Todo puede ser este país, memos uno comunista, bueno, desde una perspectiva económica aclaro. El tema político, es aparte. Es impresionante ver la proliferación de centros comerciales, los pasajes subterráneos y los corredores de comida por todas partes. La consigna es comprar, comprar y comprar. Esto, naturalmente, ha cambiado la naturaleza de un país que a finales de la década de los setenta debatía el modelo económico más aún con la muerte de la gran figura revolucionaria de Mao Tse-tung (1893-1976). 

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La arquitectura de lo que hoy conocemos como el modelo chino, se debió a la serie de reformas que introdujo Deng Xiaoping quien con una política mucho más moderada comenzó la desmaoización del país. Básicamente se promovieron 3 cambios estructurales: 1) desmantelamiento de las comunas populares; 2) apertura a los capitales extranjeros- creación de empresas mixtas y 3) instalación de multinacionales, con el consentimiento del gobierno. En 1993 llamaron al experimento “economía socialista de mercado” y en 1999 se modificaba la Constitución para reconocer la propiedad privada como base del desarrollo. 

Todo esto ha traído un cambio profundo en la vida cotidiana y con ello, muchos retos para un país de para finales del año 2015 tenía alrededor de 1.374.620.000 millones de habitantes. Uno de ellos es la tenencia de las propiedades. Cada familia tiene derecho a poseer una por 70 años, después, el Estado se convierte de nuevo en propietario. El conflicto se vislumbra, más aún cuando precisamente en el año 2019 se cumplen 70 años del triunfo de la revolución comunista. 

El desarrollo y crecimiento económico han influido para que políticas que datan desde los años sesenta se hayan derogado o reinterpretado, tal es el caso del hijo único. Hoy, las parejas chinas pueden aspirar a tener 2 hijos. Asimismo, ha habido una gran movilidad social. La clase media, media alta y la alta (200 millones de chinos aproximadamente), eran inexistente hace 30 años. En la actualidad, en cualquier calle de Shanghái se puede observar como conviven las distintas realidades económicas de China. No es una locura observar un Porsche modelo 2016 estacionado en la calle y delante del mismo uno de fabricación nacional. Un abismo entre uno y otro. O ver a una familia comiendo en un restaurante exclusivo de la zona del Bund con un perro con pedigrí sentado en la mesa y a una calle más adelante observar cómo un ejercito de mujeres humildes, muchas de ellas del interior, intuyo, embellecen los jardines de los hoteles de 5 estrellas. Muchas contradicciones y realidades las cuales no estoy seguro que fueran, si viviera, del agrado de Mao Tse-tung, a quien probablemente las nuevas generaciones de jóvenes apenas conocen porque su figura aparece en todos los billetes de circulación nacional que ven como se van y vienen ante un sistema de consumo imparable. 

Quizá China esté pasando por una etapa en donde las palabras de una colega de la universidad de Fudan y que es del interior del país cobran sentido. “No hay valores en la sociedad actual, el único imperante es el dinero”. Probablemente tenga razón. No quisiera ver la reacción de Mao ante la tienda de Disney o de las cadenas norteamericanas y globales que inundan la ciudad. Es aquí cuando me pregunto, ¿cuándo Mao vio morir al comunismo? 

Adolfo Laborde es internacionalista y profesor investigador del Tec de Monterrey, México; miembro del Sistema Nacional de Investigadores y actualmente es profesor investigador visitante en la Universidad de Fudan, Shanghái, China. 

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