El triunfo de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos en 2016 no es el único hecho que hoy nos hace plantearnos varias cuestiones con respecto al momento en el que se encuentra inmerso el mundo de nuestros días, en donde desde hace varios años se observa una tendencia clara en nuestras sociedades contemporáneas que apunta hacia lo extremo y que ha puesto de manifiesto la existencia de una enorme crisis política y social. Observamos un fenómeno no sólo de polarización, sino de un auge de tradicionalismos enfrentados con el progresismo, una gran pérdida de credibilidad en las clases políticas y en la política como tal, además del engrandecimiento de los populismos demagogos y del fortalecimiento de una narrativa centrada en el discurso del miedo, la intolerancia y el temor hacia lo diferente, lo externo, y en donde parece no haber ningún sentido de  solidaridad ni de valores y principios éticos.

1

Nos hemos preguntado entonces ¿qué es lo que está pasando? ¿Por qué? ¿Cómo podemos caracterizar este fenómeno? ¿Qué ha ocurrido? En este texto quisiéramos plantear algunas ideas acerca de  esto, señalando algunos casos recientes en donde se ha podido ver con claridad la existencia de esta crisis política y social y  con el objetivo de poner sobre la mesa algunas ideas  sobre las que consideramos pertinente reflexionar.

El modelo neoliberal del sistema capitalista en el que vivimos ha contribuido al crecimiento de la desigualdad, a la fragmentación del tejido social y al aumento de la división entre las élites y el resto, al enriquecimiento de pocos y el empobrecimiento de muchos. El neoliberalismo divide, polariza, y es el gran causante de la forma injusta en la que se distribuye la riqueza en el mundo. Piketty menciona que el capitalismo“automatically generates arbitrary and unsustainable inequalities that radically undermine the meritocratic values on which democratic societies are based” (2014:1). Es una tendencia que no es nada nueva, sin embargo se hace más visible y se engrandece dentro del escenario de las enormes crisis que se viven en el mundo de nuestros días.

En este contexto, observamos en nuestras sociedades una gran falta de sensibilidad y solidaridad que en cierto sentido se manifiesta en el sentimiento de temor frente a la supuesta amenaza que representa el otro.  Esto contribuye a crear las perfectas condiciones para la siembra y el crecimiento de los populismos – particularmente los de extrema derecha-, los cuales se aprovechan del descontento, el miedo y la ignorancia para fortalecerse y consolidar sus objetivos. Casos recientes nos han mostrado cómo el discurso del miedo y de intolerancia a la inmigración y a las minorías es lo que parece que ayuda a ganar elecciones. Asimismo, desafortunadamente no existe en este momento en ninguna parte del mundo al parecer, una alternativa de izquierda que sea capaz de promover un discurso crítico y propositivo.

El Brexit, la presidencia de Donald Trump y la victoria del No en el referendo por la ratificación de los acuerdos de paz en Colombia tuvieron en común el uso de la narrativa del miedo hacia lo externo, hacia el otro.  En el caso de Estados Unidos, el temor por parte de la clase trabajadora- sobre todo en las zonas rurales-, de ver al American Dream desvanecerse y sus empleos amenazados a causa del aumento de la participación laboral de los inmigrantes y grupos minoritarios que no les están permitiendo acceder a “lo que les corresponde”. En el Reino Unido, el discurso del miedo se centró en la idea de que la migración masiva que podría poner en jaque al ya crítico NHS (National Health Service).  En Colombia la campaña del No fomentó el temor al impacto económico que el postconflicto tendría sobre las clases medias: se afirmó que el gobierno reduciría pensiones, inversión social y subsidios para cubrir los costos del post conflicto y la reinserción. 

En suma, en los tres casos hubo una campaña dirigida a lo visceral, al instinto, a una narrativa de “ellos y nosotros”; los “buenos y los malos”; los que merecen el acceso a ciertos privilegios, bienestar y quienes no lo merecen.  Sin embargo no hay que olvidar que los tres sucesos han sido producto de  procesos democráticos. Posiblemente en los tres casos hubo una satanización de esa opción de voto no convencional; numerosos expertos  se pronunciaron en contra de Trump, en contra del Brexit, a favor del Sí en el referendo, y de alguna manera se satanizó la otra opción. Cabe plantear también la pregunta de hasta qué punto los movimientos liberales, progresistas, los partidos de izquierda, están siendo capaces de trasmitir su mensaje; o bien, preguntarse si están sufriendo de una cierta arrogancia que los aleja cada vez más de los votantes a los que dicen representar.  Al parecer la izquierda está en una profunda crisis y necesita reformarse, entrar en un proceso de reformulación en dónde sea capaz de aparecer como una verdadera alternativa, crítica y coherente en su discurso.

Los acontecimientos de los últimos años muestran el crecimiento de la distancia entre los llamados “ganadores” y “perdedores” de la globalización. Dichas disparidades se manifiestan también a través de ausencia de diálogo entre distintos sectores sociales, la falta de “contacto real” por ejemplo, en el caso del Reino Unido entre el Labour Party y la clase trabajadora y de la misma forma en Estados Unidos, entre los demócratas y los trabajadores. Esto se suma a la crisis económica y financiera de los años recientes y da como resultado un desencantamiento con la narrativa neoliberal y su promesa del “trickle-down effect”. La pérdida de empleos en los sectores industriales, el estancamiento de los salarios y  el escándalo de los Panama Papers contradicen dicha narrativa, mostrando una situación en que la riqueza no se redistribuye sino que se esconde en paraísos fiscales. Esta paradoja, contribuye asimismo a generar antagonismos nacionalistas que desembocan en la búsqueda de chivos expiatorios: en América Latina los “malos” son las multinacionales extranjeras, en Estados Unidos los inmigrantes y la élite; en Reino Unido eran los inmigrantes, la Unión Europea, pero también la élite política.

Desde la perspectiva de la sociología de la posmodernidad, la globalización aparece como un fenómeno dialéctico  que reparte sus beneficios de manera asimétrica, generando nuevas divisiones a nivel mundial que así mismo dividen poblaciones dentro de un mismo país; los cosmopolitas y los locales (Robertson 1995) o entre turistas y vagabundos (Bauman 1999). Se entiende entonces que a más globalismo siguen oleadas más fuertes de nativismo, de tradicionalismo. En Estados Unidos y el Reino Unido se puede hablar de un voto de los que se sienten perdedores de la globalización económica: los que perdieron sus empleos porque las plantas de producción automotriz se trasladaron a otros países o han visto más competencia en el mercado laboral.

En el caso colombiano, el proceso de paz ha sido la bandera de un gobierno empeñado en la consolidación de un proyecto modernizador en el país, promotor del libre comercio, de la secularización en las escuelas, del matrimonio entre parejas del mismo sexo y de la adopción de niños por parte de las mismas. En esa medida, el proceso de paz fue leído como parte del mismo paquete, y hubo campañas de grupos religiosos asegurando que los acuerdos de paz de La Habana amenazarían la religión y el concepto de familia tradicional. Ha sido justamente durante el gobierno de Juan Manuel Santos que los grupos religiosos evangélicos han incrementado su visibilidad mediática y su participación política. La respuesta  a más secularización y modernismo ha sido una religiosidad nativista, un discurso religioso que se basa en la idea de representar los valores y la tradición de un país.  En Colombia las iglesias han tomado ese rol, asumiendo que hablan por “el país tradicional”, por “el verdadero país”. En Estados Unidos ha sido la campaña de Donald Trump  y sus seguidores los que han asumido la narrativa de que hay un verdadero país con unos dueños genuinos y un anhelo de retorno a ese tiempo primordial when America was great. 

En esta línea se ubica asimismo  parte  del discurso del  UKIP (United Kingdom Independence Party) y los promotores del Brexit que apuntaba hacia la necesidad “recuperar su país”, y de haber ganado la “independencia del mismo”. Dicho discurso, al igual que el de los gobiernos populistas de derecha y movimientos que actualmente proliferan alrededor del mundo, se acercan a la idea básica de la tragedia griega: hay un orden natural que ha sido quebrantado y que debe ser reestablecido a través de la violencia y el castigo. 

En este sentido, el éxito reciente de la derecha radical populista denota la presencia de problemas fundamentales en las sociedades contemporáneas globalizadas y urbanamente segregadas, los cuales están relacionados con la desigualdad, la exclusión social, las diferencias culturales, además de la transformación de la figura del Estado Nación y la existencia de una fuerte crisis de representación política.  En estos terrenos, los partidos de extrema derecha abogan por el nacionalismo, la defensa de la soberanía nacional y por la provisión de beneficios sociales sólo para ciertos grupos sociales, además de proyectar un discurso racista y xenófobo (Loch y Norocel 2015).   Esto ha podido observarse en muchos de los países de la Unión Europea con bastante claridad especialmente a raíz de la crisis financiera de 2008. Partidos como Alternativ für Deutschland en Alemania, el Front National en Francia, los True Finns en Finlandia, el Danish People Party en Dinamarca, el partido Law and Justice en Polonia, el Freedom Party en Austria, el Party of Freedom en los Países Bajos o los Swedish Democrats  en Suecia– solo por mencionar algunos-, han ganado votantes y se han fortalecido en los últimos años.

Existe sin duda un vínculo indirecto entre los procesos de globalización y el fortalecimiento de los partidos de extrema derecha. Como hemos mencionado, la globalización económica ha generado una fuerte división socio-estructural en donde se pueden identificar los llamados winners y losers. Entre estos últimos generalmente se ubican los votantes de los partidos de extrema derecha: la clase trabajadora de áreas urbanas y suburbanas, gente que generalmente se encuentra en regiones económicamente marginalizadas (Kriesi, Grande et. al., 2008; Oesch 2008).  Esto a su vez,  ha contribuido a generar un creciente sentimiento de enojo, descontento y resentimiento entre estos votantes y que se materializa en formas de nacionalismo, el racismo y el autoritarismo.

Resulta entonces pertinente reflexionar sobre todo esto que hemos planteado y las tendencias que observamos, y verlas no cómo hechos aislados en contextos diversos, sino como acontecimientos que al parecer responden a una misma lógica.

María del Carmen Sandoval Velasco es maestra en estudios de la Unión Europea por la Universidad Libre de Bruselas. Realiza su doctorado en Ciencia Política y estudios europeos en la Universidad de Siegen, Alemania.

Lía Durán Mogollón es investigadora del departamento de ciencias sociales de la Universidad de Siegen y realiza su doctorado en Sociología en la misma institución.


Referencias

Bauman, Zigmunt (1999), La globalización. Consecuencias humanas. México: Fondo de Cultura Económica.

Kriesi, H.-P., Grande, E. et al. (2008), West European Politics in the Age of Globalization. Cambridge: Cambridge University Press. 

Loch, Dietmar y Norocel, Ov Christian (2014) “The populist radical right in Europe. A xenophobic voice in the global economic crisis”,  en  H. J. Trenz, Ruzza, Carlo et al. (Eds), Europe’s prolonged crisis. The Making or the Unmaking of a Political Union, Reino Unido: Palgrave Macmillan UK, 251-269.

Oesch, Daniel (2008), “Explaining workers support for right-wing populist parties in western Europe_ Evidence from Austria, Belgium, France, Norway and Switzerland, International Political Science Review, Vol. 29, No.3, 349-373.

Piketty, Thomas (2014), Capital in the Twenty-First Century, Cambridge, Massachusetts: The Belknap Press of Harvard University Press.

Robertson, Roland (1995) “Glocalization: Time-Space and Homogeneity-Heterogeneity“, en Featherstone, M., Lash S., y Robertson , R. (eds.) Global Modernities, Londres: Sage.

Te recomendamos: