A inicios de octubre, el gobierno ruso anunció la suspensión del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START en inglés) -acuerdo firmado con Estados Unidos cuyo propósito es la reducción del arsenal atómico de ambos países- en aras de garantizar su seguridad nacional. Asimismo, Moscú estableció ciertas condiciones a Estados Unidos para la reactivación del tratado, como la reducción de infraestructura militar y tropas estadounidenses en los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el levantamiento de sanciones estadounidenses contra Rusia y una indemnización por el daño que éstas han causado.

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Es muy poco probable que el presidente Barack Obama decida negociar a unos cuantos meses del cambio de administración, y sin duda esto se convertirá en uno de los tantos retos que el nuevo presidente de Estados Unidos deba afrontar. 

Lo anterior, junto con la reciente decisión del gobierno estadounidense de suspender las conversaciones con Rusia relativas a la crisis siria, vuelve a reflejar el desgaste de una relación bilateral que cada vez se deteriora más. Sin embargo, además de las consecuencias que esto pueda significar en términos bilaterales, la tensión entre ambos países también conlleva implicaciones internacionales. 

La suspensión del START, además de haber influido de manera inmediata en el rechazo de dos propuestas de resolución sobre la situación siria presentadas ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –una impulsada por Rusia y vetada por los Estados Unidos y Francia, y otra impulsada por Francia y rechazada por Rusia y Venezuela- implica que el gobierno ruso podría dar marcha atrás a la eliminación de los excedentes de plutonio apto para fabricar armas nucleares. Lo cual hace pensar en un posible aumento de la capacidad nuclear rusa dentro de una región cada vez más inestable debido a los ensayos nucleares norcoreanos, la creciente militarización china, el deseo japonés de rearmarse, los reclamos territoriales que varios países mantienen en los Mares del Sur y Este de China y las alianzas políticas y de seguridad que los Estados Unidos mantiene con países como Corea del Sur, Japón y Filipinas.

De forma paralela, la tensión bilateral ruso-estadounidense podría llevar a pensar en el surgimiento de un mundo con varios centros de poder que cuestionen el orden internacional establecido por los Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial. Especialmente si, además de considerar el alejamiento entre Rusia y Estados Unidos, se toma en cuenta el acercamiento entre los presidentes Vladimir Putin y Xi Jinping, que reiteraron  su compromiso “inquebrantable” de profundizar su asociación estratégica integral de cooperación en junio pasado.

Rusia busca fortalecer su posición ante Estados Unidos mejorando su relación con China, algo de por sí complejo por la historia de ambos países. Asimismo, China pretende mantener su hegemonía en la región Asia-Pacífico ante la “política de giro” estadounidense impulsada en 2011 por el presidente Obama. Debido a ello, China ha impulsado una creciente militarización junto con una expansión comercial que abarca tanto el Pacífico, a través del Acuerdo de Asociación Económica Integral Regional (RCEP en inglés), como Asia Oriental y Central, Europa, Medio Oriente y el este de África mediante la estrategia del “Cinturón económico de la Ruta de la Seda” y la “Ruta de la Seda marítima del siglo XXI”, conocidas como la iniciativa “Un Cinturón-Un Camino”.  

Si bien hay poco que la administración saliente del presidente Obama pueda y vaya hacer al respecto, el nuevo Jefe de Estado que se elegirá el próximo noviembre deberá enfrentar el surgimiento de un mundo multipolar con actores más poderosos –tanto en términos militares, económicos y comerciales- que podrían cuestionar las reglas internacionales creadas hace más de medio siglo por Estados Unidos. Por ello, es complicado hablar de un mundo carente de liderazgo internacional, como lo propone Ian Bremmer, fundador y presidente de Eurasia Group. Más bien pareciera ser que las fichas se acomodan para el surgimiento de actores poderosos que compitan por mantener su liderazgo y hegemonía a nivel regional, si no es que a nivel global, lo cual obligaría a los Estados Unidos a redefinir su papel en la arena internacional. 

Greta Bucher

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