El viernes pasado hubo un déjà vu. El gobierno de la República, triunfal, anunció que había detenido al hombre más buscado del país. Primero a través de un tuit –“misión cumplida”, decía, con una asociación innegable al anuncio de George W. Bush cuando declaró el fin de la segunda guerra de Irak, responsable, entre otras cosas, de la creación de ISIS–. Luego a través de un mensaje. Luego en otro. Ambos cerrados a preguntas, con el puro fin de celebrar lo que se había celebrado hace 13 años y hace dos.

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Incluso, a diferencia de las ocasiones anteriores, el ánimo celebratorio llegó más lejos: en la reunión del presidente con cónsules y embajadores comenzó una rendición espontánea del himno nacional. Quien lo viera de fuera pensaría que México había ganado, en su décimo año, la guerra contra el narcotráfico.

La fiesta era porque Joaquín “Chapo” Guzmán, que se fugó por un túnel cavado durante meses, a oídos de todo recluso del Altiplano, con su propia fuente de energía eléctrica, con una motocicleta en rieles y que desembocaba en una casa sospechosamente cercana al penal de seguridad más importante del país, iba a regresar al mismo lugar de donde había escapado. ¿Se le extraditaría? ¿Volvería a la misma celda, con un piso reforzado? Nada se informó ese día. El único mensaje parecía ser de festejo, lo práctico vendría después.

Ese mismo día, en el hangar de la Marina en el aeropuerto de la Ciudad de México, el gobierno alineó a sus funcionarios, como acostumbra, frente a las cámaras. Procuradora, secretario de Gobernación, director del CISEN, todos juntos, con “Chapo” Guzmán encerrado a unos metros en un vehículo que parecía transporte de valores bancarios. La procuradora después de enumerar las fojas del expediente, las averiguaciones abiertas, y las diligencias realizadas para recapturar a Guzmán, dio un dato más para la construcción de la leyenda de “Chapo”: había caído por el ego de realizar una película o documental autobiográfico. A las pocas horas, la revista Rolling Stone publicaba una bomba mediática y confirmaba lo dicho: Kate del Castillo y Sean Penn lo habían ido a buscar a lo más recóndito de la sierra. El segundo con la idea de entrevistarlo –queriendo emular a su personaje en La vida secreta de Walter Mitty, el intrépido periodista Sean O’Connell–, la primera, hasta donde se sabe, con la idea de hacer la cinta.

Hagamos de lado la historia romántica, ya a nivel Malverde, de “Chapo”, alimentada por anécdotas tan surreales como la de “Botas”, el chango de sus hijas. Dejemos también los incontables análisis sobre la cuestionable ética periodística en el texto de Sean Penn –de la gran maraña de textos son recomendables éste y éste–. Lo interesante es ver si lo ocurrido este fin de semana agrega algo a la gran historia narcótica del país. ¿Aprendimos nuevas cosas a raíz de la re-recaptura de “Chapo”?

En términos mediáticos, la reaprehensión de Guzmán nos deja algunas cosas: en primer lugar, las quejas justificadas sobre el añejo sistema periodístico de castas en México. Los reporteros locales de Sinaloa, con años de cubrir la nota, se tuvieron que esperar a que Televisa terminara de recorrer y grabar en la casa donde se había escondido Guzmán para poder entrar. Ya para cuando los periodistas de casta más baja revisaron el lugar, el primer reportaje se había transmitido en el noticiero matutino del Canal 2.

En segundo, nos muestra una nueva estrategia promocional de las fuerzas armadas: un video de los marinos cuando ingresan a la casa de Guzmán. “Cúbreme al lado; no, al otro lado”, dice, con cierto nerviosismo, uno de los uniformados ya adentro. Queda la duda, eso sí, si la grabación se hace por transparencia o para presumirse en caso de éxito, y si se hubiera difundido en caso de que “Chapo” siguiera prófugo. En cuestión de horas, el público mexicano pudo ver con sus propios ojos parte de la persecución del criminal más buscado por el gobierno. (Con cierta sorna, más de uno ha preguntado si no existe un video similar para Tlatlaya o Tanhuato.)

En tercero, vemos la criminalización de Penn y del Castillo, como si fueran cómplices de Guzmán. En medios nacionales se empezó a hablar –sin mayores fuentes que “informes de inteligencia”– de una relación casi sentimental entre del Castillo y Guzmán. También se le comparó a ella con el personaje que interpretó en “La Reina del Sur”, como si ya fuese parte de una organización criminal. A Penn se le acusó de varias cosas –la principal, y única acertada, fue de no saber escribir o reportear–, pero algunos medios llegaron al extremo de pedir que se le investigara penalmente. Con independencia de cualquier delito literario, llama la atención ver a periodistas sugerir que se persiga a otros por realizar lo mismo que ellos: un reportaje. Deja el ojo cuadrado ver a reporteros pidiendo cárcel para sus compañeros.

Hasta se buscó descalificar todavía más al propio Guzmán. El reportaje de ocho de un diario nacional fue titulado “Quedó un tinte Just For Men, aún sin abrir”. En una crónica sobre la guarida de Guzmán, lo más trivial –un posible detalle sobre su vanidad– fue la nota. No lo hagan más de lo que es, parecía ser el mensaje. Si hasta se pinta el pelo.

También aparecieron las envidias y los deslindes. Muchos, para justificar, evocaron al decano del periodismo mexicano, Julio Scherer, que, al justificar hace unos años su reunión con Ismael “El Mayo” Zambada, segundo al mando de Guzmán, dijo que si el diablo le concedía una entrevista, bajaría al infierno para obtenerla, con independencia de que contestara o no sus preguntas. La conversación misma era un logro.

Del otro lado vimos a aquellos que con orgullo nos recordaron cuando le dijeron que no a Guzmán. “Chapo” fue un pivote para posicionarse dentro del gremio: casi ningún periodista con columna o Twitter evitó opinar sobre qué hubiera hecho en esa situación.

¿Qué nos dijo la entrevista de Penn? Obviando las más de 10,000 palabras del reportaje en primera persona –escrito en tono imitador del periodismo gonzo de Hunter S. Thompson–, lo importante del texto fueron dos cosas: que la reunión misma ocurriera (como en el caso de Scherer) y el video de 17 minutos en el que Guzmán respondió las preguntas de Penn. Aunque no lo hizo en vivo, sino a través de alguien más, y según Penn, sólo contestó las que quiso. El reportaje, una serie de lugares comunes, presenta algunos detalles relevantes –como la corrupción de los militares a nivel local, que dejan pasar a Penn y al hijo de Guzmán por un retén sin mayor problema–, aunque no agrega mucho a lo ya sabido de Guzmán. Las preguntas que intercala Penn en el relato –no deja de ser irónico que se llame “El Chapo habla” cuando casi no lo escuchamos en todo el texto– son generales, ninguna en realidad mordaz. (Lo cual también es entendible: si a un criminal se le da derecho de editar el texto con antelación –algo que todos los medios en Estados Unidos han reprochado– y uno lo está entrevistando en su guarida, pocos tendrían la valentía o serían tan obtusos como para increparlo.)

Pero visto el video de la entrevista, mucho se aprende. Lo plano, lo soso, lo aburrido de las respuestas de Guzmán ayuda a deshacer –a diferencia del tinte de pelo a ocho columnas– el mito del hombre omnipotente. Él mismo, en algún momento, opina que la industria del narcotráfico seguirá con o sin su participación: las drogas son más grandes que una persona. Guzmán, recitando respuestas que a veces parecen ensayadas, no dice mucho pero a la vez sí. Vemos al hombre con educación de primaria, respondiendo con el mismo tono que podría usar cualquier político, en el máximo esplendor de Cantinflas. Sí, las drogas son malas. No, él no las prueba. Él está ahí porque hay negocio, y porque en su tierra no hay trabajo. Es todo lo contrario a la mente maestra de Vito Corleone con la que se le tiende a asociar. Es, como dijo la primera vez que lo detuvieron, un campesino. Un campesino que controla el negocio más lucrativo del mundo y cuya organización es responsable, de forma directa e indirecta, de la muerte de miles de personas. No deja de ser impresionante la discrepancia entre un hecho y otro.

Fuera del plano mediático, ¿qué nos deja todo lo sucedido con Guzmán este fin de semana? Algunas cosas, aunque no tantas como quisiéramos. Por un lado, muestra a un gobierno que busca parecer fuerte pero que en realidad es débil. Que busca relanzar el mensaje de una presidencia exitosa a través de la enmienda de un error grave –la fuga de un criminal por la arraigada corrupción estatal–, pero que a la vez se debe morder la lengua porque lo extraditará tan pronto pueda. Tiene los elementos para capturarlo –dos veces en dos años– pero no para evitar que se escape. También nos muestra que las lecciones no se aprenden. Aunque se habla de un piso reforzado en el Altiplano, lo demás sigue igual. No se ha depurado a los custodios del penal, no se ha arreglado el sistema que detecta vibraciones en la zona y que permitió la excavación a gusto de los ingenieros que Guzmán mandó entrenar en Alemania. Ni siquiera sabemos qué fue del túnel por el que escapó Guzmán, si ya está sellado o no. El gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, dijo, por ejemplo, que la seguridad en las áreas alrededor de la cárcel aumentarían en caso de  que regresara Guzmán, no antes o por otro motivo.

También nos muestra la fijación nacional e internacional con la leyenda de “Chapo”. la camisa que usó en la entrevista con Penn, por ejemplo, está agotada en las tiendas que la venden. Eso mismo nos enseña, como bien puede verse en el documental Narcocultura de Shaul Schwarz, la desconexión entre lo que se piensa del narcotráfico y cómo afecta a las personas. Querer comprar la camisa que usa Guzmán y ponérsela es no pensar en lo que representa, o peor saberlo y glorificarlo. Como cuando se pusieron de moda los Polos numerados tras la captura de la Barbie: vestirse como narco es cool.

Y, por último, nos muestra lo poco que sabemos de quiénes son los responsables de este gran problema. No son los Corleone, no es Lord Voldemort. Es un hombre de 1.68 de estatura, de casi 60 años de edad, con una educación de cuarto de primaria, que nació en un lugar llamado La Tuna y que lleva años controlando el negocio ilegal más lucrativo del planeta.

Esteban Illades

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