Son dos las leyendas que circulaban en México antes de las elecciones de 2012 y que, en los hechos, contribuyeron a que el Partido Revolucionario Institucional recuperase el poder en el país después de haberlo perdido, por primera vez en 70 años, en el año 2000.

Un primer mito que alentó la victoria electoral del candidato priista, Enrique Peña Nieto, fue que el PRI sabía gobernar y que su vuelta al poder habría corregido la peligrosa ingobernabilidad que había marcado especialmente los últimos compases de la presidencia panista de Felipe Calderón. Habrá que recordar que el desafortunado lanzamiento de la guerra contra el narco por parte de Calderón había generado un cruento conflicto, con 55.000 muertos, según algunas estimaciones, y unas cifras abrumadoras de desaparecidos que hacían palidecer las del Cono Sur en la década de las dictaduras militares en los años 70. Violencia y desapariciones habían proyectado una imagen de ingobernabilidad que empujó a sectores de la sociedad hacia el partido que, por 70 años, mientras vastas partes de América Latina se encontraban sumergidas en guerras civiles, dictaduras sangrientas y polarización, había sabido garantizar niveles relativamente altos de estabilidad y gobernabilidad interna. 

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Todo mito, se sabe, tiende a tener una base de verdad, sin embargo, a mi juicio, entre las dos leyendas mencionadas arriba, ésta es la que más se aleja de la realidad. La gobernabilidad priista, que se mantuvo entre la institucionalización de la Revolución en la década de los años 20 y la década de los años 80, se basó en buena parte en la construcción de un sistema político autoritario, por momentos fuertemente represivo y que hacía del fraude electoral y de la exclusión de la oposición las reglas de su funcionamiento. Tanto es así que, de vuelta al poder, el gobierno de Peña Nieto no ha sabido, ahora dentro de un marco, aunque sea formalmente democrático, repetir el milagro de la gobernabilidad de antaño. Como estamos viendo, los datos del sexenio muestran un fuerte repunte de la violencia y de las ejecuciones relacionadas con el narco y el número de desaparecidos sigue alcanzando niveles escalofriantes. Es más, numerosas organizaciones de derechos humanos han denunciado el involucramiento de las fuerzas federales en episodios dramáticos de violación de los derechos humanos como en Tanhuato, por ejemplo, incluyendo ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas. A esto habría que añadir la impunidad casi total que rodea las infracciones de la legalidad, por negligencia o por explícita violación de la ley, por parte de los gobernadores y sin que el poder federal muestre capacidad de contención de semejantes actos. En fin, el retorno del PRI al poder parecería haber aumentado la erosión de la gobernabilidad del país en lugar de consolidarla. 

El segundo mito que rodeaba el retorno del PRI al poder era su supuesta capacidad de conducir una política exterior más estructurada estratégicamente y sin la naïveté del “comes y te vas” de Vicente Fox. Y, entre los dos mitos, a mi juicio este es el que probablemente tenía una base de verdad más amplia. Entre 1947 y la crisis de la deuda en 1982 México fue, efectivamente, capaz de llevar a cabo una política exterior capaz de resistir a los impulsos hegemónicos de su poderoso vecino. Esto en una época, la de la Guerra Fría, que vio crecer de forma exponencial las injerencias y las intervenciones estadounidenses en los asuntos internos de los países latinoamericanos. 

La política exterior mexicana, marcada por una búsqueda de una autonomía relativa con respecto a las presiones hegemónicas del todopoderoso vecino, no sirvió solamente como instrumento de legitimación interna del régimen. Esta fue utilizada de forma sistemática como instrumento para solventar el proyecto de modernización económica estatista del país que, junto al autoritarismo, representó el segundo gran pilar del proyecto político emergido del proceso de institucionalización de la Revolución emprendido por Plutarco Calles en década de los 20. La autonomía de la política exterior mexicana fue usada, a la vez, como arma de chantaje frente al poderoso vecino y como instrumento para diversificar las relaciones políticas y económicas del país en un periodo, la Guerra Fría, en que Washington acotó la autonomía de los países latinoamericanos, imponiendo una estricta política de alianzas basada en la lealtad a sus políticas de contención de la URSS y del comunismo. El mantenimiento de las relaciones con la Cuba socialista, a pesar de las fuertes presiones estadounidenses, los guiños al Movimiento de Países No-Alineados a partir del comienzo de los años 60 e, inclusive, el acercamiento a la URSS empezado durante el gobierno de López Mateos y culminado durante la presidencia de Echeverría son solamente unos ejemplos de una política exterior imaginativa y proactiva. 

El objetivo de este dinamismo fue, por un lado, mantener en vilo a Washington para que este se viera obligado a hacer concesiones políticas y económicas a los varios gobiernos mexicanos. En parte, a pesar de los evidentes límites establecidos por una frontera de 3185 km con Estados Unidos, el mencionado dinamismo respondió, como se ha mencionado, a un intento de diversificar las relaciones económicas y políticas para consolidar el proceso de modernización del país. Tal fue la capacidad mexicana de cabildeo que, hasta uno de los más despiadados intérpretes de la política exterior estadounidense, Henry Kissinger, tuvo que reconocer, durante un encuentro con el secretario de exteriores de Echeverría, Emilio Rabasa, que México, a diferencia de otros países del Tercer Mundo, sabía cómo negociar y obtener lo que quería de Washington.1 

El encuentro recientemente mantenido por Peña Nieto con el candidato republicano en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, Donald Trump, muestra cómo, a pesar de su inicial verosimilitud, también el segundo mito que ha acompañado el retorno priista al poder no se llegó a cumplir. Si durante la Guerra Fría México supo usar su política exterior de forma imaginativa para defender los que se consideraban los intereses del país, y de paso frenar los impulsos hegemónicos del vecino, la invitación de Trump a México ofrece una imagen del país completamente distinta. No solamente Trump es el candidato de un proceso electoral que se está dando en otro país, por lo cual no se entiende por qué se le haya extendido una invitación que se parece en todo a una visita de Estado, sino que se trata de un candidato que ha hecho de su racismo hacia los emigrantes mexicanos y menosprecio hacia México como país, una de sus banderas de su campaña electoral. Invitándolo a México y recibiéndolo casi como si fuera una jefe de Estado, México se ha mostrado en una condición de debilidad, y subalternidad que, en caso de victoria del líder republicano, reduciría inclusive el espacio de maniobra del país para contener sus políticas. El mensaje que emerge de la invitación de Trump y del encuentro mantenido con el propio presidente Peña Nieto, nada menos que en la residencia oficial del presidente mexicano, es que México no tiene ningún otro instrumento, retórico o político, para hacer frente a las peligrosas propuestas de Trump que invitarlo a discutir racionalmente sobre ellas. 

Los errores cometidos por la diplomacia mexicana son entonces dos: por un lado se está legitimando a un candidato que, por el contrario, de forma sutil, habría que estar, en realidad, debilitando. Y, por otro lado, en caso de victoria de Trump, el encuentro, en que se ha hablado, inclusive, de proyectos como el muro que el candidato republicano quiere construir para separar a Estados Unidos del infectado país latinoamericano, parecería haber conferido una suerte de legitimidad a propuestas tan disparatadas. Lejos quedan los tiempos en que México, consciente de la inevitabilidad de su gravitación hacia Estados Unidos, buscaba y construía alternativas que, de todas formas, evitaran un alineamiento completo con su poderoso vecino. Con la invitación de Trump, la impresión es que el país haya decidido abdicar y renunciar a su política exterior.  

Vanni Pettinà es profesor-investigador de Historia internacional de América Latina en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.


1 US National Archives, Record Group 59, Entry P 454, Central Foreign Policy File, 1975, Container 184C, Memorandum of Conversation, 29 August 1974.

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