¿Qué nos pasó? ¿En qué momento permitimos que los gobernadores pudieran hacer lo que quieran con los estados que, en teoría, gobiernan para mejorar?

¿Cómo explicar que después de desfalcar un estado, e inclusive tener presuntos vínculos con el crimen organizado, haya quien pueda vivir a costa de un sistema que no sólo protege, sino que fomenta la corrupción y la impunidad?

De verdad, ¿nos debería sorprender que haya gobernadores como Humberto Moreira? Yo pienso que no. Y aquí, explico por qué.

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1. Las nuevas reglas del juego

La llegada de Vicente Fox a la Presidencia de la República en 2000 modificó las reglas del juego político en México. Más allá de su muy peculiar estilo, dos cambios fueron particularmente trascendentales para entender lo que pasa hoy en el país.

El primero de ellos es que por primera vez en la historia política reciente de México (desde 1929, para ser exactos), no habría un “primer priísta”. En otras palabras, que por primera ocasión no existía esa figura política –como la llaman los clásicos estudiosos del jurásico– capaz de decidir hegemónicamente, desde la Ciudad de México, el futuro de todo el país.

Aunque no parezca, la ausencia de un presidente priísta significó mucho para México. De fondo, la razón es simple, pero muy poderosa. Por diseño, el sistema político mexicano había nacido para ser liderado por un priísta. Un mandamás omnipresente, con la fuerza suficiente para “dar línea” sobre los límites del poder, no sólo en lo nacional, sino también en lo local. Alguien capaz de intimidar: de dar el manotazo a los desobedientes, a los que cometen más excesos que él mismo, o a los que no habían sido capaces de ocultarlo.

A partir del año 2000, en ausencia de esta figura cuasi-monárquica, el que todo lo sabe y todo lo puede, lejanos quedaban ya esos tiempos en los que haciendo gala de sus poderes metaconstitucionales, el presidente Carlos Salinas pudo remover a catorce gobernadores durante su sexenio.1 En ausencia de un líder nacional, los gobernadores se convirtieron en mandamases locales.

Una segunda consecuencia de la llegada de Vicente Fox en 2000 fue la manera en que los gobernadores, casi todos priístas –25 de 32–, comenzaron a cohabitar con el primer presidente panista de la historia. Y por cohabitar, me refiero a cómo se comenzó a repartir el dinero público.

La evidencia demuestra, cómo, con el paso de los años, hubo cada vez más dinero para los gobernadores y los alcaldes, y cada vez menos para la federación.

A final de cuentas, esta transición no es menor, porque como dice la ahora afamada frase, “el que paga, manda”. Y los gobernadores, por primera vez en 70 años, comenzaron a mandar.

Gráfica 1: El que paga manda

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Fuente: Ahumada y Wence (2011).

Quizá nunca sabremos si Vicente Fox promovió el federalismo fiscal desde el fondo de su corazón, o si sólo fue víctima de las circunstancias. Tal vez, inició estos cambios con el afán de que los priistas, quienes de alguna forma controlaban también el Congreso (y sus homólogas legislaturas locales) le aprobaran sus reformas. Tal vez, simplemente les cedió más dinero y ni cuenta se dio de ello.

En cualquier caso, esta dinámica descentralizadora que ya venía ocurriendo con Zedillo y que se exponenció con Fox, trascendió al sexenio del segundo presidente panista, Felipe Calderón. Producto de los ahora anhelados altísimos precios del petróleo, para el 2012 la federación estaba transfiriendo cerca de un billón y medio de pesos en aportaciones y participaciones a los estados. ¿Es esto mucho o poco? Bueno, en principio, muchísimo. Comparativamente, aún más. En Estados Unidos, alrededor del 50% del ingreso total de los estados proviene de impuestos propios.2 Es decir, del esfuerzo de su propia recaudación vinculada a hacer un buen trabajo en lo local, dando la cara a sus electores. En México, la recaudación estatal es menos del 7%.3

Más allá de la cantidad del gasto, es importante analizar cómo los incentivos perversos que se fueron generando garantizaron la mala calidad de éste. A final de cuentas, se trata de miles de millones de pesos en chequeras abiertas. Fondos sin condiciones. “Cajas chicas” sin ningún tipo de control, para el simple beneplácito de los señores gobernadores. ¿Sorprende sus resultados? No lo creo.

Gráfica 2: Todos gastan pero….¿todos ponen?

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Fuente:Isusquiza Martínez (2014).

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Fuente:Isusquiza Martínez (2014).4

2. El sentido común se hizo el menos común de los sentidos

En su sano juicio, uno pensaría que con más ingresos, los gobernadores se habrían quedado tranquilos “administrando la abundancia”. Pero no. Uno no valora las cosas gratis de la vida. Y los gobernadores, menos.

De hecho, paradójicamente, más dinero en las arcas estatales significó mayores tentaciones. Y esto es grave, porque con las tentaciones crece el antojo. Con la descentralización fiscal, también vino una informal: la descentralización política. En otras palabras, la capacidad para tomar más y más importantes decisiones. Quizá usted haya escuchado esa famosa premisa que sugiere que “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Probablemente, muchos de los gobernadores no.

Así, con más poder, los gobernadores tuvieron frente a sus ojos una posibilidad histórica para endeudarse, dar contratos a sus compadres, candidatear a sus parientes o amigos, y promocionarse a sí mismos. Todo, “sin tocar base” con nada ni con nadie. Todo, paradójicamente organizado en un caos institucionalizado. La pesadilla de alguien lo suficientemente ingenuo para creer en la transparencia o en la rendición de cuentas. La consolidación de una época que quiso ser la del federalismo, y terminó siendo la del “feuderalismo”. La era de los 32 virreyes sin un rey.

A 15 años de este desenfreno libertino, no nos debería sorprender que la siguiente crisis en las finanzas públicas vaya a ser la de los estados, y luego, la de los municipios. Tampoco nos debería sorprender que haya tantos casos de gobernadores incapaces de recordar que, al gobernar, también hay límites. No nos debería asombrar, a final de cuentas, la increíble capacidad corrosiva que personas —bajo estos incentivos— siguen teniendo. Seamos francos: como país no hemos hecho lo suficiente para evitarlo.

Si no me cree, vea a su alrededor. Moreira es un caso doloroso, pero no es el único.

Ahí tiene usted a Ulises Ruiz y a José Murat Casab, que hicieron lo que quisieron con Oaxaca. Ahí quedan los Hank y su imperio, o a Arturo Montiel con todos sus excesos. Los Marín en Puebla, o ¡El ahora cónsul! Fidel Herrera y Javier Duarte, aún acalambrando a Veracruz.

Es verdad que el sureste mexicano casi no conoce otra cosa que el típico PRI –o algo que se le parece bastante–, y por eso duele, y mucho. Si no, qué opinar de Manuel Velasco, gastando millones de pesos en autopromoción ilegal por todo México, como si el dinero sobrara y los chiapanecos vivieran en Dinamarca o en Paris.

Pero en todos lados se cuecen habas y en el norte tampoco se han quedado atrás.

Cuando en Nuevo León pensaron que con Natividad González Paras lo habían visto todo, Rodrigo Medina, su papá y sus compadres dieron cátedra de cómo ser el peor gobernador de su historia. Sólo si se considera la deuda oficial, Nuevo León debe 56 mil millones de pesos. Si se considera la no oficial que hasta ahora sabemos (puede ser más) esta sube exponencialmente a mucho más de 100 mil millones de pesos.5

Pero eso no es todo. Al apropiarse de terrenos, gastar en su imagen como si no hubiera mañana, y triangular fondos en Islas Caimán, dejaron claro lo que es tener muchos dientes y pocas ganas de aguantarse el hambre.

Y sí, los manolargas por esos rumbos también abundan. Si no, qué decir del pobre Tamaulipas, donde parafraseando al buen Arjona, hay más exgobernadores acusados de narcos, que niños felices.

Gráfica 3: De los “años de Hidalgo” a los “sexenios de Hidalgo”

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Fuente: IMCO (2015).6

3. ¿Y por qué nadie reacciona?

Cuando Peña Nieto llegó al poder en 2012, muchos pensaron que el regreso de la “figura fuerte” controlaría los excesos locales. Que los priistas habrían aprendido la lección y que ahora sí serían diferentes.

Se equivocaron. Las mañas no se borran de la noche a la mañana. Aceptémoslo. Si las personas (casi) no cambian, menos lo harán quienes han hecho trampa sin consecuencias.

¿Y sabe por qué no? Porque muchos de ellos realmente creen que no tienen que hacerlo. En principio, porque siguen ganando elecciones. Y sobre todo, porque para una buena parte de la clase política actual –priistas y no–, “la corrupción es cultural”. Al repetirlo mil veces, su existencia se normaliza. Su combate, por ende, sólo se simula o se pospone.

Ante todo esto, es una vergüenza que un juez en España o en Texas tenga más interés en hacer justicia que nosotros mismos. Y esto es lamentable en muchos sentidos. En principio, porque Moreira está siendo acusado en todos lados y en México sigue siendo una blanca paloma.

Además, porque lo único que distingue a una “república bananera” de una verdadera democracia es el Estado de derecho. Aceptémoslo. Al menos en esto, nos parecemos mucho más a la primera que a la segunda.

Bajo la antigua lógica priista que claramente aún prevalece, para combatir la corrupción en serio se necesitaría de esa figura fuerte, con autoridad moral, capaz de dar el golpe en la mesa. Alguien con esa capacidad que alguna vez tuvo el Señor Presidente.

El problema es que después de haber comprado votos en 2012, y haber premiado a Moreira como Presidente del PRI, a muchos nos surgieron dudas sobre si Enrique Peña Nieto sería ese estadista anti-corrupción que algunos esperaban. El hecho de que haya impulsado una reforma a nivel constitucional (sólo para sacar el Pacto por México) pero no haya promovido los cambios necesarios secundarios en el Congreso, deja en claro que quiere un combate a la corrupción. Pero cuando él ya no sea Presidente.

Cuando se supo que se había hecho de una casa por su “amistad” con Grupo Higa, y luego simuló ser investigado por uno de sus amigos, las dudas de fondo se terminaron de apoderar de mí, y estoy seguro, que de muchos otros.

Cuando designó a Arturo Escobar en una de las posiciones más sensibles del país, y luego echó el aparato contra el Fiscal que por primera vez hacía su trabajo al investigar al entonces subsecretario, todo resultó claro. El problema “es el mensajero”, no el mensaje, y ya no hay más qué decir.

Para combatir la corrupción, los mexicanos necesitamos evitar excusas para solapar y dejar de seguir invitando a los corruptos a nuestra mesa. Pero para hacerlo en grande, para tomarlo en serio, necesitamos que la elite demuestre mucha voluntad política…y un poquito de vergüenza.

El problema, otra vez, es que este gobierno parece que simplemente no la conoce.

David Pérez Esparza


1 Beltrán del Rio, P. (2013). “Los gobernadores y el Presidente”. Excélsior.
2 Peña Ahumada, J.A. y Wence Partida, L.A. (2011). “La Distribución de Transferencias Federales para Municipios, ¿Qué incentivos se desprenden para el Fortalecimiento de sus Haciendas Públicas?”. Revista Hacienda Municipal. México.
3 Ídem.
4 Isusquiza Martínez, Edgar (2014). Desigualdad, crecimiento económico y descentralización fiscal. Un análisis empírico para México. Premio Nacional de Finanzas Públicas 2014.
5 Flores, L. (2015). “Herencia de deuda en Nuevo León alcanza los $106,077 millones”. El Economista.
6 IMCO (2015). Reporte subnacional de deuda.

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