El obispo de Roma por fin decidió pisar suelo mexicano. Su visita conlleva varios retos para el pontífice que se vislumbraron desde la propia dificultad de la concreción de la visita a México. Nuestro suelo es resbaladizo, caminar sobre las arenas movedizas de la política y la sociedad mexicanas en tiempos de una prolongada crisis de derechos humanos requiere la habilidad de un trapecista.

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(I)

El presidente Enrique Peña Nieto extendió invitación a quien fuera Arzobispo de Buenos Aires desde que inició su ministerio petrino en marzo de 2013. Fuentes de la Secretaría de Relaciones Exteriores en México, que solicitaron el anonimato, me confirmaron que desde su llegada a Roma el presidente Peña insistió en su deseo de que el Papa visitara México. Sin embargo, sus esfuerzos de atracción resultaron infructuosos. “Quisimos seducirlo con el coloquio internacional sobre migración”, me dijo un funcionario de la Cancillería, se refería al Coloquio México-Santa Sede sobre Migración Internacional y Desarrollo que se llevó a cabo en las instalaciones de la Cancillería en julio de 2014. A este coloquio, asistió Pietro Parolini en calidad de Secretario de Estado del Vaticano. Trascendió que Parolini a su regreso a Roma reportó al Papa que el ambiente político, social y la actitud gubernamental en México eran idóneas para una visita de Estado y pastoral. 

Francisco, pues, empezó a tomarse en serio la invitación que Peña Nieto hizo desde la primavera de 2013 y que reiteró a Parolini durante su encuentro oficial en Los Pinos. Cuando todos esperaban el inminente anuncio de la visita de Francisco por parte del Vaticano, sobrevinieron los eventos de Iguala de septiembre de 2014: transcurrieron meses complicados para el escenario nacional que Roma observó con detenimiento. El Papa mismo solicitó a su Nuncio (Embajador) en México que oficiara la misa de Navidad en la comunidad de Ayotzinapa. Sin embargo, a comienzos de 2015 no se anunció un viaje a México sino la visita a Sudamérica. La tensión entre Roma y México terminó por evidenciarse, en febrero de 2015, con el conocido mensaje privado a su amigo Gustavo Vera, legislador (concejal) de Buenos Aires en Argentina, sobre la “mexicanización” de ese país. “Los obispos mexicanos me dijeron que la situación con el narcotráfico es de terror”, escribió Franciscoen este correo electrónico. Muestra de irritación, mediante una nota diplomática a Roma(el último gobierno mexicano en enviar una nota diplomática a El Vaticano fue el de Benito Juárez en 1862 para romper relaciones), el gobierno actual pidió al Pontífice no “estigmatizar a México”, tras lo cual el Papa, mediante una nota al Embajador de México ante la Santa Sede, se disculpó, reconoció los esfuerzos del gobierno en su lucha contra el crimen organizado y, en otro mensaje, pidió a los obispos mexicanos apoyarla.La efectiva reacción de la experimentada diplomacia vaticana zanjó el incidente rápidamente.  

El primer gran reto que tiene Jorge Mario Bergoglio en su visita a México es, pues, equilibrar la necesaria cordialidad y diplomacia hacia el gobierno mexicano, en donde se espera que anime a perseverar en su lucha contra el crimen organizado, y el impulso pastoral al trabajo de toda una amplia gama de organizaciones de la sociedad civil católicas inmersas en el trabajo a favor de los derechos humanos. Representa un reto porque la mayoría de estas organizaciones, y los grupos sociales que representan, no sólo se han enfrentado al crimen organizado, sino también han levantado la voz en contra de los errores políticos del gobierno mexicano: abiertamente han acusado al Estado de perpetrar sendas violaciones a los derechos humanos. 

La arena de los derechos humanos es altamente política, así que Francisco caminará sobre una cuerda de trapecista, cualquier mal paso puede significar caer de la gracia de cualquiera de los dos actores: el Estado o las organizaciones sociales católicas (religiosas y laicas) que trabajan incansablemente en las trincheras para procurar los derechos humanos de migrantes, refugiados, niños, niñas, desaparecidos, huérfanos, madres solteras, indígenas, viudas y todos los sectores sociales vulnerables en México. “Francisco añadió al enfoque del bienestar de la persona sólo como una obligación moral-ética un discurso de derechos humanos más integral, apelando a la justicia social, a favor de las y los más marginados. Hay una apuesta por tratar temas de interés global”, me dijo la Coordinadora del Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana (obra jesuita), Denise González Nuñez.

Por consiguiente, una cordialidad excesiva con el gobierno será interpretada por estos actores como un gesto de contemporización, debilitará el capital social y simbólico del que podrían gozar con pronunciamientos directos por parte del Papa, en tanto que un empuje elocuente y decisivo al trabajo católico en pro de los derechos humanos podría irritar al gobierno, más si viene acompañado de un discurso señalando los lastres que combaten los diversos actores religiosos y laicos agrupados en torno a la Iglesia católica en México: corrupción, impunidad, violaciones a derechos humanos, pobreza, desigualdad e ingobernabilidad en varios lugares del territorio nacional. El mensaje de Benedicto XVI respecto al narcotráfico en su visita a Guanajuato en 2012 fue acertado, es “necesario desenmascarar el mal”, dijo Ratzinger, pero Bergoglio debe ir más lejos que su antecesor, es necesario arropar sin tibiezas a aquellos que en el terreno se juegan la vida para desenmascarar el mal.  

(II)

Más allá del reto con la relación del gobierno y la irritación que cualquier observación directa o indirecta pueda resultar de los discursos y acciones papales durante la visita (observaciones a las cuales, por cierto, el gobierno ha sido muy sensible durante la administración del presidente Peña), el reto mayúsculo de la visita es sacudir a la Iglesia mexicana de sus prácticas preconciliares y su excesiva insistencia en la agenda moral. En pocas palabras, señalarle una hoja de ruta para fortalecer las redes institucionales de los actores que proyectan su fe en el trabajo para construir una mejor sociedad. Desde un punto de vista eclesial, la visita papal es pastoral, esto quiere decir que Francisco viene en calidad de líder espiritual de millones de católicos en México, pero también como jefe de Estado con el que México mantiene una relación diplomática. 

Cualquier intento de ver a Francisco sólo como un líder político cae en un reduccionismo del cual padecen varios analistas. Sin embargo, ver la visita sólo como un asunto pastoral, que involucra sólo temas religiosos dentro de la Iglesia católica, es inocente, o bien, resulta cómodo para eximir a Francisco de cualquier responsabilidad política, argumentando que sólo viene a dar un mensaje de esperanza y paz. Enarbolar estas virtudes sin un análisis del contexto político y social terminan por ser sólo un asunto de curiosidad teológica y piedad popular. Benedicto XVI expresó con elocuencia este necesario análisis relacional en su discurso inaugural en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM) de Aparecida, Brasil en 2007: “La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas”.1 

Francisco, pues, tiene el reto de unificar y dotar de coherencia programática el trabajo social de diversos actores dentro de la iglesia (congregaciones, clero secular, organizaciones laicas, universidades católicas y feligreses) en cuyos respectivos espacios han abrazado la causa de los derechos humanos en México. Esto no es un fenómeno nuevo, algunos actores de la Iglesia mexicana, a partir del Concilio Vaticano II y las conclusiones de la CELAM en Medellín de 1968, se comprometieron con la búsqueda de un orden social más justo y equitativo en México. Hubo una generación de obispos, como por ejemplo Sergio Méndez Arceo, en Morelos, José Alberto Llaguno Farías, obispo jesuita de  la Tarahumara,los de la región Pacífico-Sur entre los que destacaron, Samuel Ruiz, Arturo Lona, Bartolomé Carrasco, Raúl Vera, quienes a partir de la década de los setenta, en el contexto de violencia política e injusticia social que plagaban el centro, norte y sureste de México, abiertamente interpretaron su misión apostólica a la luz de los preceptos evangélicos sintetizados en el Sermón de la Montaña: búsqueda de justicia, paz, misericordia, libertad y acompañamiento a los más vulnerables, la construcción del Reino de Dios, aquí y ahora. A este esfuerzo episcopal se sumaron varias organizaciones católicas de laicos que comenzaron a aumentar su presencia en el ámbito de los derechos humanos a raíz de fenómenos como el éxodo centroamericano de los años ochenta y el proceso de democratización en México. Lamentablemente, siempre fue un sector marginal dentro de la Iglesia mexicana. 

La guerra contra el narcotráfico declarada por Felipe Calderón tras su llegada a la presidencia a finales de 2006 envió cohortes enteras de católicos a las trincheras. Esta guerra sirvió, por acuciante necesidad ante el impacto humanitario de la violencia, a posicionar dentro de la Iglesia un movimiento por los derechos humanos con amplia raigambre social. Varios sacerdotes, algunos obispos y muchas organizaciones laicas y universidades, desde su respectivo ámbito, han expandido los tentáculos de la infraestructura institucional de la Iglesia católica para atender el sufrimiento de las víctimas de la violencia criminal y las violaciones a los derechos humanos por parte del Estado. Conmueve el trabajo de la red de albergues a migrantes, básicamente una obra católica, el trabajo con víctimas de desaparecidos, la asistencia humanitaria y de desarrollo en poblados remotos de las sierras mexicanas, la resistencia de sacerdotes en zonas controladas por el crimen organizado, los esfuerzos alfabetizadores en las regiones más pobres, el trabajo para prevenir y tratar las adicciones; la lista es interminable y los ejemplos cotidianos abundantes.  

Varios personajes icónicos, que traen consigo todo un trabajo de base, han sido reconocidos con el Premio Nacional de los Derechos Humanos en los últimos años (Alejandro Solalinde, Las Patronas, Consuelo Morales). Ya no es un sector marginal dentro de la Iglesia mexicana, pero sigue siendo minoritario.Mientras más se deteriora la situación de los derechos humanos en México, este movimiento dentro de la Iglesia cada vez avanza más: sale al encuentro de las necesidades de la sociedad afligida y establece redes con actores no católicos dispuestos a colaborar por una causa común. Es la “Iglesia en salida” que tanto pidió Bergoglio en el documento programático de su pontificado. (Evangelii Gaudium, 46.)

Ciertamente, desde Roma el Papa ha dado impulso renovador a muchos cuadros, pero la autocrítica siempre es necesaria. Falta articulación y unidad institucional para fortalecer este movimiento. No todos los actores de la Iglesia mexicana caminamos el mismo sendero, aún existen diferencias en el diagnóstico; falta sentido de liderazgo de la Conferencia del Episcopado Mexicano, no bastan sus comunicados diciendo “¡Ya basta!”; como algunos analistas han señalado, es cierto que es una actitud clericalista exigir todo a los obispos, pero la Iglesia es una estructura centralizada, los obispos son resortes indispensables para activar la acción social en una diócesis, es tarea de los laicos proponer rutas de acción, pero los obispos deben estar dispuestos a escuchar y actuar en conjunción; son pastores que guían con el ejemplo a la feligresía, no políticos que deben quedar bien con la clase gobernante. Estos vacíos institucionales han creado vicios en la acción social dentro de la Iglesia, pues varios actores prefieren caminar por su lado, con su propia agenda: así los protagonismos y las personalidades son inevitables. Cualquier protagonismo daña el esfuerzo pastoral de la iglesia, pues se desnudan la confrontaciones dentro de esta enorme institución, lo cual resta legitimidad y capital simbólico a la Iglesia como un todo.

Asimismo, aún persisten rasgos preconciliares en la Iglesia mexicana, numerosos sacerdotes, laicos y creyentes, especialmente en las zonas más rancias del catolicismo mexicano, vislumbran el sentido religioso como una serie de preceptos tradicionales y restrictivos, circunscritos a lo que estrechamente se consideran las “buenas costumbres” y la “moral”. En 2007, con Bergoglio como protagonista de la CELAM en Aparecida,los obispos latinoamericanos reconocieron el daño que hace a la iglesia y la sociedad una “fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales” (Documento de Aparecida, 12). 

Ya como Papa, Francisco mismo advirtió del exceso de la “agenda moral” en el mundo católico en detrimento de la agenda social. En México, el exceso de la agenda moral ha aumentado la “sacrofobia” que pulula en los círculos intelectuales, sociales y políticos. Católico se ha convertido en una categoría políticamente incorrecta,lo cual genera un ciclo vicioso, pues la agenda moral se atrinchera en los sectores más conservadores y, por lo tanto, el diálogo político y social con otros actores es de sordomudos. Un gran reto de la visita papal es resignificar la catolicidad en México; empujarla más hacia su dimensión social sin perder de vista su fundamento espiritual y la enorme riqueza cultural de la religiosidad popular mexicana.

Debemos equilibrar los protagonismos, pues pareciera ser que en los últimos años la identidad católica en la arena pública se ha reducido a las manifestaciones en contra de políticas liberales como la interrupción del embarazo o el matrimonio igualitario. Para ello el Papa deberá caminar una delgada línea que impulse la identidad católica, de suyo una dimensión religiosa que abreva de las tradiciones de la Iglesia, pero que al mismo tiempo impulse a los diversos actores católicos a asumir nuestras responsabilidades en la arena política y social de este país. 

Es un oficio de trapecista porque Francisco puede caer en la tentación de preferir el primer ámbito en detrimento del segundo para evitar tensiones y sensibilidades políticas de otros actores sociales y, sobre todo, el gobierno. Mas es indispensable que Bergoglio intente el ejercicio, pues sólo así la visita del Papa podrá ayudar a encausar toda esa pléyade de organizaciones de movimiento social para que su trabajo en pro de los derechos humanos tenga mayor incidencia en el devenir nacional. Ante el contexto actual que se vive en México, la Iglesia está llamada a ser simientede justicia social y paz para una sociedad profundamente lastimada por la violencia y las divisiones sociales. Si no cae del trapecio, Bergoglio podrá contribuir decisivamente en este esfuerzo. 

Emilio González es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, estudios de posgrado en asuntos internacionales por el Instituto de Altos Estudios Internacionales y en Desarrollo en Ginebra, Suiza.


1 Benedicto XVI, “Discurso inaugural V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe”, Aparecida, Brasil, 2007, p.14.

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