El internet ha replanteado la forma en la que recibimos y procesamos la información y por ende cómo entendemos al mundo. Nos encontramos frente a cambios conceptuales y estructurales de tal magnitud que carecemos de los conceptos necesarios para identificarlos y entenderlos. Aún no tenemos el aparato crítico necesario para nombrar y definir los problemas que este fenómeno tecnológico va presentando.

internet

Se trata de una red de generación, transmisión y almacenamiento de información que genera nuevas categorías y conceptos por sí mismo. Por tanto, no resulta posible utilizar parámetros económicos, sociológicos o políticos propios de la era de la industrialización a efecto de entender este fenómeno. 

Esta falta de conceptualización de cómo funciona el internet y cuáles son los efectos que tiene en todos los aspectos de nuestras vidas ha generado que cualquier intento regulatorio intentado hasta la fecha haya sido ineficaz e insuficiente.

En diversos momentos, consideramos al internet como un mero sistema de distribución de información que no tiene ningún tipo de trascendencia en nuestras vidas diarias. En paralelo, tenemos que se pretende atribuir al internet y sus diversas aplicaciones capacidades o posibilidades que nunca podrá tener. Se atribuye al internet cualidades cuasi mágicas, como una forma barata de tener acceso a cualquier tipo de información. 

Desde esa posición se ha llegado a sostener que el internet por sí sólo será herramienta suficiente para terminar con el analfabetismo en todo el mundo o permitirá que todas las personas tengan acceso a una educación universitaria. Esto lo podemos definir como el solipsismo de los innovadores según palabras de Malcom Gladwell, en el sentido de que los entusiastas de la red pretenden encajar cualquier hecho aislado o fortuito dentro de un nuevo modelo explicativo.1  

Queda claro que este nuevo tipo de relaciones económicas que se han generado por el internet no han sido consideradas por ningún economista, sociólogo u jurista. Es decir, se trata de fenómenos económicos completamente nuevos que aún no han sido debidamente identificados.

El internet ha eliminado diversas barreras de acceso entre ofertantes y demandantes de bienes y servicios, por lo cual poco a poco va desapareciendo la necesidad de contar con intermediarios en diversos mercados o incluso eliminando la necesidad de contar con una regulación gubernamental específica para vigilar el bienestar de los consumidores. 

Un claro ejemplo de lo anterior son los sitios de internet como Uber o Lyft Line 2 que permiten que dos personas se pongan directamente de acuerdo respecto de la prestación de un servicio, con la seguridad de que el mismo será prestado en los términos convenidos.  

Asimismo, esta red ha reconfigurado diversos conceptos como la seguridad nacional (no hay control sobre lo que se hace más allá de las fronteras de un Estado pero que tiene repercusión dentro del mismo), la economía (modelos de negocios que no encuentran manera alguna de una regulación, pago de impuestos, etc.), así como ideas y valores (libre circulación de información).  

No obstante, estos cambios y sus consecuencias han sido abordados de una forma burda, ya sea mediante regulaciones que son de imposible aplicación o que en su caso atentan en contra de las características estructurales de la red o la libertad de expresión. 

Hasta la fecha, se ha pensado que la mejor manera de abordar este fenómeno de libre circulación de la información es la de crear de nueva cuenta una escasez artificial de los productos mediante barreras a la entrada o persiguiendo a individuos específicos a efecto de generar un ejemplo para evitar que otros copien e utilicen contenidos sin haber pagado lo que los autores piden.

Sin embargo, la regulación de las conductas y fenómenos que se verifican en la red ha sido ineficaz y hasta contraproducente, puesto que incentiva posturas radicales que niegan cualquier posibilidad de regulación en ese espacio cibernético. 

La regulación del internet, entonces, es más por un problema de diseño y estructura, que propiamente por la aplicación de una regulación específica. 

Por tanto, es necesario definir al internet y entender su funcionamiento, a efecto de realmente poder valorar qué es lo que hace y no hace, así como cuales son las verdaderas posibilidades de regularlo. 

El internet es un metasistema, una colección de sistemas individuales que cambian constantemente en comunicación mediante un protocolo común. La comunicación se verifica de un extremo al otro, independientemente del hardware, software y diseño técnico de cada uno de los sistemas.

Así, nadie es dueño del internet, no existe un control centralizado y nadie lo puede apagar. Su evolución depende de un consenso primario sobre cuestiones técnicas y códigos para su funcionamiento. La retroalimentación entre ingenieros de implementaciones en el mundo práctico es lo que define la arquitectura de la red.3 

Es por lo anterior que es muy difícil concebir una estructura legal adecuada para regular el internet, puesto que el mismo no se ordena de conformidad a disposiciones normativas provenientes del Estado sino a determinaciones estructurales y técnicas definidas por todos sus componentes.

La arquitectura de la red es la que determina la forma en la cual se verifica la transmisión y procesamiento de la información. En este sentido, la información se transmite de forma desagregada a través de diversas vías para ser reconfigurado una vez que llega a su destino, sin que exista un sistema central que permita localizar un determinado contenido en un determinado lugar.  

Resulta muy complicado que la regulación se mantenga al día de cada uno de los avances tecnológicos que se vayan presentando. Es muy difícil que el lenguaje normativo anticipe al lenguaje de los programadores y las posibilidades que estos tienen para generar nuevos tipos de interacción dentro de la red. 

Por tanto, los límites al internet deben provenir de la arquitectura de las redes y del valor y manejo que se otorgue a la información que se transmite, se almacena, se utiliza, se modifica y se vuelve a transmitir. 

Hasta la fecha no existe un derecho de internet y cualquier aproximación al mismo no deja de ser un mero compendio de reglas administrativas en materia de telecomunicaciones, derechos de autor y delitos, combinadas con elementos mercantiles aterrizados a transacciones mediante la red. 

Es difícil pretender regular al internet desde la perspectiva del Estado hobessiano. El internet se encuentra en todas partes, por lo tanto su regulación no se puede dar desde la perspectiva de una entidad soberana dentro de un territorio limitado. En este sentido, parece que el internet obliga a reconsiderar los atributos de soberanía que se otorgan al Estado y a redefinir jurisdicciones. 

Incluso, podemos pensar en que los señores del internet puedan en algún momento generar nuevos tipos de gobierno en jurisdicciones definidas por ellos. Por ejemplo, Larry Page o Peter Thiel han jugueteado con la idea de establecer oasis territorial fuera de cualquier regulación estatal en la cual la gente dedicada a la tecnología pueda probar nuevas ideas. La idea es que la gente dedicada a la tecnología debería tener un espacio físico seguro en el cual probar nuevas cosas y ver cuál es el posible efecto que podrían tener en la sociedad o en las personas, sin necesidad de que esto se tenga que vivir en la normalidad a la que estamos acostumbrados. Page también reflexiona en el sentido de que las leyes vigentes son tan arcaicas que se vuelven irrelevantes ya que no atienden a la realidad.

En pocas palabras, uno de los fundadores de Google quiere construir una tecno-utopia en algún lugar en el cual se permita experimentar sin que antiguos prejuicios regulatorios o morales que impidan el siguiente paso en el desarrollo tecnológico.  

Muchas veces, cuando la realidad no se quiere amoldar a la norma, se considera que la realidad es la que se equivoca. En este sentido, nuestro derecho y nuestras jurisdicciones no responden a las nuevas necesidades de regulación para las estructuras económicas y modelos de negocios que genera el internet.

Estamos frente a un espacio en el cual el Estado deberá ceder espacios frente a un nuevo tipo de regulación generada por los mismos participantes. Es más fácil pensar en arbitrajes sencillos y rápidos que van generando precedentes para una nueva lex mercatoria del comercio en línea, que propiamente el acudir a los tribunales para resolver cuestiones demasiado técnicas, con la pérdida de tiempo que esto implica.

Por otra parte, el internet va a obligar a que se redefinan varios conceptos básicos de derecho civil, tales como la propiedad, usufructo, uso y arrendamiento en la red.

Partimos de que varios los contenidos de internet que se compran y consumen no tienen ningún tipo de soporte material, sino que se trata de contenidos que necesitan de un dispositivo o terminal para poder ser disfrutados (libros, música, videos, cómics, juegos, etc.). Esto obliga a replantear el concepto de que es lo que se vendió, así como las obligaciones del vendedor de que los contenidos sean accesibles en todo momento al comprador. 

La capacidad de copiar y distribuir todo tipo de contenidos en la red obliga a redefinir el concepto y alcance de derecho de autor, frente a un sistema que estructuralmente está diseñado para copiar y reproducir de forma infinita. 

Las condiciones formales y materiales de nuestro sistema jurídico resultan insuficientes para procesar las modificaciones estructurales que el internet hay introducido en la forma en la que nos comunicamos, comerciamos y nos relacionamos. 

La verdadera regulación del internet pasa por la definición de condiciones estructurales de funcionamiento de la misma red, aunque su misma configuración como un gran todo que es definido y modificado por sus partes hace difícil la posibilidad de centralizarla en algún momento. En paralelo, será necesario pensar en que la regulación deberá provenir de los propios usuarios, sin que sea posible extrapolar modelos normativos parecidos a los que usamos actualmente para regular otras cosas. 

Tal y como sucedió con bitcoin como moneda de cambio, el internet deberá generar sus propias estructuras y herramientas para facilitar su funcionamiento, los cuales son autoreferentes. En este sentido, será necesario empezar a pensar en fuentes normativas distintas a las que dan las soberanías, como la manera en la cual será posible ordenar la nueva realidad que el internet nos genera. 

Etienne Luquet


1 Malcom Gladwell, Why the revolution will not be tweeted, New Yorker. October 2010.

2 Este servicio hace innecesario que el Estado tenga que tener todo un sistema regulatorio a efecto de verificar que las personas que pretende prestar dicho servicio cumplen con determinados requisitos.

3 RFC 1958; B. Carpenter; Architectural Principles of the Internet; June, 1996.

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