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Durante los últimos siete años el mundo ha sufrido los efectos de una crisis financiera global, los daños llegaron prácticamente a todos los países del planeta. Pero los efectos más adversos, sin lugar a duda, ocurrieron dentro de los países industrializados y de entre éstos, los casos más graves ocurrieron en Europa. Países como España, Italia, Portugal, Irlanda, Chipre y sobre todo Grecia sufrieron la peor parte.

Los costos sociales y políticos en estos países han sido enormes, hemos presenciado niveles de desempleo no vistos desde los años de la Gran depresión en casos como España o Grecia, superiores al 50% y 60% entre sus jóvenes. Deterioros brutales en sus vidas y sacudidas políticas que han causado el quebranto de las viejas élites, o como le dicen en España, castas políticas. Así, en este contexto, llegó al poder el  actual primer ministro griego Alexis Tsipras con el partido Syriza. 

Si bien la mayoría de los analistas al hablar de Grecia en los últimos tiempos hace mención a su difícil condición económica, su incapacidad de pagar sus deudas a los acreedores internacionales y la posibilidad de salir de la zona euro (hecho sin precedentes en la unión monetaria), sólo dejarlo en estos términos es omitir que esta serie de sucesos en Grecia, en realidad se compone de por lo menos un par de historias. 

La primera, y en mi opinión más importante, pasa por los antecedentes que permitieron que la situación griega se complicara a los extremos actuales; es decir, las razones estructurales detrás de la crisis. La deuda griega no es un hecho fuera de contexto y debe entenderse como una irresponsabilidad por parte del gobierno griego, también por parte de los bancos, cómplices del sobreendeudamiento y de las instituciones europeas que no están diseñadas para realizar rescates. 

El gobierno griego mintió sistemáticamente durante años para cumplir con los estándares fijados primero en el tratado de Maastricht (que dio origen a la unión monetaria en 1992) y el más reciente tratado de Lisboa. Grecia nunca cumplió con los objetivos de deuda, como porcentaje del PIB, así como la convergencia en su nivel de inflación y tipo de cambio. Grecia, como la mayoría de los países miembros de la zona euro, nunca cumplió a cabalidad con los requisitos que ellos mismos se impusieron. Al final, la expansión de la unión monetaria resultó benéfica para los países industrializados que respaldaban la moneda única (Francia, Alemania e Italia), permitiendo la existencia políticas industriales y comerciales que pudieran ser catalogadas como “beggar thy neighbor” o empobrecer al vecino.

La rápida expansión de la zona euro obedecía a razones económicas tradicionales para la economía, reducir costos de transacción, estabilidad de precios, un mayor mercado para exportaciones; esta lógica llevo a una conducta irresponsable por parte de las instituciones financieras que vieron posible incrementar sus ganancias con gigantescos préstamos y prácticas predatorias con todos los países miembros. A su vez los países sucumbieron ante la tentación del dinero fácil y barato. 

Es aquí donde la primera de este par de historias griegas llega a su clímax: el gobierno griego mintió sobre el estado de sus finanzas públicas para endeudarse más y los bancos europeos, pese a tener información sobre las finanzas griegas, decidieron seguir prestando. El resultado fue catastrófico cuando la crisis de 2008 golpeó al mundo y el crédito se restringió; resultó evidente que Grecia no sería capaz de mantener sus niveles de gasto y endeudamiento y mucho menos podría pagar sus deudas sin un fuerte programa de refinanciamiento.  

La Unión Europea es una unión monetaria pero no fiscal; es decir, sus países miembros ceden la autonomía de su política monetaria al Banco Central Europeo (BCE), pero son libres de ejecutar sus propias políticas fiscales dentro de los marcos de los tratados de la unión. Ello fue el pecado original de la unión; muchos economistas, como Paul Krugman, Amartya Sen, Joseph Stiglitz por mencionar sólo algunos, advirtieron desde los inicios del tratado de Maastricht que la Unión Europea sufría de la terrible debilidad de no ser una unión fiscal, por lo tanto no existen mecanismos para rescatar a uno de sus miembros. 

Este pecado original es una de las causas de que Grecia tenga que negociar con la Unión los términos de su costoso rescate. Los países más fuertes del grupo, Alemania y Francia, inicialmente se hicieron cargo de prestar dinero para rescatar a las instituciones financieras (fundamentalmente bancos alemanes y franceses), que al prestar de formar irresponsable se pusieron al borde del colapso. La llamada troika, conformada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y los acreedores, decidió que el remedio para dicha enfermedad sería una variante de algo que en América Latina conocimos de cerca, los programas de ajuste estructural; es decir, los programas de austeridad. 

Es aquí donde entra en juego la segunda historia griega, la que enmarca esta coyuntura económica. Durante los últimos cinco años la economía griega se ha contraído en más de 27% del PIB, su acceso a financiamiento es prácticamente nulo y los costos sociales son insostenibles. 

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Fuente: Elaboración propia con datos del Banco Mundial.

 

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Fuente: Elaboración propia con datos del Banco Mundial.

Los programas de austeridad impuestos por la troika tuvieron un efecto negativo sobre la economía griega. En lugar de permitir que la deuda fuera pagada han hecho que resulte imposible. La austeridad ha provocado una economía en depresión, que no es capaz de recaudar impuestos pues tiene una escasa actividad económica. La troika insiste en que la austeridad es el camino para solucionar el programa; en el pasado, en algunos países como Canadá o Suecia, funciono, empero, con condiciones muy diferentes.

Grecia, a diferencia de estos países, no tiene una política monetaria autónoma, por lo tanto no puede hacer lo que esos países hicieron, devaluar su moneda, ganar rápidamente competitividad, generar una plataforma exportadora y generar crecimiento económico permitiendo pagar a sus acreedores. Otra alternativa que un país con moneda propia tendría es la de buscar generar inflación y así disminuir el valor de la deuda, para Grecia ninguna de estas estrategias esta disponible. 

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Fuente: Elaboración propia con datos del Banco Mundial.

El trilema de Grecia entonces radica en aceptar la continuación de estos programas de ajuste estructural, que han causado el mismo efecto en Grecia que el que causaron en los años ochenta en América Latina, encontrar una solución negociada con sus acreedores consiguiendo recursos y tiempo para continuar refinanciando su deuda. O, la opción más extrema: romper el pacto con la Unión Europea, salir de la zona euro y acuñar nuevamente su propia moneda. 

¿Cuáles son las expectativas de Grecia si se mantiene o si sale de la zona euro?

En realidad es casi imposible saber que será de Grecia en cualquiera de los dos escenarios, dado el efecto que los programas de austeridad tienen sobre la economía, como puede observarse con la prolongada caída en el PIB y el creciente desempleo. De permanecer en el euro, Grecia probablemente continuaría su trayectoria descendiente en calidad de vida y enfrentaría costos sociales que lo pondrían más cercano a un país de ingreso medio que a uno industrializado. 

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Fuente: Elaboración propia con datos de a Autoridad Estadística Helénica.

 

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Fuente: Elaboración propia con datos de a Autoridad Estadística Helénica.

De salir del euro, Grecia tampoco enfrentaría circunstancias fáciles. Con toda seguridad su acceso a mercados de crédito estaría cerrado, enfrentaría fuertes presiones por parte de sus acreedores y al tener que acuñar una moneda propia nuevamente. En el corto plazo podría sufrir ataques especulativos aprovechando sus precarias condiciones. Salir del euro no remediaría en el corto y mediano plazo su serio declive económico; sin embargo, presenta una sola ventaja, la de poder determinar por sí mismos una política monetaria independiente y ganar competitividad en sus industrias al largo plazo.  

La salida del euro, en mi opinión, es la que le ofrece ligeramente mejores opciones si el resto de Europa no esta dispuesta a reconocer que la totalidad de la deuda es virtualmente impagable. De ocurrir la salida, lo hará causando una serie de turbulencias en la economía internacional y de las cuales existe poca literatura sobre como podría golpear a los otros países de la zona euro. El escenario más catastrófico podría incluir la reacción en cadena en otros países severamente endeudados de la unión monetaria, haciendo para estos también más difícil su permanencia. 

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Fuente: Elaboración propia con datos del Banco de Grecia.

Estos dos componentes de la crisis griega nos dejan un par de cuestiones que la comunidad internacional debe discutir. La primera es sobre la supervivencia de Europa si ésta no transita eventualmente hacia una unión fiscal y abandona las prácticas depredadoras de algunos de sus miembros más poderosos. La otra cuestión es de carácter global; la falta de mecanismos legales para lidiar con problemas de deuda soberana. No existe un marco legal para permitir de forma ordenada y segura la reestructuración de deuda en los países que se encuentren en riesgo de default. 

El segundo de estos puntos, si se decide crear un marco legal, debería abonar a una mejor gobernabilidad internacional, a una mayor estabilidad financiera y sobre todo a evitar el sufrimiento de millones de personas que son las que al final terminan pagando por la irresponsabilidad de todos los actores dentro de la economía mundial. 

Diego Castañeda

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