Como escribió hace algunos años Luigi Bonanate, la historia no acabó con el fin de la guerra fría. Como lo muestran dramáticamente los terribles hechos ocurridos el día de ayer en París, al quiebre del mundo bipolar le acompañó, más bien, la resurrección irreprimible de un tipo de acción violenta, incontrolada y acaso incontrolable, genéricamente conocida como terrorismo (En “La democracia contra el terrorismo”, nexos, 1 de marzo de 2006).

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Se trata, ciertamente, de una suerte de consecuencia del optimismo desbordado a que dio lugar el siempre relativo triunfo de la democracia, o si usted quiere ponerlo así, de los valores de Occidente en el mundo. Pero, ¿ocurrió en algún momento una victoria tal? Digamos, de entrada, que las cosas nunca fueron tan sencillas. Las culturas, y de manera destacada las mentalidades religiosas, sumadas a las consecuencias de los colonialismos seculares (a secas y con prefijo), la asunción de que hay unos valores universales que deben imponerse en cualquier lugar, marchó a contrapelo del ideal iluminista de tolerancia a las culturas, del reconocimiento del inevitable relativismo del que se ocupó la primera antropología.

Desde luego, la gran mayoría de los musulmanes se opone al terror y al recurso de la violencia, pero las minorías que sí lo reivindican, son lúcidas en su lógica de medios-fines. Carlos Fuentes se lo preguntaba alguna vez, a propósito del caso de Argelia: ¿deben respetarse los derechos de organizaciones fundamentalistas que participan (y salen avantes) en procesos electorales democráticos?

Junto con la condena al uso de la violencia contra gente inocente, las preguntas se imponen: el laicismo, entendido como el compromiso de separar religión y política, al tiempo que se reconoce y garantiza la diversidad religiosa, ¿es en verdad posible? Más allá del concepto de yihad, que es su versión extrema, ¿no es hecha toda guerra en nombre de unos valores irreductibles por considerarse supremos, y por lo tanto innegociables en el terreno de la política democrática?

Me pregunto, por último, si es posible otro concepto y otra posibilidad de práctica de las relaciones internacionales que, sin desbarrancar en el desencanto cínico, parta del reconocimiento del relativismo cultural, esté dispuesta a negociar desde otros puestos de observación y asuma, en el buen realismo schumpeteriano, que la democracia no es un valor sino un método para acercar alternativas de solución negociadas a nuestras diferencias.

Terrorismo incontrolable, ¡quién lo duda! Terrorismo habemus. En cualesquiera de los casos, es seguro solamente que, como ha escrito Bonanate, continuamos caminando al borde del abismo. Y personas inocentes siguen muriendo.

 

Ronaldo González Valdés

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