Junio es el mes del orgullo. En estos días las calles de cientos de ciudades en todo el mundo se llenan de las banderas arcoíris que portan miles de personas cuando se manifiestan a favor de los derechos de la comunidad lésbico, gay, transexual, transgénero, travesti, intersexual y queer (LGBTTTIQ). La razón de marchar en este mes obedece a una historia que ha sido contada muchas veces, pero no las suficientes para que conste en los libros de historia, en los pasajes sobre las luchas por los derechos civiles.

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Fue en la madrugada del 28 de junio de 1969 que al menos 200 personas se dieron cita en el bar Stonewall Inn en Nueva York para llorar la muerte de Judy Garland. En este centro nocturno operado por la mafia, donde se violaba la prohibición de venta de alcohol a homosexuales, los deudos de la diva del Mago de Oz se enfrentaron con los policías que interrumpieron la noche con una redada. Si bien no es claro qué provocó que en aquella ocasión la gente se defendiera de las autoridades, porque no era la primera redada que ocurría en un bar gay, sí es seguro que el incidente provocó que en días subsecuentes se reunieran cada vez más personas en aquel lugar de mala muerte para enfrentarse a los policías que no dejaron de atacar a la clientela homosexual. 

Ha transcurrido casi medio siglo desde las revueltas de Stonewall y otras historias se sumaron a esta lucha contra la discriminación: la eliminación de la homosexualidad de las listas de enfermedades mentales de la Organización Mundial de la Salud, la batalla inacabada para erradicar el VIH, el reconocimiento de nuevas identidades de género y la legalización del matrimonio igualitario en un buen número de países; por mencionar algunas. Después de la muerte y del sufrimiento de muchas personas por culpa de los prejuicios de gobernantes, comunidades y familiares que aborrecen a quienes somos distintos; hoy día participamos en una revolución fundada en el lenguaje de los derechos humanos que provocó decisiones judiciales, reformas legales y la creación de organismos contra la discriminación que nos dieron motivos para celebrar las diferencias en el significado más profundo de la igualdad.  

Sin embargo, en la madrugada del domingo 12 de junio de 2016, otro centro nocturno se añadió a la larga historia de crímenes de odio. Mientras que Stonewall era un lugar clandestino que se convirtió en símbolo de resistencia y de empoderamiento; uno de los antros gay más grandes de Florida, donde se celebraba la diversidad, quedó reducido a una publicación en su cuenta de Facebook: “todos fuera de Pulse y sigan corriendo”. Una persona armada con un rifle de asalto abrió fuego en contra de quienes disfrutaban un espacio en el que se creían seguros, se sentían incluidos y se divertían. El saldo de la “Noche Latina” en Pulse fue de 50 muertos y 53 heridos, todos, “diferentes”.

La muerte de 50 personas convirtió esta tragedia en la mayor masacre en la historia de Estados Unidos. Las balas acabaron con la vida de jóvenes cuyas historias comienzan a circular en redes sociales. Parejas que cambiaron la boda de sus sueños por un funeral conjunto, migrantes que llegaron al país y perdieron la oportunidad de una mejor vida, jóvenes que no terminarán las carreras que habían comenzado a estudiar o amigos cuya sonrisa acostumbrada quedó desdibujada. Apenas algunos recuerdos con que sus familiares y amistades intentan hacernos entender el dolor que un tirador envenenado por el odio pudo provocarles. 

La facilidad con la que Omar Mateen adquirió un rifle de asalto es una discusión que ni la sociedad ni el gobierno en Estados Unidos han sido incapaces de resolver. Sólo en 2015 hubo 371 ataques masivos con armas de fuego en los que fallecieron 469 personas. Éste es un tema pendiente para los estadounidenses; no obstante, existe un debate que nos involucra a todos, un debate con nuestros estereotipos. El odio que producen los prejuicios sigue motivando a muchos a jalar de un gatillo. A pesar de la larga lucha por los derechos y de las victorias conquistadas, la discriminación es una realidad que hemos sido incapaces de transformar.

Los voceros de los discursos que incitan al odio tienen muchas formas y muchos “enemigos”. Políticos que prometen construir murallas para aislarse del mundo. Personalidades que cimientan sus delirios en peroratas que hacen ver a los extranjeros como violadores. Medios de comunicación que culpan a comunidades enteras por los crímenes de una persona. Jerarcas religiosos que llaman anormales y desviados a quienes exigen que el Estado reconozca sus legítimos derechos. En cualquiera de los casos, los promotores del odio utilizan el miedo como justificante para denigrar y marginar al otro. ¿Qué tan cómodos nos sentimos con las manifestaciones públicas de odio hacia un grupo de personas? 

El problema de callar frente a expresiones de intenso rechazo radica en que el vocabulario denigrante suele convertirse en un elemento permanente del entorno social. Cuando ello ocurre, no sólo se vuelve más complicado erradicarlo, sino que su uso se justifica por la comunidad. En el caso de México, por ejemplo, gritar “puto” en los estadios se erigió como el último bastión de los aficionados que defienden la libertad de expresión, argumentando que cuando lo gritan no lo hacen con la intención de discriminar a nadie, pues su objetivo es distraer al portero rival (¿acaso no existe otra palabra que tenga el mismo efecto?). Estos gritos le valieron multas a la Federación Mexicana de Fútbol, que ha respondido de forma penosa como con la campaña “Abrazados por el fútbol”; en la que los jugadores de la Selección Mexicana afirman que todas las personas son dignas de respeto y que ellos saben perdonar. ¿Qué tendría que perdonar el equipo mexicano? ¿Perdonar a los gays que cometieron el error de sentirse denigrados por los gritos de una afición que dice respaldar al equipo nacional? ¿Perdonar a quien escribió el guión de la campaña y que no fue capaz de calificar a esa violencia como homofobia?

Quienes demonizan al “diferente” de forma sistemática se escudan en el ejercicio de su derecho a la libre expresión. A través de su fe transforman la intolerancia en una verdad absoluta que no acepta cuestionamientos y que los empodera para imponer sus creencias a cualquiera. Cuando los discursos de odio son reiterados, provocan miedo y no encuentran una respuesta contundente que exhiba los prejuicios que lo alimentan, sólo hay cabida para la violencia.

Condenar la masacre en Orlando es una obligación, pero el problema no se resuelve con la muerte del tirador. Los actos del intolerante mostraron las consecuencia del odio, pero más importante, pudimos ver la asimilación de la discriminación cotidiana en las instituciones. A la tragedia de las muertes se suma la de los heridos, que en su condición de gravedad provocó que aumentara la demanda de transfusiones de sangre en los hospitales que los atendieron. Como la más cruel de las ironías, después de un ataque fatal a un antro gay, quienes intentaron donar sangre para ayudar a los heridos –y no eran heterosexuales–, fueron rechazados por disposición de las normas sanitarias. Ante la crisis, luego de horas, los centros de donación ignoraron temporalmente la normatividad y permitieron que las más de 5,300 personas que hacían fila, ayudaran a los heridos. Antes de la balacera en Pulse, pareciera que nadie se había preguntado por qué las personas que tienen relaciones homosexuales no pueden donar sangre. ¿Qué sustenta la prohibición? ¿Razones o prejuicios?

Es más sencillo señalar a quienes promueven abiertamente el odio, que asumir los prejuicios que rigen nuestro actuar. Llamamos locos a los que toman un arma y acaban con la vida otros, pero ¿cuáles son las estrategias para enfrentarlos y cuánto tardamos en usarlas? La trampa de combatir el odio hacia un grupo de personas está en que podemos incurrir en la misma conducta que denunciamos, pero con nuevas víctimas. Cuando supimos que Omar Mateen expuso su lealtad a ISIS antes de asesinar a 50 personas, ¿cuánta de la responsabilidad de los ataques le atribuimos a la comunidad musulmana? ¿Cuánto tardó Donald Trump en vanagloriarse con un “se los dije”? ¿Cuántos se tomaron la molestia de comprobar los rumores?

Si lo que ocurrió en Orlando no nos obliga a revisar nuestros prejuicios y a cuestionar los mensajes de odio que toleramos todos los días, la pregunta no es cuál será la próxima desgracia, sino cuándo ocurrirá. ¿Cuánto vamos a soportar que los políticos atribuyan sus derrotas electorales al reconocimiento de derechos de las personas? ¿Cuánto vamos a soportar que en un sermón religioso se denigre la diferencia usando palabras como anormal, desviado o vil? ¿Cuánto vamos a soportar que el odio sea nuestra normalidad? Si no nos decidimos a responder a estos cuestionamientos, ¿de qué sirve el orgullo?

José Manuel Ruiz Ramírez

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