Las calenturas sociales como las que produce Donald Trump son tan de la historia de Estados Unidos como los pronunciamientos en la historia de España o México. Vayan por muestra las cuatro olas de great awakenings desde el siglo XVIII hasta la década de 1960, el personalismo –del congreso y del presidente—durante el intento de impeachment de Andrew Johnson en 1868, el movimiento populista de la década de 1890 –igualitarista, sí, pero también racista y nativista—, Father Coughlin, poderosísima voz (y en la radio) antisemita, reaccionaria y nativista durante los años del New Deal  o las candidaturas de gobernadores orgullosamente racistas en el sur en la década de 1960 (George Wallace en Alabama, por ejemplo). Tampoco son novedad los pecadillos del tipejo de marras, Mr. “Trumpa” (“harta trampa pa’ venir de una sola trompa”). Ayer el viudo Thomas Jefferson tuvo hijos –esclavos, nunca los liberó– con su esclava, la media hermana de su añorada esposa, y el país como si nada. Pero en otros momentos, pecados mucho menores casi le cuestan la presidencia a Bill Clinton, y hoy Mr. Trumpa puede cazar top models y hablar del culo de cualquiera, incluyendo el de su hija, y no parece costarle un voto. “Locos” o vulgares, de derecha o de izquierda, ha habido para dar y regalar: Nixon y sus cochinadas (los tapes grabados en la casa blanca revelan un machito, vulgar, corrupto, autoritario, así cual Mr. Trumpa), o muchos aún creen que James Carter fue un místico iluminado que nunca debió haber llegado al poder. Lo único novedoso del iluminado que nos toca vivir es el momento, no el personaje. Y por eso el daño está hecho.

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Es indispensable vencerlo, claro. Pero aún venciéndolo, queda por verse si la cultura política norteamericana podrá volver a meter al armario a un tipo de argumentos, un estilo de vulgaridad, una forma abierta de anti-cosmopolitismo, anti-inteligencia y racismo que desde el triunfo de la enmiendas constitucionales de derechos civiles, durante la administración de Lyndon B. Johnson, habían sido impresentables en la arena pública. Mr. Trumpa apela a gente, a sentimientos, que siempre han estado ahí y seguirán estando, pero sacarlos a pasear ahora es un daño que puede traer un efecto dominó irrefrenable. Ahora no, por favor. No ahora que el más importante acuerdo, la mayor promesa de convivencia pacífica y segura que occidente había logrado en toda su historia, “Europa”, se suicida, no ahora que suenan tambores de viejos y nuevos imperios, naciones, razas, religiones por doquier, cuando el terrorismo puede cualquier día hacer temblar a París, Sao Paulo o Nueva York, cuando no está claro si entramos o salimos de la mayor crisis económica desde 1929. Ahora sacar de la lámpara al “genio” del resentimiento blanco nacionalista es convertir en virus invencibles los bicharracos que siempre han existido en la cultura política estadounidense –conceptos y expresiones como great o greatest o strong o, en mexicano, “nos la pelan”, “nada de mariconadas politically correct, la pura y llana neta del planeta”, y todo ello acompañado del peligrosísimo again, rezago de mitos y vanaglorias imperiales. ¿Será posible volver a meter en la lámpara a este genio del nacionalismo blanco y revanchista?  

Una de dos: o Mr. Trumpa será recordado como el renacer del nacionalismo blanco que transformará a la nación y al imperio de león con piel de oveja, a oveja con piel de león en celo; o Mr. Trumpa pasará a la historia como el último suspiro de un proyecto de nacionalismo racial, identitario y moribundo que daba patadas antes de expirar. Pero, ¿cuál será la lección inmediata para los republicanos? Nunca más por la ruta de estos revanchismos que sólo han dividido al partido; o, por el contrario, la lección será: hay que darle cuerda al reloj del racismo y nativismo que todavía marca los tiempos que vamos viviendo. No lo sabremos pronto. Dependerá mucho de la durísima campaña que se avecina. Y en el camino, algo inesperado –otro atentado terrorista de gran escala, otro escándalo de los Clinton (que de haber, hay), un atentado de algún desquiciado pro o contra Mr. Trumpa o Madame Clinton– puede determinar si Mr. Trumpa pasa a ser solo parte del anecdotario nacional –el loco de turno, el del pelo amarradito como queso Oaxaca– o si al contrario pasa a la historia como el símbolo del renacer de un nacionalismo que creíamos ya impresentable.  

El partido Republicano no ha sabido parar a tiempo a Mr. Trumpa, a pesar de que los ha insultado a todos. El racismo contra mexicanos o musulmanes, bueno, eso, para muchos, va y pasa, pero ¿ser pito suelto entre sus clientelas evangelistas, burlarse de mujeres importantes y de héroes de guerra como el senador McCain? Son muchos y buenos los análisis económicos y culturales que explican el por qué una clase de blancos pobres encuentra en Mr. Trumpa la voz que pronuncia lo que ellos han querido decir desde la década de 1960. Political incorrectnesss, un popular genero de vida, pasó a ser vanguardia política en la era del desprestigio del imperio, de la crisis económica más importante desde 1929, de las migraciones, del final desmantelamiento del New Deal, del colapso de las clases políticas tradicionales, en una era en que es presidente un negro y el país está apunto de dejar de ser estadísticamente blanco.  

Desde Nixon, el partido republicano echó andar una maquinaria electoral, eficiente pero de grandes riesgos sociales, movilizando los resentimientos de las bases pobres blancas, todo para contrarrestar el apoyo de las minorías al partido Demócrata. Hoy no pueden parar la maquinaria. Los republicanos saben ambas cosas: que tienen un candidato perdedor y que su posible victoria sería una gran derrota. Lo saben pero su odio a Obama (un negro) y a Clinton (una mujer y esposa de Bill) los debilita. La inteligencia conservadora hace tiempo que se desmarcó de Mr. Trumpa, pero ellos no tienen que ganar elecciones. Nadie en el partido Republicano puede pararle la boca a Mr. Trumpa, no sin arriesgar el futuro del partido. Pero dejarlo seguir es también aventurero, tanto si gana como si pierde. La esperanza de unos es que, si gana, la complejidad de la “chamba” (president of the United States) lo controle; y si pierde, queden buenas ruinas para levantar un nuevo partido Republicano. Pero cualquier movimiento es muy riesgoso.  Habrá que observar con lupa a quién elige Mr. Trumpa como candidato a la vicepresidencia, no solo por lo que la selección pueda decir al electorado (ahí estará el futuro del partido Republicano), sino porque no es descabellado que ese personaje acabe siendo el presidente.  

Lo de Mr. Trumpa es la expresión estadounidense de una crisis política y económica global, crisis de sueños de movilidad social, de proyectos políticos locales, de nociones de liderazgo mundial, de décadas de buenismo identitario, de muchos miedos sin el añejo miedo real de la guerra.  Europa no canta muy bien estas rancheras. Tanto que, sin haber sido el presidente que prometió, muy pronto Obama será como el emperador austriaco Francisco José: la añoranza de muchos en Europa o Estados Unidos. Las promesas revolucionarias de mediados del siglo XX acabaron como acabaron –ahí Cuba y ahí el Ortega de la Nicaragua de hoy–.  Brasil y México se sumen en el desprestigio de la clase política y la corrupción, pero con toda su gravedad me parecen más capaces, no de redistribución y bienestar, sino de pasar la ola y llegar a acuerdos peligrosos y feos, como siempre han sido. Estados Unidos y la Unión Europea parecen menos capaces. 

Estados Unidos saldrá de esta crisis, pero el futuro es peligrosísimo; estamos ante la posibilidad de que el modelo de educación nacional sea Trump University, de que la retórica de la “esfera pública” sea la guerra étnica abierta en el formato del “Sálvame Deluxe” español, de que la política migratoria sea el ejército o la marina o dios sabe quién deteniendo y deportando once millones de personas en Estados Unidos y de que los símbolos del liderazgo mundial de Estados Unidos sean un enorme muro entre México y Estados Unidos y cosas como la apropiación estadounidense del petróleo de todo el Medio Oriente. Aunque nada de eso pase, ya es decible y defendible. Por otra parte, quizá la Unión Europea no sobreviva esta crisis. Y está será la marca para los historiadores de que occidente fracasó. Creemos que la violencia y la guerra son escenarios posibles en México o Brasil, pero no en el corazón de Europa o en Estados Unidos. Yo no sé por qué estamos tan seguros si se preparan los escenarios que, la historia dice, acaban en violencia  y guerra.

La campaña presidencial que se avecina dejará al país dividido y enfrentado. Lo mejor que puede pasar es la derrota final de un tipo de nacionalismo blanco, pero eso también será una tragedia porque las demandes de representación y distribución de ese nacionalismo no son idiotas o injustas. Derrotado, ese nacionalismo puede pasar por un periodo de lo que se llamó después de la guerra civil estadounidense Radical Reconstruction: hacer de su derrota el recuerdo de que o se amoldan y se convencen o no entran en el juego. Radical Reconstruction, la idea de desagregar el sur derrotado, de llevar hasta las últimas consecuencia la igualdad entre negros y blancos, con apoyo militar, fracasó en 1876-77, se pospuso hasta 1965. La Radical Reconstruction que se nos avecina es asunto muy peligroso pero también necesario, y no sé si Hillary Clinton esté por la labor. Todo depende de si gana y cómo. Si se puede acabar con ese nacionalismo, tendrá que morir la posibilidad de un Estados Unidos “great again”, habrá que reconocer la debilidad mundial del imperio, su imposibilidad de romper el vínculo con México y, a largo plazo, habrá que asumir un pasado, presente y futuro en común con el país que ya no es vecino sino consustancial. Todo lo cual es muy difícil, pero lo otro también: éste puede ser el principio de re-normalización de algo que era impresentable después de, digamos, 1970. Y si se vuelve posible, el Estados Unidos que hoy está muriendo puede renacer. 

Reagan era el muñeco de un nacionalismo cristiano, imperial e ideológicamente pesetero, como hacía tiempo no había, pera era controlado por asesores astutos y pragmáticos. Mr. Trumpa es un maniquí incontrolable de un nacionalismo impresentable y peligroso. Le quedan pocas barbaridades por decir y muchas por hacer. Después de todo, decir barbaridades le da la mejor publicidad del mundo y gratis. Lo más triste es que al final, si algo pone un hasta aquí a Mr. Trumpa, no serán ni los seguidores del senador Sanders ni Bill Maher ni los profesores universitarios como yo; ni siquiera Paul Ryan, el republicano de más rango que no sabe cómo desdecirse de su apoyo a Mr. Trumpa, sino los bosses de Texas, Arizona, California o Illinois, hartos de que Mr. Trumpa les alebreste a sus mexicanos sin los cuales ni son bosses ni hay negocio posible. Pero el daño está hecho.  

Mauricio Tenorio es historiador, Samuel N. Harper Professor of History, The University of Chicago; profesor asociado CIDE, México. Su último libro es Maldita lengua (Madrid: La Huerta Grande, 2016).

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