Da escalofrío pensar que el voto de un desempleado en el estado de Virginia o de una madre soltera en Wyoming, que nunca han oído hablar del calentamiento global o de la expansión de Citibank en China, tenga el poder de decidir qué va a pasar con los empleados de Walmart en Teotihuacán. Las implicaciones de la elección presidencial estadunidense para el resto del mundo son de tal magnitud, que me pregunto si no habría que exigir que nos dejaran participar en la decisión. Sin embargo, siendo el mundo lo que es, poco podemos hacer los demás para influir en el votante estadunidense, y nosotros, mexicanos, nada para frenar o responder a las majaderías de Donald Trump. A lo más que podemos aspirar es a entender las razones de su éxito. Encontré en El Capitalismo en el siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty, unas pistas que comparto con ustedes.

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¿Por qué ese gran país que es Estados Unidos tiene como candidato presidencial delantero a un hombre como Donald Trump? ¿Qué le ha permitido secuestrar la campaña electoral de esa gran democracia a este billonario, heredero de una inmensa fortuna y de numerosos negocios de bienes raíces, conductor de un programa de televisión en el que daba rienda suelta a su gusto por humillar al prójimo? ¿Por qué una amplia franja del electorado de la superpotencia económica, científica, militar, espacial, cultural que es Estados Unidos, ha sido seducida por un hombre que, según el Boston Globe, tiene el vocabulario de un niño de 4º año? Sus discursos de campaña, cuando no son andanadas de insultos, lugares comunes, befas y bufonadas o primitivos desplantes machistas, son oportunidad para que calibremos su ignorancia. No hay más que escucharlo hablar sobre “lo nuclear” para percatarnos de que nada sabe de las responsabilidades que implica el poder de su país. Donald Trump ha hundido el debate público al nivel del insulto personal y de la agresión física. No obstante, domina la competencia, y no nada más en el interior de su partido.

La respuesta a las preguntas básicas que plantea la candidatura de Trump está en el contexto histórico en el que se desarrolla la campaña antes que en su personalidad. Las transformaciones de la economía estadunidense, la tasa de desempleo, la emigración de la industria manufacturera a países con salarios más bajos, la concentración de la riqueza, el empobrecimiento de las clases medias estadunidenses —la gran masa de la población— han abonado el terreno para el ascenso del populismo nacionalista que encarna. El precandidato republicano afirma que su campaña es optimista porque el lema es: “Devolvamos la grandeza a Estados Unidos”; pero, la verdad es que su candidatura nace y se nutre del enojo y del miedo, de la desesperanza, del rechazo a las instituciones que favorecen a unos y fastidian a otros, del repudio a las elites. Estas actitudes se han desarrollado entre los blancos pobres, que tienen un nivel de escolaridad bajo, que han vivido las consecuencias negativas de la transformación de la economía mundial que ha acarreado el ambicioso proyecto comercial y de inversión que llamamos globalización. Desde luego, no son los únicos.

Para muchos de los simpatizantes de Trump la eliminación de barreras al comercio y al capital ha sido la ruina, por ejemplo, los empleos en la industria manufacturera han desaparecido de estados como Virginia, porque se han trasladado a países donde los salarios son mucho más bajos, como son China y México. (A mucho economista o funcionario mexicano he escuchado ufanarse de que el salario de los trabajadores mexicanos ya es inferior al de los chinos.) Así que la rabia contra los mexicanos que Trump exacerba no está dirigida sólo a los migrantes, también apunta contra el país que se lleva las inversiones.

Más allá de su comportamiento, Trump es importante porque el arrastre que tiene pone al descubierto algunas de las consecuencias de la globalización, que a partir de los años ochenta y noventa del siglo pasado transformó la economía internacional, y la fisonomía de las sociedades involucradas en ese proceso. El término globalización evoca totalidad, pero en la realidad ha demostrado ser un proceso parcial que ha favorecido a unos sectores económicos, y ha sacrificado otros, así como ha enriquecido a unos y ha empobrecido a otros. En lugar de traer la prosperidad y el bienestar general que prometía, agudizó las diferencias entre los que tienen y los que no tienen. Así fue porque, como lo explica Thomas Piketty,el capitalismo “genera automáticamente desigualdades arbitrarias e insostenibles”, el libre juego de la oferta y la demanda que impulsó la globalización se apoyó en el consenso de Washington, sin atender a la distribución de los beneficios, desencadenó y extendió la profundización de la desigualdad también en términos globales, y ésta, incide sobre las relaciones de poder y de dominación, y acarrea conflictos políticos, como los que han aparecido en Europa.

Estados Unidos no se sustrajo al impacto social de la globalización, y ahora es un país en el que la desigualdad se aproxima a niveles latinoamericanos. De ahí la comparación que establece Steven Levitsky, el profesor de asuntos latinoamericanos de la Universidad de Hervard, entre Trump y líderes populistas latinoamericanos como Abdalá Bucaram de Ecuador y Hugo Chávez de Venezuela. Además, los problemas asociados a la globalización se han visto magnificados por una tasa mediocre de crecimiento de la economía mundial, consecuencia de la crisis de 2008. No hay más que repasar la prensa internacional para imaginar el alcance del problema: la severísima crisis griega, el descontento en Francia contra las reformas a las leyes laborales, la agudización de la desigualdad en Gran Bretaña, la tasa de desempleo en España. En esos países los partidos tradicionales se han visto rebasados por ciudadanos que protestan contra una elite gobernante ensimismada. Así surgió la organización española Podemos, o se han abierto espacio partidos extremistas y racistas unos, xenófobos otros.

Entre nosotros, en México, la globalización no trajo la desigualdad, pero la ha profundizado en forma escandalosa entre clases sociales, entre sectores económicos, entre regiones. La fe en la globalización como motor de la actividad económica ha justificado un cuarto de siglo de políticas de austeridad. Abrimos las fronteras, pero cerramos los ojos. También en Estados Unidos se ha instalado la desigualdad, hoy se acerca a niveles latinoamericanos. Seguramente Trump no tiene conciencia de sus semejanzas con los políticos latinoamericanos, con los hispanics que le merecen tan pobre opinión, pero el estilo desafiante y populachero, la simplificación de problemas complejos, la denuncia de la cultura como un ornamento deshechable, el voluntarismo, la fe en la soluciones de fuerza, la cerril intransgencia, nos son muy familiares.

Los desempleados no son los únicos seguidores de Trump. Tiene el voto de los nacionalistas, de los enemigos del Islam, de los que creen que Estados Unidos ha renunciado a su fuerza, voluntaria e inexplicablemente, a pesar de que sigue siendo el país más fuerte del mundo. Trump, el multimillonario de la costa noreste del país, es el candidato groseramente machista que niega el  derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad, de quienes defienden el derecho a portar armas de cualquier calibre a cualquier edad, de los racistas, de los supremacistas blancos, de los xenófobos, de los fundamentalistas religiosos; pero sobre todas las cosas, Donald Trump es el candidato de la desigualdad, precisamente porque explota el nervio vivo de la rabia y el coraje que despierta la creciente distancia entre el nivel de vida de los ricos y los demás, y esta separación da lugar a severos desequilibrios. Como dijo Scott Fitzgerald cuando le preguntaron cómo eran los ricos: “son diferentes”, y cada vez más.

Trump encarna la pesadilla de la tecnocracia mexicana en el poder que desde hace varios sexenios denuncia el populismo como si se tratara de la octava plaga de Egipto. ¿Qué harían si Trump llega a la Casa Blanca? Es poco probable, pero si gana, ¿qué haría una elite que justifica su falta de imaginación y la continuidad treintañera de una política económica que sólo propone recortes presupuestales, con el trauma del populismo que tan afanosamente ha alimentado? Si el presidente de Estados Unidos se llama Donald Trump pero habla como Andrés Manuel López Obrador cuando de leyes y reglamentos se trata, o cuando se refiere a la liberalización comercial, ¿qué van a hacer?

Es probable que Trump sea derrotado, ya sea en la convención de su partido o en la campaña presidencial, de todas formas el consenso que sostuvo la globalización se está desmoronando. Así que quien sea presidente de Estados Unidos tendrá que buscar alternativas. Me pregunto qué van a hacer aquí los promotores locales de un consenso que velozmente desaparece. ¿Resistirán la presión del cambio? Históricamente, México se ha ajustado a las políticas estadunidenses; por eso hay quien detecta trayectorias paralelas entre los dos países. Lo que es indiscutible es que las condiciones sociales y económicas que ha propiciado la popularidad de Trump no van a desaparecer con su previsible derrota; tampoco se extinguirá el dolor ni la rabia de los últimos años ante la creciente desigualdad en los diferentes países del mundo. Los migrantes seguirán forzarán las puertas de los países ricos que éstos tratan de cerrar, de ser necesario treparán sus muros y entrarán por las ventanas. Llegue quien llegue a la Casa Blanca, lo que se acerca es el fin del consenso de Washington y la revisión de decisiones y de políticas que han acarreado costos sociales inaceptables. Y cuando eso ocurra, ¿qué va a hacer la tecnocracia mexicana? ¿Ya tiene una alternativa?

Soledad Loaeza es profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

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