A lo largo de los tres debates presidenciales, Hillary Clinton y, especialmente, Donald Trump mencionaron el caso de China y su relación económica y comercial con Estados Unidos. En general, Trump presentó a China como una gran competidor económico causante de ciertos males de la economía estadunidense, como el nivel de desempleo, la fuga de la industria local y la llegada “torrencial” de productos que desplazan a los nacionales. Asimismo, recalcó que el crecimiento estadounidense es prácticamente nulo, especialmente frente al chino.

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Por otra parte, Hillary Clinton reconoció el reto que presenta la economía china para la estadunidense. Sin embargo, argumentó que durante su gestión como secretaria de Estado las exportaciones estadounidenses a China aumentaron en un 50%. Una política que seguiría impulsando para promover la generación de empleos en caso de ganar la presidencia. A la vez, señaló que lucharía en contra de la introducción del acero chino a los Estados Unidos con un precio inferior a su valor real (acero objeto de dumping), al tiempo que acusó a Trump de comprarlo para la construcción de varios de sus edificios. 

Si bien el nivel argumentativo de los debates es cuestionable, lo cierto es que los puntos señalados por ambos candidatos reflejan cierto grado de preocupación respecto al futuro de la relación bilateral entre los Estados Unidos y China. Y lo preocupante es que no se trata de un tema meramente comercial sino de uno político e ideológico, el cual podría alterarse dependiendo quién ocupe la Casa Blanca durante los próximos cuatro años. 

Desde el 2011, después de años de haber concentrando su atención en el Medio Oriente, la administración del presidente Barack Obama inició una “política de giro” hacia la región Asia-Pacífico. Entonces, lo dejó muy claro Hillary Clinton en su papel de Secretaria de Estado al declarar que la región de Asia-Pacífico se había convertido en una crucial para los intereses futuros –políticos y económicos- de los Estados Unidos. El principal resultado de ello, fue el alcance que obtuvo el Acuerdo de Asociación Transpacífico o TPP, un acuerdo iniciado en 2008 entre cuatro pequeños países -Brunei, Chile, Nueva Zelanda y Singapur- al cual los Estados Unidos (2009) y otros países se fueron uniendo de forma progresiva (México en 2012). 

El TPP es considerado como un acuerdo que establece un nuevo paradigma para el comercio internacional el cual, desde su incorporación, ha sido liderado por los Estados Unidos. Sin embargo, China –la segunda economía a nivel mundial si se mide su PIB en dólares corrientes y la primera en términos de poder de paridad adquisitivo- no ha sido invitada a participar en el mismo. 

Si bien el TPP es una iniciativa comercial, el propio presidente Obama señaló que la estrategia económica-comercial estadounidense en Asia-Pacífico deriva de la preocupación de un posible cambio, liderado por China, en las reglas del orden mundial establecidas en los Acuerdos de Bretton Woods de 1944. El surgimiento de China como potencia económica y la amenaza que enfrenta el dólar con la reciente aceptación del Fondo Monetario Internacional del yuan como divisa de reserva internacional, podrían debilitar la arquitectura del orden internacional mantenido hasta la fecha.

Además, China ha buscado diferentes opciones para contrarrestar el posible impacto del TPP, dado que varios analistas chinos lo consideran como una medida para “contener” a su país. La primera es el Acuerdo de Asociación Económica Integral Regional (RCEP en inglés) y la segunda se conforma por las estrategias de un “Cinturón económico de la Ruta de la Seda” y una “Ruta de la Seda marítima del siglo XXI”, también conocidos como la iniciativa de “un cinturón y un camino”. Estas iniciativas buscan conectar a toda Asia entre sí, con el Medio Oriente, con el este de África y con Europa tanto por vías marítimas como terrestres. A su vez, también establecen la creación de diferentes alianzas políticas, la presencia de China en nuevos territorios y, posiblemente, diferentes reglas para el comercio internacional. Lo más importante es que ambas opciones dejan fuera de la ecuación a los Estados Unidos, lo cual podría impactar la preeminencia estadounidense en dichas regiones.

A la vez, la situación geopolítica en Asia-Pacífico cada vez se vuelve más delicada dado los reclamos territoriales que varios países mantienen en los mares del Este y Sudeste de Asia. China, el mayor reclamante, argumenta que todo lo contenido en la llamada línea de los 9 puntos –delimitación creada en 1947 que abarca el 90% del Mar del Sur de China- es parte de su territorio, algo a lo que Filipinas, Malasia, Indonesia, Taiwán, Vietnam y Brunei se oponen. Además, China disputa la soberanía de las islas Senkaku o Diaoyu, ubicadas en el Mar del Este de China, con Japón. A la par, Estados Unidos defienden el libre tránsito en la zona, ya que de lo contrario China controlaría el derecho de paso, al tiempo que apoya a sus aliados políticos. Algo que, según declaró Trump durante los debates presidenciales, no sería tan relevante si llegase a ocupar la presidencia.

La relación bilateral sino-estadounidense dependerán de la visión y el poder de negociación del próximo presidente de los Estados Unidos. Defender las alianzas políticas de su país, junto con su prominencia comercial y el orden internacional creado hace décadas podrían ser prioridades para Hillary Clinton. Mientras que, posiblemente, no lo sean del todo para Donald Trump. 

Greta Bucher

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