I

Apenas había dejado mis cosas después de llegar del trabajo y saludado a mis pequeños cuando el día de ayer sonó el teléfono. Era uno de mis mejores amigos que llamaba para avisarme que habían encontrado el cuerpo de su papá. Hace ya varias horas que colgué el teléfono pero sigo completamente adormecida por la noticia. Muchas son las emociones que me invaden: tristeza, miedo, ansiedad y terror por seguir viviendo. A la vez hay una culpa que desde hace días no me deja. Cuando mi amigo me dio la noticia sentí una gran tranquilidad; tranquilidad porque él ya sabía dónde se encontraba su padre. 

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El 28 de enero por la noche el mismo amigo del que les hablo llamó a casa para decirnos que habían secuestrado a su papá. Esa noche ni mi esposo ni yo dormimos; no podíamos dejar de pensar en el señor: ¿dónde estaría?, ¿pasaría frío? (por esos días corría un aire helado en la ciudad y parecía que estábamos en lo más crudo del invierno), ¿cómo lo estarían tratando?, ¿por qué, por qué, por qué? Un porqué sin respuesta que sigue en mi cabeza.

Soy una persona que escucha noticias, que lee noticias, que se involucra con el día a día del país. Le creo a Eduardo Guerrero cuando afirma que Renato Sales ha hecho una enorme diferencia por la manera en que ha enfrentado al secuestro en nuestro país, pero una cosa es escuchar cifras y creer que éstas se han reducido y otra es la experiencia de estar cerca, de conocer a alguien que es parte de esas cifras. 

Quienes acompañamos a mi amigo en el proceso del secuestro no necesitábamos ser familiares para padecer con él la angustia y el miedo. Los días pasaban, sobre las negociaciones sólo teníamos uno que otro detalle; la impotencia estuvo presente desde el primer momento hasta cuando esto escribo. Con esta experiencia resultaban ser cinco las personas en nuestro círculo cercano que habían vivido el secuestro de algún pariente muy cercano. Nunca habíamos hablado al respecto de manera abierta. Así, poco a poco la realidad nos fue alcanzando. Me di cuenta entonces que cuando alguien vive un secuestro en su familia, opta por no hablar de ello. El silencio se presenta como la única defensa posible. Quizá es la manera de anestesiar los sentimientos.

Desde el día en que nos enteramos del secuestro a mí me invadió una profunda culpa por vivir. ¿Cómo puedo disfrutar de mi trabajo y de mis hijos cuando hay quien sufre la ausencia de alguien de esa manera? Sé que es hasta cierto punto irracional, pero desde el 28 de enero no hago más que sentir culpa por el país que hemos construido y que estoy dejando a mis hijos. No es cuestión de si se está haciendo frente o no al secuestro. El verdadero problema es que exista y que forme parte de nuestra realidad. 

¿Cómo explicar que existen personas que viven de privar a las personas de su libertad y de exigir dinero por él o ella? ¿En qué momento el que le hayan arrebatado a alguien la vida nos puede causar tranquilidad por el simple hecho de que ya no se encuentra viviendo una pesadilla? No tengo respuestas, tengo miedo y ante tanto miedo creo que lo mejor es romper el silencio y hablar del secuestro. Nadie debería de padecerlo y ni uno solo de los responsables debería quedar impune. Algo no está bien cuando en una sociedad supuestamente libre el asesinato da tranquilidad.

II

Que un ciudadano de a pie, profesor de una universidad pública como es mi caso, conozca cinco experiencias de secuestro en su entorno cercano (por no decir muy cercano) es alarmante. Uno de ellos, como lo refiere Valeria en el texto anterior, se acaba de saldar con la muerte del padre de uno de nuestros mejores amigos. “Alarmante”, “alarmante”…esta palabra debiera tener sentido, mucho sentido; sin embargo, lo cierto es que en el México de hoy muy pocas cosas resultan alarmantes. Vaya que tenemos de qué preocuparnos todos aquellos que queremos un futuro para nuestros hijos aquí, en este país. Por eso, porque creo que hay que hablar más del secuestro y de su carácter  omnipresente en la sociedad mexicana (¿alguien puede poner en duda dicho carácter?) y porque es pura impotencia la que siento ahora es que escribo estas líneas. 

Cuando leo o escucho las incontables notas periodísticas y los encendidos comentarios radiofónicos que se dan a diestra y siniestra sobre una constitución local que va a costarnos mucho dinero (fallida de origen, en mi opinión, y que además es una muestra más de ese fetichismo constitucional tan latinoamericano), sobre una visita papal durante la cual lo que quedaba del Estado laico mexicano hizo mutis (en todos los sentidos de la palabra), sobre los opíparos gastos en el extranjero de funcionarios de la Secretaría de la Función Pública (nada menos) o sobre la situación que se vive en las cárceles mexicanas a raíz de lo acontecido en el “Centro de Readaptación Social” de Topo Chico (como si esa situación no se conociera desde tiempos inmemoriales), no ignoro que todos ellos son temas importantes o, por lo menos, que revelan cosas importantes sobre nuestro país. Y sin embargo, esos temas y prácticamente cualquiera de los que aparecen estos días en los periódicos nacionales palidecen ante la muerte de ciudadanos mexicanos que en un día como cualquier otro son privados de su libertad, son torturados física y psicológicamente y, en muchos casos, son asesinados. Todo esto con el añadido de dejar a las familias en una situación económica muy difícil, pues han sido obligadas a hacer un desembolso considerable. Aclaro, por si hiciera falta, que en todos los casos de secuestro a los que he aludido, exceptuando uno, se trata de familias con recursos económicos que yo catalogaría de “medianos”. En otras palabras, el secuestro en México no es un negocio lucrativo por las cantidades solicitadas por los secuestradores, sino por el número de secuestrados.  Como sabemos, el secuestro en México es un negocio lucrativo, sobre todo, por una razón muy simple; se llama impunidad. En una medición muy reciente de la misma que consideró cincuenta y nueve países de todo el mundo, México fue el segundo país más impune, por decirlo así (solo Filipinas está peor que nosotros). 

Se repite con frecuencia y con razón que los ciudadanos no debemos solamente pedir cosas al gobierno, sino contribuir a las soluciones. No obstante, en este ámbito en particular creo que es muy poco lo que que podemos hacer para reducir la impunidad y, por lo tanto, el secuestro. Cabe entonces exigir al gobierno de México que termine con esta lacra de nuestra sociedad. Una realidad que no nos deja vivir con tranquilidad, que nos atemoriza (por nosotros y por nuestros hijos), que nos limita y reduce como personas, que nos provoca una angustia vital que, podría decirse, algunos vivimos por procuración (pues no somos los más directamente afectados), pero que miles han experimentado en carne viva, que nos paraliza cuando queremos ver hacia el futuro, y que, en última instancia, nos causa rabia, sí, pero sobre todo un profundo dolor y a los afectados de forma directa un dolor que difícilmente encontrará reposo. ¿A cuenta de qué tenemos que seguir viviendo de este modo? Exijamos pues al gobierno de México y a las autoridades correspondientes que terminen de una vez por todas con el secuestro, que pongan a trabajar a sus mejores hombres y mujeres en la lucha contra él y que empleen todos los recursos que sean necesarios para que la impunidad deje de ser la norma en este país y para que, a la brevedad posible, podamos decir que el secuestro es una cosa del pasado. 

Texto I: Valeria Sánchez Michel

Texto II: Roberto Breña

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