Desde que en mayo de 2015 autoridades de EEUU y Suiza destaparon una inmensa cloaca de corrupción en sus entrañas, la FIFA es un animal atolondrado. La investigación judicial descabezó una cúpula con décadas en el poder y evidenció una gobernanza interna anclada en un modelo mafioso. Aunque severo, el golpe no fue mortal. La dirigencia que tomó el relevo prometió una reestructuración profunda, acorde a las exigencias de una institución de sus dimensiones: el organismo es la locomotora de una industria que genera miles de millones de dólares y puede vanagloriarse de tener más países afiliados que la propia ONU.

nacimiento_de_una_nacion

El indispensable lavado de cara, sin embargo, no ha sido del todo afortunado. Alejada del pantano en el que se crió, la FIFA es un hipopótamo que camina a ciegas. La desaparición en septiembre pasado de su Fuerza Especial contra la Discriminación y el Racismo fue un tropiezo estrepitoso. Creada apenas en 2013, funcionaba como un think tank conformado por especialistas de todo el mundo, con una misión: diseñar estrategias para combatir y erradicar las prácticas discriminatorias en los estadios. 

La supresión del comité es una reacción que denota cierto primitivismo político del nuevo liderazgo al frente de la FIFA: intentar legitimarse borrando todo rastro de sus predecesores. La Fuerza Especial fue una iniciativa impulsada durante la presidencia del suizo Joseph Blatter y estuvo inicialmente bajo la tutela directa del entonces vicepresidente Jeffrey Webb, representante además de Islas Caimán. Se trata de dos personajes centrales en la trama de corrupción desnudada en 2015: el primero fue obligado a dimitir y después fue suspendido de todo cargo en el organismo internacional, mientras que el segundo, tras ser arrestado en Zúrich y extraditado a EEUU, está a la espera de una condena que podría alcanzar los 20 años en prisión. 

La justificación formal de la disolución raya en el absurdo. Para la dirigencia que encabezan el italiano Gianni Infantino, como presidente, y la senegalesa Fatma Samoura, como secretaria general, la Fuerza Especial “ya había cumplido su tarea”. De acuerdo a los federativos, durante su breve existencia el organismo – denominado en inglés task Force- emitió una serie de recomendaciones que se convirtieron en medidas concretas, por lo que su existencia era innecesaria. El argumento fue rechazado por los propios miembros del depuesto comité y generó una ola de indignación entre los medios especializados. La coincidencia en la crítica fue abrumadora: lo endeble de la justificación pinta de cuerpo entero a una FIFA que no logra asimilar el monstruo que tiene frente a sí. 

Tres días después de que se anunciara la extinción de la Task Force, un partido de la multimillonaria y mediática Champions League de Europa lo evidenció. El Rostov de Rusia recibió al PSV Eindhoven de Holanda, que alineó a tres jugadores de color. A los 20 minutos de juego, desde las tribunas una mano anónima lanzó una banana. El acto fue captado por las cámaras de televisión y dio la vuelta al mundo. La asociación con otro episodio lamentable fue instantánea: en abril de 2014 el jugador brasileño del Barcelona Dani Alves decidió comerse un plátano que le aventaron de las gradas del Villareal. Bajo la etiqueta #TodosSomosSimios, desde las redes sociales se orquestó una campaña global alabando la reacción de Alves y demandando acciones para erradicar el cáncer del racismo.

El incidente de Rostov, una de las sedes del Mundial Rusia 2018, adquiere tintes dramáticos por su recurrencia y por la ineficacia de medias para enfrentarlo. Semanas antes, en un cotejo clasificatorio precisamente de la Champions en esa misma cancha -esta vez frente al Ajax holandés-, la oncena visitante fue víctima de insultos discriminatorios por parte de un grupo numeroso de aficionados. El castigo para el equipo ruso fue una multa y el cierre de algunas secciones de la tribuna para el siguiente juego internacional. Evidentemente, la sanción no tuvo repercusión alguna en el comportamiento de la fanaticada.

A principios de octubre, la propia FIFA confirmó que lo de Rostov no es una problemática aislada. En los dos últimos años el organismo ha sancionado a once federaciones nacionales por actitudes discriminatorias: Honduras, El Salvador, México, Canadá, Chile, Brasil, Argentina, Paraguay, Perú, Italia y Albania. En todos los casos se trató de incidentes registrados durante juegos de la eliminatoria para la siguiente Copa del Mundo

Si bien el que estas situaciones se presenten en partidos entre selecciones aumenta la visibilidad, la problemática se reproduce y multiplica a nivel doméstico. Tan solo en la Primera División de México se han registrado desde 2014 media docena de episodios racistas que involucran a aficionados, directivos y futbolistas; el último de ellos apenas el pasado octubre en el estadio de Chivas. Si la contabilidad se extendiera hacia divisiones inferiores y hacia el futbol amateur la lista sería inabarcable.  

El racismo es apenas uno de los rostros del monstruo discriminatorio. La xenofobia, el machismo y la homofobia son fantasmas que también rondan las canchas. Si bien, quienes provocan estos incidentes son grupos minoritarios frente al universo de millones de aficionados, la coincidencia con un entorno internacional sumamente polarizado como el actual, debería prender todas las luces de alarma. La fuerza que toman movimientos que reivindican abiertamente un nacionalismo étnico, como el que llevó a la presidencia de EEUU a Donald Trump, es la manifestación más clara de la tormenta que se avecina y en la que, inevitablemente, se involucra el mundo del futbol, el deporte global por excelencia: la final de Brasil 2014 fue seguida por tres mil millones de personas. El balompié es un espacio de sociabilidad en el que se reproducen las tensiones externas y no son pocos los grupos radicales que han encontrado en las tribunas un fértil campo de reclutamiento. La esvástica dibujada sobre el campo del Italia-Croacia de 2015 es apenas un guiño de un fenómeno multidimensional. 

 Frente a ello, la pasividad de la FIFA es preocupante. Su supuesta estrategia antidiscriminación es una simulación. El castigo más severo para un campo, por ejemplo, es el veto para el siguiente juego, un mecanismo irrisorio, si se tiene en cuenta que la televisación no sufre afectación alguna. Como diría Eduardo Galeano “no hay nada menos vacío que un estadio vacío”.  Más allá de la acción de agencias gubernamentales en cada país y de algunas campañas de publicidad, no existe un programa integral que combata a la discriminación, no solo entorno a los céspedes de primera división, sino también en las canchas de lodo, que también nutren las arcas del organismo internacional

La misión de la Fuerza Especial perseguía esa meta: diseñar un plan global de acción, con objetivos a corto, mediano y largo plazo. Se interpuso la miopía de la FIFA. No deja de ser sintomático que la cabeza de un deporte que genera anualmente casi 700 mil millones de dólares, destinará un monto de apenas 250 dólares como pago por sesión de trabajo para cada uno de los miembros del extinto comité. Hoy se los ahorrará. La mezquindad también es una enfermedad que carcome al futbol. 

Veremundo Carrillo Reveles es estudiante del doctorado en historia del El Colegio de México y miembro de la Red Integra. 

Te recomendamos: