Han iniciado los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. En una entrada previa en este espacio se presentó el contexto de la XXXI Olimpiada de los tiempos modernos: los problemas dentro del deporte –el dopaje ruso–, el contexto político brasileño –Dilma Rousseff apartada de la presidencia, una ola de corrupción en el gobierno federal– y la mayor de las complicaciones, el caos de infraestructura y presupuesto para llevar a cabo el evento.

1

Algo de lo que no hablamos entonces, y de lo que no se habla mucho en general, es qué sucede con las ciudades que albergan los Juegos Olímpicos. Una vez terminada la competencia y anunciada la siguiente sede –en 2020 será Tokio–, poca gente voltea a la estela que dejan las Olimpiadas. ¿Hay derrama económica? ¿Aumenta el turismo? ¿Mejora la infraestructura? Estas tres preguntas son la base para que un país se proponga ser anfitrión; los Juegos deben redituar a la economía local y nacional para ser viables. Es por eso que muchas veces los beneficios se exageran: las cifras de turismo se inflan, los costos son presentados de manera muy inferior a lo que son –en la mayoría de las ocasiones termina por sobrepasarse de manera escandalosa– y la infraestructura se presenta como algo necesario para el futuro de la ciudad. La realidad, resulta, siempre es otra.

Tres de las últimas Olimpiadas de verano son buenos casos de estudio, ya que presentan buenos contrastes entre sí y dos de ellas tienen gastos verificables en su mayoría: Sídney 2000, Atenas 2004 y Beijing 2008.

Sídney 2000 fueron los segundos Juegos Olímpicos en Oceanía. A pesar de contar con infraestructura de primer mundo –no por nada Australia es el único país que rompe con la famosa “Línea Brandt”, que muestra la división geográfica de riqueza–, Australia nunca obtuvo los beneficios que prometió el comité organizador. En particular, el comité esperaba que el turismo a Australia incrementara casi cuatro veces después de que terminaran los Juegos, ya que, se decía, el mundo conocería el país (aunque Melbourne ya había sido sede en 1956) y tendría interés en visitarlo. Sin embargo, esto no sucedió. El turismo internacional se mantuvo igual que antes –2.5 millones de visitantes anuales–, cuando se esperaba que aumentara a incluso 10 millones por año. De hecho, el turismo en Sídney durante el verano de 2000 estuvo tan enfocado en las Olimpiadas que muchos cuartos de hotel se quedaron vacíos, ya que nunca llegó el número de visitantes que se esperaba (ver la liga anterior). La gente que no tenía interés en el deporte se mantuvo alejada de la ciudad durante esas semanas.

Quizás el caso más paradigmático de cómo unos Juegos Olímpicos pueden llevar a una ciudad –y en el extremo a un país– a la bancarrota son los de Atenas 2004. 

Atenas 2004 originalmente iba a ser Atenas 1996, para celebrar el centenario de los juegos en la era moderna. Pero el poder de los patrocinadores –aquí Coca-Cola, cuya sede es Atlanta, lugar donde terminaron por celebrarse los Juegos de 1996– hizo que se aplazaran ocho años. Esto dio, más tiempo para que el gobierno griego y la ciudad de Atenas pudiesen invertir dinero en infraestructura –en términos prácticos transporte como líneas de autobús y metro, en términos no tan prácticos estadios para todo tipos de disciplinas–. Nunca se supo el costo verdadero de los Juegos, pero la cifra extraoficial más aceptada es que el presupuesto se sobrepasó entre 14 y 15 mil millones de euros, cuando el presupuesto original era de cuatro mil millones y medio. Atenas, y Grecia, al día de hoy, siguen cargando esa deuda, y parte del problema económico posterior –que llevó a la crisis que inició hace cuatro años y todavía no termina– se origina en los Juegos Olímpicos. Más aún, el gobierno griego nunca le encontró uso a los múltiples centros, estadios y pistas que construyó para la Olimpiada, al grado que varios de ellos cayeron en desuso a los meses de concluir los Juegos y hoy están en abandono total. (Esta impresionante fotogalería muestra cómo se ven hoy las instalaciones).

Beijing 2008 resulta atípica por el presupuesto, la organización y el derroche que estuvo dispuesto a realizar el gobierno chino, al grado de que Beijing acaba de conseguir la sede de los Juegos de invierno de 2022. (En Beijing no cae la nieve necesaria para que se lleven a cabo los Juegos, pero la propuesta china contempla realizar una Olimpiada con pura nieve artificial.) 

A pesar de que los costos totales se desconocen, el crecimiento acelerado de la economía durante las últimas décadas amortiguó el gasto para las Olimpiadas; en términos prácticos se puede decir que el impacto económico de los primeros Juegos en China fue casi insignificante, un triunfo dado lo sucedido en Atenas cuatro años antes. La mayoría del impacto positivo fue sólo en la ciudad, y de hecho –ver la liga anterior– es difícil calcular qué tan grande fue, pues, por un lado, el turismo a China ha aumentado en los últimos años por su apertura al mundo occidental y agresiva promoción, y, por otro los números internos del gobierno chino no son públicos.

China, en lo que algunos dijeron en el momento fue su presentación formal al mundo como potencia turística y económica, se dio el lujo de abandonar muchas de sus instalaciones olímpicas. A diferencia de Grecia, que prometió darles otro uso y al final no lo hizo –su villa olímpica, por ejemplo, se convertiría en residencias de interés social y hoy está arrumbada– China simplemente se dio el lujo de abandonar gran parte de sus sedes por no encontrarles uso al terminar la Olimpiada. (Aquí hay una fotogalería de cómo se veían cuatro años después.)

Si estos tres casos sirven de ejemplo es para mostrar que el futuro de las Olimpiadas como las conocemos no es el más promisorio. Las instalaciones de la villa olímpica de Río, así como el alojamiento para prensa fueron terminadas a marchas forzadas, y los resultados distan de ser los óptimos. (Aquí hay buenas imágenes para ilustrar el punto.) A esto hay que sumar que Brasil, como país, está sumido en una crisis económica en la que el PIB se desplomó casi cuatro puntos en 2015, y una crisis política cuyo final resulta incierto. Un botón de muestra: Michel Temer, el presidente interino, no fue presentado en la inauguración de los Juegos, como tradicionalmente se hace, por temor al recibimiento que tendría del público en el estadio de Maracaná. 

Por lo pronto, el mundo se está dando cuenta de lo oneroso que es ser anfitrión de unos Juegos. Boston, que presentó su candidatura a 2024, la retiró después de protestas sobre los costos que significaría para la población local. Tokio ganó la sede de 2020, pero después eliminó de su propuesta la construcción de un estadio nuevo cuando los japoneses se enteraron del gasto total de la nueva obra, que sería construida por el prestigioso despacho de Zaha Hadid. Para las Olimpiadas de 2022, que, como comentábamos, ganó Beijing, la única otra sede viable era Alma-Ata, la capital de Kazajistán. ¿Por qué es relevante este dato? Porque cada vez son menos los países que se aventuran a hospedar unos Juegos. La situación económica mundial y la mayor participación de los ciudadanos en la toma de decisiones hacen que los únicos interesados en ello son aquellos países que, o pueden y quieren pagar unos Juegos Olímpicos –cada vez menos–, o deciden ser anfitriones sin consultar a sus ciudadanos por ser sistemas autocráticos (como Kazajistán).

De no cambiar el formato actual de las Olimpiadas –por ejemplo, que distintos países sean anfitriones de distintas pruebas,– el futuro del deporte podrá enturbiarse. En el mejor de los casos los Juegos Olímpicos serán menos espectaculares que antes por tener presupuestos más austeros, y, en el peor, servirán para ser la celebración de un dictador que busca validarse internacionalmente a través del deporte.

Esteban Illades

Te recomendamos: