Al final de esta semana, Washington D.C. será el escenario de dos acontecimientos de suma importancia que el mundo entero seguirá con detenimiento. Uno más esperanzador que el otro.

El viernes 20 de enero, Donald Trump tomará posesión como el presidente número 45 de Estados Unidos. Los otros 44 también fueron hombres. Un día después, miles de personas planean salir a las calles de la capital estadunidense en una manifestación pacífica denominada “Marcha de las mujeres en Washington”


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En esta protesta multitudinaria se exigirá la protección de los derechos de las mujeres, así como los de otros grupos vulnerables, como inmigrantes, afro descendientes, miembros de la comunidad LGBT, que se han sentido directamente atacados por narrativas agresivas del próximo gobierno. 

Esta marcha es un movimiento organizado y dirigido por mujeres, que reúne también a hombres y a personas de diversas edades, razas, culturas, afiliaciones políticas y contextos. La idea fue concebida por Teresa Shook, una abogada retirada en Hawái, un día después de las elecciones presidenciales estadounidenses. 

La convocatoria empezó como un evento privado en redes sociales por parte de grupos inconformes con las acciones y palabras de quien triunfó en las elecciones. Creció hasta convertirse en la que podría ser una de las marchas más grandes de los últimos tiempos en Estados Unidos. 

Hay alrededor de 200 grupos apoyando el movimiento, entre ellos líderes que han luchado por la inclusión y el progreso social en Estados Unidos por generaciones. Tal es el caso de las sufragistas, los abolicionistas, el Movimiento de Derechos Civiles, el movimiento feminista, el Movimiento Indio-Americano, Occupy Wall Street, Matrimonio Igualitario, Black Lives Matter, entre otros.  

La plataforma de la marcha incluye reivindicaciones feministas de largo aliento -brecha salarial, derechos reproductivos, fin de la violencia contra las mujeres y permiso de maternidad y paternidad remunerado- y temas más amplios de la agenda feminista, como erradicar la violencia policiaca, igualdad racial, derechos de personas no heterosexuales, derechos laborales, derechos sindicales, protección de sexoservidoras, derechos de inmigrantes y refugiados, derechos de las personas con discapacidades, protección del medio ambiente, libertad de prensa, servicios médicos accesibles, prohibición de armas y un salario mínimo más justo. 

Las organizadoras definieron esta plataforma en un documento en el que se describen los principios y objetivos de la protesta. Enfatizan asimismo el feminismo “interseccional”, es decir, el que reconoce que ciertos grupos de mujeres –afrodescendientes, indígenas, de escasos recursos, inmigrantes, musulmanas, homosexuales, entre otras– deben enfrentar diferentes vulnerabilidades y discriminación. 

Han surgido iniciativas espontáneas en la planificación de la marcha, como la idea de usar gorros rosa con orejas de gato tejidos a mano llamados pussy hats que miles de asistentes usarían como distintivos del movimiento. Esta idea fue lanzada con el objetivo de jugar con el doble sentido de la palabra pussy en inglés y hacer un pronunciamiento en contra de los comentarios sexistas y misóginos de Donald Trump que salieron a la luz durante la campaña presidencial. 

Esa campaña hizo resurgir prejuicios y actitudes machistas contra los que se ha articulado la lucha por la igualdad de género durante más de un siglo, que parecía que estaban finalmente desapareciendo de la esfera pública. El triunfo de esta retórica dejó en evidencia el largo camino que todavía falta por recorrer en materia de equidad de género. 

Movimientos como éste son ahora muy necesarios para no perder los espacios y oportunidades ganados por y para las mujeres en este siglo de lucha feminista. 

Esta protesta pacífica se replicará en distintas partes de Estados Unidos simultáneamente, se calculan alrededor de 370 marchas “hermanas”. Asimismo, al menos 55 marchas en apoyo se han organizado en otros 30 países. Se trata de una reacción de las mujeres y minorías alrededor del mundo que están preocupados por la intensificación de la retórica misógina y xenófoba, que se volvió más evidente a partir del año pasado. 

Desde la perspectiva de género, la transición presidencial de Barack Obama, un presidente que se autodenominaba feminista, a Donald Trump es especialmente desilusionante. Obama habló innumerables veces sobre la importancia de la igualdad de género, ratificó la Ley de Pago Justo Lilly Ledbetter, creó un Grupo de Trabajo Nacional de Igualdad de Pago; apoyó al vicepresidente Joe Biden (también autodenominado feminista) en el lanzamiento del programa It’s On Us, dedicado a erradicar la violencia sexual en las universidades; aumentó el salario mínimo para los contratistas federales (casi dos tercios de los trabajadores del salario mínimo son mujeres en E.U.); fortaleció el programa de paternidad responsable (Planned Parenthood) y siempre defendió que las mujeres tienen el derecho de tomar las decisiones acerca de sus propios cuerpos y su salud, asegurándose de que el control de natalidad estuviera cubierto en los planes de seguro médico. 

Aún más, reiteró la importancia de que los hombres pueden -y deberían- ser feministas, siempre afirmando que él se cuenta entre ellos. En un país en el que las mujeres no han conseguido acercarse a la paridad en la representación en el gobierno, el simbolismo de que el presidente del país se declarara abiertamente feminista tuvo una gran significación.

El feminismo no vive ni muere por sus líderes: se va un presidente feminista pero permanecen millones de ciudadanos en Estados Unidos y en el mundo dispuestos a defender derechos que deben ser inalienables, y listos para la acción.

La marcha del 21 de enero –concebida, organizada y dirigida por mujeres– nos recuerda la centralidad que debe tener la protesta social, la relevancia de la participación ciudadana, la necesidad de ejercer nuestra libertad de expresión y defender nuestros derechos; pero sobre todo nos llama la atención sobre la importancia de la unión entre mujeres, hombres, minorías vulnerables y las buenas conciencias de entre las mayorías, para abogar por igualdad y justicia. 

Recientemente leí en las redes sociales algo que define el espíritu de esta marcha: “Nunca subestimen el rechazo que todavía existe por las mujeres. Pero, más importante aún, nunca subestimen a las mujeres”. 

Los tiempos duros pueden tener la paradójica ventaja de provocar reacciones más cohesionadas por causas que valen la pena. Tal vez los liderazgos nefandos que vienen generarán, aunque sea involuntariamente, respuestas sociales que nos traigan más justicia e igualdad.

Bárbara Magaña

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