La calle que conduce de la mezquita Muhammad al-‘Amin a la plaza Riad al-Solh, nombrada así en honor a quien ocupara por primera vez el puesto de primer ministro en Líbano, estaba casi vacía. Las pocas personas ahí presentes portaban, en su mayoría, un uniforme en distintos tonos de gris, botas negras de caucho, y se encontraban reunidas en las intersecciones de las calles adyacentes, las cuales estaban bloqueadas por cercas metálicas y rollos de alambre de púas. Había vestigios de la manifestación de días atrás en el centro de Beirut: un par de vidrios rotos, rayones en las paredes y, al llegar a la plaza, carteles en árabe colocados sobre la valla que bloqueaba el acceso al imponente Grand Serail, donde se encuentra la oficina del primer ministro. En el lugar eran comunes mensajes como iasqut al-nidam (abajo el gobierno), thawra (revolución) y al-sha’ab iurid isqat al-nidam (el pueblo quiere la caída del gobierno), popularizado desde las protestas de 2012 en la plaza Tahrir de El Cairo.

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Esa imagen reafirmaba lo que por esos días circulaba en la prensa, que a finales de agosto, bajo la consigna de tala’at rihatukum (“su hedor se ha revelado”) o “you stink” (ustedes apestan), un sector de la sociedad libanesa había irrumpido en el espacio público para demandar cambios radicales en el régimen. Las razones de ello se remontan a julio pasado, cuando fue cerrado el vertedero de Na’amah, en el que se depositaban los desechos de la capital desde hacía dos décadas. En consecuencia, pilas de basura comenzaron a acumularse en las calles de Beirut, lo que provocó indignación entre la población. El 29 de agosto hubo una protesta a la que acudieron unas 10,000 personas y en la que se demandaba, entre otras cosas, solucionar el problema de la basura y llevar a la justicia a los responsables de la violencia en contra de los manifestantes, así como la dimisión del ministro de medio ambiente y la celebración de nuevas elecciones. A pesar de las tormentas de arena que recientemente han azotado la región, las protestas han continuado. El 2 de septiembre, 11 activistas instalaron un campamento cercano a las oficinas del ministerio de medio ambiente, y comenzaron una huelga de hambre que continúa hasta ahora.

A pesar de lo estrepitoso e inesperado de ese movimiento, el entorno urbano en Beirut arroja pistas para pensar que el discurso mediante el cual se han articulado esas protestas ya se encontraba ahí desde hace tiempo. De distintas formas, muchas de ellas muy creativas, se asoma una narrativa alternativa dentro del imaginario político libanés que contradice en muchos aspectos aquella que constituye al actual sistema político. Esa narrativa ha tenido mayor eco en las calles de la capital, donde, a diferencia de otras ciudades, las expresiones políticas en el entorno urbano no están dominadas por los partidos tradicionales. Desde hace unas semanas, el movimiento #YouStink la ha llevado a un primer plano, y es probable que, inspirado en ella, constituya un nuevo actor dentro de la escena política.

Sin embargo, para entender esa narrativa es necesario hacer referencia al contexto en el que se desarrolla. Especial mención merece la política de sectarismo que se remonta a 1943 cuando un grupo de notables, con el objetivo de lograr la independencia de la república libanesa, creó un pacto nacional que repartió el poder entre los representantes de los distintos grupos que, desde su perspectiva, conformaban la población. Eso dio lugar al sistema político sectario que prevalece hoy en día, y que reserva el cargo de presidente para los cristianos maronitas, el de primer ministro para los musulmanes sunitas y el de vocero del parlamento para los musulmanes chiitas. Por lo demás, el estallido de la cruenta guerra civil a mediados de los setenta y la intervención militar de actores externos, que apoyaron a uno u otro bando, profundizaron el resentimiento y la sospecha entre comunidades. 

Debido la resonancia del discurso que enfatiza la división sectaria entre la población, los dirigentes de los partidos, manipulando la memoria sobre la desgracia, buscan obtener dividendos a partir de él. Actualmente, las principales fuerzas políticas se han agrupado en dos grandes coaliciones que no son para nada estáticas. Por un lado se encuentra la alianza 14 de marzo, que surgió después de las protestas por el asesinato del ex primer ministro Rafiq al-Hariri, conocidas como revolución de los cedros, las cuales condujeron a la retirada de las tropas sirias de Líbano. Su miembro más importante es el partido Tayyar al-Mustaqbal (“Movimiento del Futuro”), dirigido por Sa’ad al-Hariri, hijo del ex primer ministro asesinado. Por otro lado está la alianza 8 de marzo, que toma su nombre de una manifestación que, en respuesta a la revolución de los cedros, abogaba por mantener la presencia siria. Ésta está conformada por partidos como Hizb Allah (“Partido de Dios”), Amal (“Esperanza”) y, desde 2006, al-Tayyar al-Watani al-Hurr (“Movimiento Patriótico Libre”).

Sin embargo, en años recientes, jóvenes beirutís, para quienes el espectro de la guerra civil es un recuerdo difuso, han generado formas sutiles para retar ese discurso. A partir de expresiones como el teatro y el arte urbano, Beirut ha sido inundado con mensajes cuyo denominador común es una oposición a la forma predominante de entender el ejercicio del poder. En las calles de la ciudad, es común observar grafiti en las bardas con mensajes como muslims love christians (los musulmanes amamos a los cristianos) o kul’luna lil-watan (todos pertenecemos a la nación). También se pueden encontrar mensajes manipulando los símbolos de las fuerzas políticas institucionalizadas. Un buen ejemplo es aquél que retoma el emblema de Hizb Allah: un brazo alzado sosteniendo un artefacto con la mano y, debajo, una leyenda en árabe escrita en caligrafía cúfica. Pero en este caso no es un rifle de asalto lo que la mano sostiene, sino el lema del partido con una variación —fainna al-sha’ab hum al-galibun (ciertamente el pueblo será el vencedor)– y debajo del brazo no está el nombre del partido, sino la palabra hurriyah (libertad).

Por lo que al teatro respecta, la creación en 2006 de la compañía de teatro Zoukak es especialmente ilustrativa. De acuerdo con sus creadores, esa iniciativa “surgió de la convicción de que la práctica teatral es un mecanismo de involucramiento político y social y de la fe en la colectividad como una posición en contra de los sistemas de marginación”. Para los miembros de la compañía, “la forma en la que se posicionan dentro de los discursos dominantes en su contexto define su involucramiento político como artistas”. Zoukak ha creado una serie de producciones que desde la autocrítica y la sátira buscan introducir nuevos elementos en el debate público, enfatizando aspectos como la violencia, el crimen, la reconstrucción de la historia. Por ejemplo, en su producción más reciente, Masrah al-Ma’araka (“El escenario de batalla”), se cuestiona el papel de la gente común como simples espectadores de la violencia y propone que son ellos, al reproducir líneas divisorias y discursos de segmentación, quienes crean la posibilidad para su erupción.

Esa nueva narrativa también se expresa en otro tipo de actos públicos como manifestaciones y protestas, las cuales, si bien son menos recurrentes, tienen la capacidad de hacer resonar el mensaje con mayor fuerza. De esa manera, el movimiento #YouStink, que surgió como una protesta por la ineficacia del sistema de recolección de basura, ha servido como un vehículo para la expresión de esa narrativa. El movimiento ha evitado adoptar símbolos que hacen referencia al imaginario sectario y, por el contrario, se ha enfocado en la utilización de símbolos nacionales. En la plaza Riad al-Solh, letreros con la palabra al-Wahda (“unidad”) cuelgan de unas sogas atadas a los faroles. Cada letra tiene un color distinto, representando a los principales partidos políticos en Líbano. De manera consistente, en entrevista para un programa del canal Murr Television (MTV), Marwan Maalouf, dirigente del movimiento, hacía énfasis en la unidad como condición para resolver los principales problemas de Líbano y ante la pregunta insistente del presentador sobre si era cristiano, él simplemente se limitó a decir: ana lubnani (“soy libanés”).

En este momento es difícil saber si el movimiento #YouStink podrá institucionalizar esa nueva narrativa que se despliega en el espacio público libanés y constituir, a partir de ella, un actor político con mayores posibilidades de influir en el poder. Sin embargo, tarde o temprano, debido al cambio generacional y a la perspicacia de quienes buscan retar los discursos dominantes, la cultura del sectarismo tendrá que competir en terrenos institucionales con ese nuevo imaginario. En ese momento se revelarán con mayor claridad las posibilidades de acción política a las que esa narrativa da lugar. De igual forma, será hasta entonces cuando se pueda contemplar su grado de persuasión en la periferia de Beirut y en el interior del país, donde la memoria de la guerra aun flota en el aire y el resentimiento entre comunidades no es cosa del pasado.

Erick Viramontes es candidato a doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Australia y especialista en Medio Oriente.

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