Voy directo al tema porque así está la circunstancia: directita. Ante la casi inminente imposición de límites draconianos a las importaciones mexicanas a Estados Unidos (de entrada el anuncio de la pretensión del Presidente Trump de imponer un arancel del 20 por ciento a los productos de México para pagar el muro), la posibilidad de un acuerdo bilateral EEUU-Canadá con exclusión de nuestro país, la limitación de las inversiones de las multinacionales estadounidenses en México, entre otras situaciones, el gobierno mexicano debería pensar seriamente (como seguramente lo está haciendo) en abandonar el TLCAN. Para ello se requiere, en principio, considerar asuntos como estos:

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  1. Revisar las normas y reglas que, en ese caso, regularán las relaciones comerciales con ese país, es decir, las fijadas por la Organización Mundial del Comercio (lo que, de hecho, podría echar por tierra el anuncio de imponer un arancel del 20 por ciento a los productos mexicanos).
  2. Regirse por las reglas de la OMC implicaría un aumento del tres por ciento en los aranceles para bienes mexicanos importados a EEUU, lo que –según la opinión de los expertos– sería insuficiente para desincentivar el intercambio.
  3. El hecho de que Estados Unidos compre el 80 por ciento de nuestras exportaciones no es gratuito. Necesitan los bienes que México produce. Este es un elemento más a considerar para pensar en que, aún sin TLCAN, la parte más significativa del comercio se sostendría.
  4. Tener muy en claro que somos el segundo mercado mundial para bienes estadounidenses y que diariamente se intercambian 1.4 mil millones de dólares en la frontera México-EEUU.
  5. Fijar la atención en estados del sur estadounidense como Texas que exportan miles de millones de dólares a México.
  6. Poner toda la atención en una reorientación de los objetivos de nuestras relaciones comerciales teniendo como prioridad el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) del que el gobierno de Trump acaba de salir (lo que abre oportunidades de negociaciones más ventajosas con el mercado más grande del mundo que es el de China).

En lo relativo a la situación de nuestros connacionales en el vecino país del norte, está la propuesta de estudiosos como Jorge Castañeda, quien ha sugerido hacer un llamado a la sociedad para fijar un impuesto especial durante seis meses para proteger a esta población.

Además de los mil millones de pesos destinados a los consulados para fortalecer la red consular con la finalidad de proteger a los migrantes ante posibles deportaciones, la recaudación de este impuesto extraordinario (que tendría un consejo de administración supervisado por el Legislativo y un consejo de actores sociales), permitiría poner abogados, ventanillas, consulados móviles, entre otros instrumentos, para la defensa de los seis millones de mexicanos indocumentados en aquel país.

Contra lo que se pudiera pensar, entonces, la salida del TLCAN, el establecimiento de una relación bilateral normada de acuerdo por las disposiciones internacionalmente reconocidas de la OMC, junto con un replanteamiento completo de la relación con Estados Unidos (incluyendo los temas de seguridad, el riesgo del paso de terroristas, el combate hemisférico al tráfico de drogas, la vigilancia de la frontera sur de México, la agenda de la legalización gradual de la producción y comercialización de algunas drogas ahora prohibidas, entre otros), no representa ninguna debacle nacional.

Todo lo contrario, significaría una lección de dignidad y fortalecería el sentido de identidad nacional que los mexicanos necesitamos para emprender nuestras tareas históricas por venir. El mundo no se acaba. México tampoco: el mundo no nos es tan ancho ni tan ajeno.

Ronaldo González Valdés

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