En México, como en otros países de América Latina, el populismo ha sido un fenómeno que ha moldeado la política y sociedad desde el siglo pasado. No obstante, el término ha sido tergiversado hasta volverse tan ambiguo que en ocasiones llega a asociarse con situaciones ajenas a lo que representa. Bien señala Jean-François Prud’homme que el “concepto de populismo es evasivo y suele designar una gran variedad de fenómenos políticos”.1 Sin embargo, su entendimiento es de suma importancia principalmente porque a través de esta forma de acción política se ha transformado la concepción y el ejercicio del poder, así como las estructuras sociales.

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El populismo es un estilo político que se caracteriza por la elaboración retórica de una relación inmediata con el pueblo y el conjunto de prácticas que hacen creíble dicha relación. Es, por lo tanto, una forma de acción política y de liderazgo mediante la cual las masas interactúan directamente con el líder sin mediación institucional.2 No obstante, esta práctica ha variado con el tiempo. Como señala Herbert Braun, hay diferencias entre el populismo latinoamericano de Vargas, Perón y Cárdenas, y el que se ha desarrollado a partir de las últimas dos décadas del siglo xx. En los últimos casos, la apelación a la transformación total de la sociedad es casi inexistente. Por lo general, su discurso y accionar son más moderados, pero de las experiencias pasadas rescatan la idea de moralidad e inconformidad con el orden institucional vigente.

Pareciera ser que todo político en el país tiene esta “etiqueta” al momento de hacer campaña o pronunciar un discurso. Y, posiblemente, puede haber un poco de verdad en esto, pues el populismo y las formas de democracia moderna están relacionadas al apelar ambos a la soberanía popular y a la representatividad. Sin embargo, como afirma Prud’homme, a pesar del parentesco, el vínculo entre ambos es un asunto de dosis y límites; es decir, de cómo se concibe la democracia y, por supuesto, el nexo entre gobernantes y gobernados.3

En los últimos meses, me han llamado la atención las actitudes de una figura sumamente conocida, pero sobre la que se ha escrito poco y se ha especulado mucho. El 7 de junio de este año, Jaime Rodríguez Calderón, popularmente conocido como “El Bronco”, hizo historia al convertirse en el primer gobernador independiente del país al vencer de manera contundente a los demás candidatos en las elecciones locales y acabar con el ya común bipartidismo de Nuevo León. 

La trayectoria del Bronco en la política no fue la de ciudadano común que optó por participar en una contienda electoral. Este personaje militó durante más de 30 años en el Partido Revolucionario Institucional y fue hasta el año pasado cuando rompió con el mismo y se declaró independiente. Lo importante e interesante que pretendo apuntar no es su pasado como miembro de un partido, sino el cambio en su discurso y accionar político a partir de que decidió buscar la candidatura independiente para gobernar su estado.

El Bronco, como muchos otros candidatos independientes que compitieron en las elecciones pasadas, atacó con mucha razón a los muy desgastados partidos políticos. Aseguró durante su campaña que en caso de llegar a la gubernatura mantendría una relación cercana al pueblo, casi sin intermediarios. Con el paso de los meses, se hizo de un liderazgo muy peculiar, casi paternalista, entre sus seguidores y su persona. Se presentó como opción alternativa, fuera del sistema de partidos, cuyo objetivo principal era la inclusión ciudadana y la transformación de las instituciones, pero sin llegar a romper con éstas. 

A su vez, Rodríguez Calderón adoptó el estilo personal propio de la cultura del norte del país. Recorrió el estado como un hombre común montado en un caballo. Durante su campaña, más que orientar su discurso hacia acciones concretas de un plan de gobierno, se avocó a la construcción de retos morales. Frases relacionadas con la confianza, esperanza y fortaleza del pueblo sobraron. Esto fue bien recibido por los votantes al ver en él un representante cuya cercanía no estaba mediada por un partido. El Bronco, en muy poco tiempo, se acercó a acciones y estrategias políticas que caracterizan al populismo y, sin lugar a dudas, le funcionaron. 

No obstante, siguiendo a Braun, es posible afirmar que la figura del Bronco parte de un estilo que ya no busca reestructurar el orden social desde arriba. Su mensaje logra apelar fácilmente al pueblo, sin embargo, éste “no tiene el profundo significado de antes, porque la sociedad ya no se organiza alrededor de valores culturales, sino de valores económicos”.4 Lo que hoy exigen los ciudadanos es que las instituciones respondan con rapidez ante los cambios sociales para así evitar mayores distorsiones como la exclusión, precariedad y desigualdad.

A casi una semana de rendir protesta como Gobernador de Nuevo León, me siguen sorprendiendo dos cosas del accionar político del nuevo mandatario. Parece ser que el Bronco se resiste a adoptar la figura que le corresponde, al pasar de ser el candidato ganador de la elección al Jefe del Ejecutivo en Nuevo León. Su lenguaje sigue apelando a lo común y auténtico, sin insertarse en el orden institucional que ahora le compete. A su vez, el uso de los símbolos parece que se volverá constante. La silla “limpia de poder y egolatría”, las cabalgatas, o la presencia de su caballo afuera del Palacio de Gobierno son recursos con los que el ahora gobernador ha buscado construir una identidad común entre él y los ciudadanos. Ante esto, no hay que olvidar que hace ya 15 años le pasó algo similar al entonces presidente Vicente Fox, quien construyó su discurso e imagen de forma similar al Bronco y después enfrentó serias dificultades para ejercer su poder e influencia por medio de la institucionalidad de su puesto.

Hay grandes expectativas en el Bronco, por ello importan mucho los resultados que pueda ofrecer su gestión. Ahora bien, con este escrito no he buscado descalificar su gobierno, pues al igual que buena parte de la sociedad, estoy seguro que ante la situación social que vive el país y el desgaste del sistema de partidos, las candidaturas independientes son necesarias para renovar la forma de hacer política en el país. No obstante, creo que es importante apuntar, desde el análisis politológico, cómo el Bronco ha utilizado algunos elementos propios de los estilos populistas, primero con fines electorales y ahora como recurso de legitimación política. Queda por ver, en los próximos seis años, cómo la retórica de alternancia, representatividad, cercanía al pueblo y transformación institucional se convierten en acciones concretas de gobierno que beneficien a quienes viven en Nuevo León.

Álvaro Eduardo Rodríguez Pacheco es estudiante de la licenciatura en Política y Administración Pública por El Colegio de México.  


El autor agradece al Dr. Fernando Escalante por su maravillosa clase sobre “Populismos latinoamericanos”.

1 Jean-François Prud’homme, “Un concepto evasivo: el populismo en la ciencia política” en G.S Helmet, S. Loaeza y J.F Prud’homme (comps.), Del populismo de los antiguos al populismo de los modernos, México, El Colegio de México, 2001, p.37.
2 Herbert Braun, “Populazos, populitos, populismos” en Ibid, pp. 251-252.
3  J.F. Prud’homme, “Un concepto evasivo: el populismo en la ciencia política”, op. cit., p.53.
4 H. Braun, “Populazos, populitos, populismos”, op. cit., p. 269.

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