Arabia Saudita nos parece ajena a la cotidianidad mexicana. A pesar de la lejanía geográfica, el reino se relaciona intrínsecamente con uno de nuestros principales productos de exportación: el petróleo. Al ser líder de facto de la Organización de Países Exportadores de Petróleo –el cartel más poderoso en la materia–, Arabia Saudita es determinante sobre la estabilidad de los precios del crudo a nivel mundial. Conocer la situación y desafíos actuales de este país y sus probables implicaciones es indispensable para anticipar escenarios frente alguna crisis petrolera.

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De corta vida, el reino de Arabia Saudita se ha mantenido como un régimen estable y próspero en Medio Oriente. Sin embargo, las recientes dinámicas regionales e internacionales han transformado la tranquilidad saudí. El desplome de los precios del petróleo y las insurgencias en Medio Oriente son elementos desequilibrantes en su economía, política y seguridad doméstica. Los tres principales desafíos que enfrenta la casa  saudí en la actualidad son: el declive en los precios del crudo; la crisis en seguridad interna, y la influencia de los clérigos en la política saudí junto a la repentina aparición del príncipe Mohammad bin Salman en la escena pública.  

Una crisis económica anticipada 

El establecimiento y desarrollo del Estado saudí desde 1932 se ha visto siempre acompañado de los ingresos petroleros. El tamaño de las reservas dentro del territorio de la península arábiga junto con una producción creciente de petróleo, no sólo permitieron la paulatina consolidación del actual entramado institucional de Arabia Saudita, sino también la creciente influencia regional de este país en Medio Oriente. Aunque Arabia Saudita cuenta con el segundo volumen más grande de reservas a nivel mundial, el colapso en los precios del petróleo durante 2015 impactó considerablemente las arcas de este país. 

Arabia Saudita incurrió en un déficit presupuestal no visto desde 2007, mismo que alcanzó $367 mil millones de dólares (alrededor del 15% de su PIB). Tengamos presente que el 45% del PIB proviene del sector energético y 90% de los rentas de las exportaciones se derivan de este commodity. Se estima que de permanecer con el actual panorama económico, la balanza entre gastos gubernamentales y déficit presupuestario, hará que las reservas internacionales saudíes se agoten en un período de cinco años. De igual modo, la reinserción de Irán –principal competidor regional de Arabia Saudita– en la oferta internacional de crudo pone en mayores dificultades los potenciales ingresos saudíes, debido a que la sobre-producción mundial pudiera empujar los precios por debajo de los establecidos por los mercados internacionales. 

El mayor desafío en materia económica para el reino saudí recae, empero, en revertir la tasa de desempleo prevalente, particularmente entre su población más joven. Actualmente hay una tasa  de desempleo del 31% para la población saudí entre los 15 y 24 años. Además, se estima que dos tercios de los trabajadores saudíes se emplean en agencias gubernamentales, lo cual refleja la limitada inserción saudí en el sector privado. En 2015, se estableció la Comisión para la Generación de Trabajo y Anti-Desempleo, la cual busca cubrir una oferta de dos millones de empleos para 2020. A menos que el crudo retome los precios previos, lo anterior se anticipa como una meta difícil de cumplir para la administración saudí. 

El actual proyecto económico ha generado controversia en tres aspectos principales: 1) redujo el gasto gubernamental en áreas específicas (subsidios en electricidad, agua y gasolina se verán disminuidos al incrementarse los precios domésticos, particularmente de la gasolina por encima del 66%); 2) escasos recursos destinados a educación y empleo; y, 3) el aumento del 19% de gasto en defensa y de seguridad.

Arabia Saudita gasta anualmente 61 mil millones de dólares en subsidios de petróleo y gas, mientras que 10 mil millones de dólares son empleados con el fin de subsidiar agua y electricidad. Por lo tanto, reducir los gastos gubernamentales en estos beneficios es uno de los objetivos primarios para la economía saudí. Aún contando las dificultades en su déficit, el incremento en el presupuesto en el sector militar, expresa las prioridades saudíes respecto a su situación en la región, al tratar de garantizar su seguridad y prevalencia en el juego geopolítico que se desenvuelve, y más aún con el fortalecimiento e influencia iraní en distintos conflictos de Medio Oriente. 

El actuar saudí en Medio Oriente como reflejo de una preocupación doméstica 

Por otra parte, en enero de 2016, fue condenado a muerte junto con 47 personas, el líder religioso chiita, Sheik Nimr Al-Nimr, quien se mantenía como un estandarte a favor de los derechos de esa minoría. En la actualidad, se calcula que entre el 10% y 15% de la población saudí es adherente de la rama chiita del islam. Este evento fue una muestra de las tensiones hacia dentro de Arabia Saudita respecto a su diversidad religiosa. 

El reino es gobernado actualmente por los descendientes de Abdulaziz ibn Saud, fundador de la casa Saud y primer monarca de este país. A pesar de que la familia Saud tiene sus orígenes en la región central de Arabia, Abdulaziz ibn Saud logró unificar gran parte de la península y consolidar el Estado saudí en 1932. Dicha hazaña se debió en gran parte a una alianza política-religiosa orquestada a finales del siglo XVIII, la cual fue dual en sus objetivos: estableció la doctrina wahhabista como práctica oficial del islam, y proporcionó legitimidad a los gobernantes Saud.1 La consecuencia primordial para aquellos no ligados al islam suní, y por ende, no practicantes del wahabbismo, significó perpetuar su coexistencia frente a una administración sunita. 

En este sentido, el reciente proceder de Arabia Saudita frente a las dinámicas de Medio Oriente puede entenderse desde una variable de seguridad doméstica. Es decir, el reto doméstico que implican las distintas demandas, probables sublevaciones y apoyos internacionales hacia la comunidad chiita saudí, significan amenazas tangibles para el establishment saudí. Llevándolo a un contexto internacional, la pugna geopolítica entre Irán y Arabia Saudita (junto con algunos de sus aliados del Golfo Pérsico), tiene causa y efecto en cualquier movimiento chiita que perturbará al Estado saudí. Las denominadas “proxy wars” entre Irán y Arabia Saudita en algunos países de la región (Siria, Irak, Yemen y Líbano), hacen evidentes los mismos temores saudís de que a través de un agente tercero, Irán podría alzarse como una amenaza a la seguridad nacional de Arabia Saudita. 

Sin embargo, el proceder iraní y saudí en la región ha desatado y acelerado conflictos  sectarios, los cuales no han tenido descanso desde 2011 y se han convertido en un desgaste político y económico. A partir de ese año, este país ha aumentando su partida de seguridad 19% cada año, que junto con la caída de los precios del petróleo, ya ha tenido sus repercusiones para las finanzas saudíes. La pugna geopolítica con Irán junto con los retos domésticas implican en la actualidad un cuarto del presupuesto gubernamental saudí. Como se ha mencionado anteriormente, la estrategia presupuestaria para este año fue reducir el gasto gubernamental pero no a expensas del sector de defensa. 

Los mayores flujos hacia Irán tras la revocación de las sanciones económicas, paulatinamente serán destinados a financiar grupos y organizaciones afines a los intereses persas. Dicho panorama, junto con insignificantes cambios en los conflictos de la región, predice un aumento en el gasto militar de Arabia Saudita en los próximos años. Se estima que para 2020, este país estará gastando $62 mil millones de dólares (alrededor del 27% del presupuesto) en los ámbitos de seguridad y defensa, lo cual convertirá a Arabia Saudita en el quinto país con mayores gastos militares a nivel mundial.

El continuo creciente gasto militar en el reino saudí, no sólo trajo a la superficie la vulnerabilidad de este país en temas geopolíticos y de seguridad nacional, sino que también resaltaron la inequidad política y el déficit democrático vigente en Arabia Saudita. Cambios en la toma de decisiones, en el quehacer político, y respeto a los derechos humanos son una constante demanda para la escena doméstica política saudí.

Los retos políticos en Arabia Saudita

La política de Arabia Saudita es altamente influenciada por el sector religioso que se rige por la doctrina Tawhid,2 la cual se basa en las doctrinas wahhabistas y éstas a su vez han dado forma al esquema político saudí. Los clérigos wahhabistas son los principales antagonistas de reformas que busquen otorgar derechos a grupos o sectores que transigieran sus principios religiosos, tales como los chiitas y las mujeres. 

Aunque se han implementado pequeñas reformas democráticas y de libertades individuales, Arabia Saudita sigue siendo objeto de críticas y de mayores demandas para garantizar libertades políticas, individuales, de religión y asociación por parte de la comunidad internacional. El organismo internacional Freedom House reportó para 2016 un puntaje general de 10 puntos (máximo 100) para este país, catalogándolo como un régimen “no libre.” Varias razones explican lo anterior: los partidos políticos están prohibidos y la oposición política es inexistente; los medios de comunicación son altamente controlados, vigilados y administrados por el gobierno; el país posee un récord preocupante en temas de derechos humanos; formas de asociación y religión distintas al islam, y activismo son prohibidos por el régimen; las mujeres no son tratadas a la par de los hombres y enfrentan restricciones, y la rama judicial no es independiente del ejecutivo, y en general no se respeta el debido proceso para los enjuiciados. 

Miras hacia mejores políticas e igualdad de derechos han sido escasas, pero el empuje democrático y de valores occidentales ha tenido ya algunos frutos en Arabia Saudita. Por ejemplo, en diciembre de 2015 las mujeres pudieron ser electas como representes de los consejos municipales por primera vez. A pesar de las disparidades en representación en comparación con los hombres, esta votación fue considerada un paso positivo que permitirá en términos ideales, garantizar la desalienación de la mujer y la equidad entre hombres y mujeres. 

Otro reto político es la repentina transformación en la toma de decisiones de la casa Saud en torno a la figura del príncipe Mohammad bin Salman, hijo del actual rey Salman bin Abdulaziz. El repentino ascenso y poder del joven príncipe de 31 años de edad, inició en 2015 cuando fue nombrado ministro de defensa, presidente del Consejo para Asuntos Económicos y Desarrollo, así como relativo control sobre el Consejo de Administración de Saudi Aramco, la empresa más valiosa del mundo. A lo largo de estos dos años, la presencia de Mohammed bin Salman en la dinastía y política saudí se ha enfocado en tres principales sucesos: su decisión como ministro de defensa de iniciar la intervención saudí en Yemen tras la toma de los rebeldes houthis de la capital de ese país; el proyecto de despetrolizar a la economía saudí, Vision 2030;3y, desafiar a la estructura reinante al establecerse como una figura de poder “equivalente” al príncipe heredero Mohammad bin Nayef. Respecto a este último punto, la serie de iniciativas y políticas implementadas desde su llegada han generado al mismo tiempo controversia y admiración dentro del reino saudí. Si Mohammad bin Salman llegase a cimentar su reputación podría darse una vuelta a la estructura de poder, si éste lograse convertirse en rey en lugar de su primo, el príncipe heredero Mohammad bin Nayef.

Muchos temas quedan pendientes para los gobernantes saudíes en cuestiones de derechos humanos y de libertades, situación que se presenta como una antítesis del propio concepto de Estado saudí. La comunidad chiita no ha sido puntualizada, y ha de decirse, ha sido ignorada y pormenorizada por los líderes políticos de este país. Reconciliar y equilibrar las demandas de la sociedad, las cuales son impulsadas por las dinámicas regionales y los efectos de la globalización, es una tarea difícil que enfrentan con el sector más conservador de la política y la sociedad, al cual la casa Saud debe su legitimidad y consolidación. Asimismo, los efectos de las políticas recientemente implementadas en aras de disminuir la adicción por el petróleo y todos los beneficios que mantuvo, están aún por verse. El rápido ascenso del príncipe Mohammad bin Salman a través de sus varios nombramientos e impulso de estrategias políticas, económicas y sociales podrían resultar en un rotundo éxito o en un desequilibrio hacia dentro de la dinastía Saud.  

Asegurar un régimen fuerte apoyado por casi interminables recursos ya no es un panorama vigente para Arabia Saudita. Los cambios internacionales empujan a una reconsideración de los propios fundamentos del Estado Saudí, e indudablemente complican mantener limitados derechos políticos y libertades individuales a expensas de un Estado de bienestar, cuya toma de decisiones se basa en una alianza monárquica-teocrática. 

Los pronósticos económicos no favorecen al reino saudí mientras los precios del crudo se mantengan en niveles bajos, lo cual ya ha sido analizado y empieza a considerarse seriamente por los gobernantes de ese país. La actual estrategia de seguridad depende indirectamente de la bonanza económica y del desempeño económico de la administración Saud, el cual ya ha priorizado la seguridad sobre los beneficios estatales. Sin embargo, influir en los conflictos de Medio Oriente para contener fuerzas domésticas, está drenando las finanzas saudíes. Liberar la presión que ejercen ciertos grupos en la escena doméstica saudí sería una solución más integral que no acabaría con las reservas ni el discurso político ya agotado de este país. No obstante, para lograr esto un cambio trascendental en la estructura de poder saudí tendría que tomar efecto. Mohammad bin Salman se postula como esa fuerza transformadora e incluso retadora para el establishment monárquico. El éxito o desacierto del impulso moderno por parte del príncipe repercutirá en cómo se consolidará y se verá a sí misma Arabia Saudita en los próximos años. 

Marlene Gómez Sandoval es consultora en temas de seguridad e inteligencia en FTI Consulting.


1 En 1774, el entonces gobernante de Diriyah, Muhammad ibn Saud, pactó una alianza con el líder sunita, Muhammad ibn Ab al-Wahhab, fundador de la doctrina wahhabista. Ésta llama a una interpretación más estricta del islam, que conlleva a adherirse a prácticas más austeras del islam original de mediados del siglo VII. Las conquistas y extensión de los gobernantes saudíes en la península conllevaban la imposición del wahabismo como doctrina oficial (Choksy, 2015).

2 Tawhid o monoteísmo, así definido por Muhammad ibn Abd-al Wahhab y que asegura un estatus único político para los clérigos en Arabia Saudita… Tawhid no es sólo una doctrina religiosa intolerante, sino también un principio político que legitima la represión del Estado saudí”.  (Doran, 2004).

3 Vision 2030 fue anunciado en abril de este año y se consolida como la estrategia que ayudará a distanciar a Arabia Saudita de su dependencia del petróleo. Los principales ejes de esta iniciativa son: oferta pública inicial del 5% de las acciones de Saudi Aramco, creación del fondo soberano de inversión más grande del mundo (aproximadamente de USD $2 billones), incremento del ingreso no-petrolero y de la Inversión Extranjera Directa, y reducción del desempleo (Zainab Fattah, 2016).

Bibliografía

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