Si las trompetas del Día del Juicio Final suenan como las del sábado pasado en la Basílica, podemos darnos por condenados. Desconozco porqué en ocasión tan importante las autoridades responsables renunciaron a la buena música sacra, y optaron por piezas cuyo inicio evocaba algún bolero de Los Panchos antes que las cavilaciones religiosas de un Hayden o de Amadeus. También extrañé al Coro de los Niños de Morelia de mis tiempos, que no sé si todavía existe, pero cuyo recuerdo me vino a la cabeza mientras escuchaba las diferentes variaciones de “La Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac”. Confieso que este himno me emocionó, me transportó a la niñez en Tlacopac, a la ofrenda de flores a la Virgen, y a la nostalgia de las voces agudas y enrebozadas que lo cantaban mientras acomodaban los velos de las niñas que muy serias nos aguantábamos la risa que nos daba cargar el ramo de azucenas o gladiolas que había que depositar a los pies de la Guadalupana. Sé que no fui la única en extrañar los cantos religiosos del pasado. Al término de la misa un grupo compacto de asistentes, tal vez una sesentena de personas, se organizó y en forma improvisada cantó el Ave Maria en latín. Fue muy bonito, y un alivio.

1

Pero ni las trompetas, ni los desafinados cancelaron el efecto extraordinario del Papa Francisco sobre la concurrencia. Antes de su llegada había grupos en el exterior y en el interior de la Basílica que se comportaban como si estuvieran en un partido de soccer en el Estadio Azteca: porras, vivas al Papa, aplausos sin ton ni son. 

Cuando llegó el pontífice a las puertas de la Basílica hubo un conato de porra, pero se esfumó en segundos. Dicen que Francisco estaba cansado. Yo lo que vi, fue a un hombre corpulento, vestido de blanco que desde que entró al recinto impuso el silencio y con apenas un gesto recuperó la solemnidad de una misa que, de no haber intervenido su presencia, se habría convertido en una kermesse. Así me lo hicieron temer las dos inmensas pantallas colocadas  a cada lado del altar, en las que durante casi cuatro horas de espera aparecieron “sacerdotes-animadores” que buscaban entretenernos. También pasaron danzas indígenas (¿?).

Apenas a unos pasos de la entrada de la tienda de campaña de mármol que es la nueva basílca, el Papa nos invitó a serenarnos, como si quisiera frenar la exaltación que, en cambio, se empeñaron en promover los gobiernos federal y estatales, y las televisoras. La actitud del Papa Francisco en la Basílica me hizo pensar que estaba tratando de contrastar las virtudes de la serenidad con la estridencia de los que han publicitado su visita como si se tratara de una estrella del rock and roll. Me pareció que nos había visto como una colección de agitados, de histéricos que como gallinas ciegas damos vueltas sobre nosotros mismos, cacareando sin sentido. Lo vi como si quisiera decirnos: “Ya cálmense, tranquilos, piensen bien lo que quieren hacer, y váyanse despacio, no sea que se vuelvan a equivocar”.

Entendí que éste era también el mensaje del modo como celebró la misa, del volumen bajo de su voz, de la cuidadosa vocalización, del ritmo pausado de sus palabras, del tono casi íntimo de una homilía dedicada a la humildad, a la grandeza de los pequeños, de los que han quedado fuera de todo. Y no me equivoco, porque el Papa nos invitó a repasar en silencio sus palabras, y las nuestras.

(En este texto quise escribir lo que vi y lo que sentí el sábado pasado en la Basílica. No obstante, creo que Enrique Peña Nieto se equivoca, que no puede hablar de la religión católica como si fuera religión de Estado, y tampoco puede suponer que todos los mexicanos son católicos, o ¿es que no se ha enterado que no todos estudiamos en la Universidad Panamericana?)

Soledad Loaeza

Te recomendamos: