El PRD, el partido en el que militaba, me parecía demasiado cercano al centro político en muchos temas. Morena me parece que tiene una agenda que integra agravios anticapitalistas con agravios populistas que resultan a veces contradictorios, por ejemplo, que no sea claramente un partido que promueva los impuestos progresivos y que integre a los movimientos obreros con los que dialogan. Es un partido nacionalista, y en algunos temas conservador, pero para mí claramente tiene claro que la corrupción es una agenda urgente y su actuar en el congreso los ubicó, junto con parte del perredismo rebelde, en clara oposición a las reformas del Pacto. Es claro que mi voto por Morena será estratégico, no un voto de fe ciega o esperanza absoluta con ellos. Pero quizás así siempre han sido mis votos. Además, en mi particular distrito federal el candidato es un político con el que he dialogado en antes, y quizás soy el afortunado que sí ha hablado con su diputado, pero al menos es un incentivo más por votar por Morena. En otros contextos regionales puede que sea diferente y el representante de Morena sea un hampón más. Pero lo que defiendo no sólo es lo estratégico, es también, aunque suene poco inspirador, en los grises y matices, en lo posible en los márgenes de las múltiples restricciones.

En realidad no estoy tratando de convencer los anulistas, estoy difiriendo de ellos en un tono muy diferente a la insistencia moralina que les han propinado, quizás esperando convencer a quienes ellos, quieran o no, están convenciendo. Para mí el costo del anulismo es que al día de hoy no me da opciones y alternativas para recuperar un poco la esperanza. Además, retomo el ejemplo de José Ignacio porque me parece ejemplar para decir que yerra en la interpretación de las elecciones en las que Valentín Campa fue candidato. Él era todo lo contrario a lo que el anulismo de 2015 apela. Campa estaba en un sistema que le prohibía ser candidato, y que incluso cuando su partido estaba prohibido, por acto simbólico, decidió contender. La organización electoral era una apuesta que la izquierda tenía cuando ni siquiera podía ser una opción. Ante el argumento de que las barreras de acceso al sistema hoy son muy altas, y que por lo tanto nada podemos hacer, me parece una evasión del verdadero dilema que el votante más informado e inconforme tiene, o militar o hacer un partido. Los comunistas, para ser francos, la tuvieron más difícil, y decidieron seguir, luchar y esperar. En Democracia Deliberada —corriente de la izquierda partidista— militar en el PRD en las condiciones que nos tocó, porque todo está históricamente situado, fue una apuesta que al final no nos resultó. Pero eso no significa que Morena o hacer un nuevo partido no sean una opción en el futuro. Sobre todo por la misma razón que algunos van a anular; si no nos gusta esta clase política tenemos que ser nosotros la nueva clase política. Eso implica un esfuerzo, dedicarnos a organizar algo, o a participar otra vez en un partido, y al final ser metidos en la bolsa de “son los mismos”. E incluso lanzarnos al fracaso por nuestra desorganización. Pero prefiero votar estratégicamente y fracasar a sólo esperar que una protesta sin organización posterior cambie algo (ahí hay que aprenderle mucho a los movimientos sociales).

No quise ponerle a este texto “Yo votante” por el matiz que he sostenido. En algunas ocasiones yo podría anular. Pero al menos desearía mejores argumentos que den alternativas claras. Además, hay un imperativo que sí reiteraré, pero en términos muy diferentes, e igualmente muy personal. Como mexiquense me tocó vivir el nuevo-viejo priismo. Lograron cumplir con los sueños más alocados de la agenda neoliberal. Ellos son mis oponentes. Y tengo un aliado en Morena para ello, un aliado que no ha traicionado, hasta ahora, lo mínimo que busco en un aliado, como en su momento fue el PRD. Lo que me frustra un poco de esta discusión de anulismo es que quienes anulan también, muchos, podrían ser mis aliados y los veo más enfocados en justificar su disidencia individual que en proponer acción colectiva. Ahí es donde yo creo que quizás los priistas seguirán ganando, no por los argumentos aritméticos de voto nulo y abstención en las urnas, sino porque nuestra sofisticación nos hace nuestros propios enemigos al mantenernos desorganizados. Hoy el PRI debería estar de rodillas, y deberíamos preguntarnos por qué hoy sigue inerme y de pie.

Raúl Zepeda Gil  es politólogo por la UNAM y estudiante de maestría en Ciencia Política de El Colegio de México.

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