Hace dos años la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la OCDE, presentó el documento Estudios económicos de la OCDE. México. Enero 2015. El mensaje medular corroboraba los decires del presidente Peña: que, efectivamente, las reformas estructurales aprobadas por el PRI, el PAN y el PRD eran el santo remedio a los males nacionales. A partir de un sencillo análisis filológico —esto es, en tanto manifestación idiomática— concluí yo en ese entonces: el texto es una depurada expresión del pensamiento mágico contemporáneo. La OCDE albriciaba entonces: “México ha emprendido un audaz paquete de reformas estructurales con el que pone fin a tres décadas de lento crecimiento, baja productividad, informalidad generalizada en el mercado laboral y una elevada desigualdad en los ingresos”. Con las cursivas quiero subrayar que el verbo se conjugaba en presente. Enseguida, los expertos de la OCDE presagiaban: “…y auguran [las propias reformas] buenos resultados para 2015 y años posteriores”. También aquí el verbo es clave: augurar. Un augur en la Antigua Roma era el sacerdote dedicado oficialmente a la adivinación, un don otorgado por los dioses —no por nada “adivinar” se encuentra en el mismo campo etimológico que “divinidad”—.

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No cualquiera ingresa a las instituciones autorizadas para predecir el futuro: en la época de la monarquía etrusca los encargados de conocer los auspicios eran los arúspices; en Roma, el colegio de los augures; hoy, instancias “acreditadas”, como la OCDE. En la página cuatro del documento de 2015 aparece una gráfica que muestra el comportamiento del PIB per cápita de México a lo largo de 60 años, de 1980 a 2040. Desde el inicio del período hasta 2014, la línea presenta altibajos pronunciados, de los que resulta una pobre tendencia de crecimiento promedio de 0.6 por ciento. Luego, el augurio: a partir del último tramo de 2014, una pendiente en un ángulo de unos 30 grados, ya sin quiebres, hacia el progreso… ¿Cómo podía la OCDE prever tanta felicidad? Procesando toneladas de información: datos y más datos duros, números, indicadores, estadísticas, proyecciones… Y fue aquí en donde, hace dos años, proponía yo el neologismo: datamancia, la técnica de adivinación a partir de datos, sobre todo de números y de estadísticas.

Hoy día el futuro es un tema omnipresente. Todo el mundo se desvive por saber qué demonios va a pasar mañana. Nuestra sociedad está obsesionada por el porvenir. ¿Por qué? Porque vivimos tiempos de incertidumbre. Dada la aceleración del cambio, el presente se licúa cada vez más rápido. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) acuñó el concepto “modernidad líquida” para referirse a nuestra época, caracterizada por una pérdida constante de solidez, dada la vorágine del cambio. Una de las consecuencias de esta situación es que el síndrome del Titanic —un concepto también de Bauman—ha cundido. Este síndrome produce el pánico asociado a lo que nos deparará el futuro: ¿no será que estamos navegando a todo vapor directo hacia un enorme iceberg?

En la Antigüedad, asirios, egipcios, babilonios creían que las estrellas controlaban todo y que quienes sabían interpretar el firmamento podían predecir el porvenir. “¿Qué guerra emprendió Grecia sin consultar antes a los dioses en el oráculo?”, retórico, pregunta Marco Tulio Cicerón (106 a.C. – 43 a.C.) en su ensayo De divinatione. Los romanos, comenzando por el mismísimo Rómulo, escudriñaban el futuro por medio de diferentes técnicas de ornitomancia. Después —recuerda Yuval Noah Harari (1976) en su más reciente libro, Homo deus—, “las religiones escriturales, como el judaísmo y el cristianismo, defendían otra versión: ‘Las estrellas mienten. Dios, que creó las estrellas, reveló toda la verdad en la Biblia. De modo que dejad de observad las estrellas y, en lugar de ello, ¡leed la Biblia!’” Luego, hace apenas unos quinientos años, la revolución científica y el humanismo descontinuaron a los dioses y promovieron otra explicación: Dios, los libros sagrados y todas sus interpretaciones son creaciones de los humanos. No hay más fuente de la verdad que el hombre, así que basta con escuchar nuestra voz interior. “El humanismo dio entonces instrucciones prácticas de cómo escucharse y recomendó prácticas tales como contemplar puestas de sol, leer a Goethe, escribir un diario, tener charlas de corazón con un amigo y celebrar elecciones democráticas”. Atiende a tu voz interior, sigue tus corazonadas, actúa conforme a tus sentimientos… eran consignas válidas hasta hace muy poco, dado que el arte y la ciencia humanistas han sacralizado los sentimientos del hombre. 

A partir de El origen de las especies (1859) de Darwin, la humanidad ha venido labrando una poderosa exégesis del dolor y el placer —“los dos amos soberanos” que la gobiernan, Jeremy Bentham dixit—, y en general de todos los sentimientos que experimentamos cotidianamente: en realidad se trata de complejos algoritmos perfeccionados a lo largo de millones de años de evolución, de tal suerte que nuestros sentimientos no son más que la tutela de todos nuestros antepasados codificada para que actuemos con las más altas probabilidades de sobrevivir y reproducir nuestros genes. Pero las cosas han cambiado drásticamente en tiempos muy recientes. Los sentimientos ya no son los mejores algoritmos. Harari lo explica en los siguientes términos: “Estamos desarrollando algoritmos superiores que utilizan una potencia de computación sin precedentes y bases de datos gigantescas. Los algoritmos de Google y Facebook no sólo saben exactamente cómo nos sentimos, sino también un millón de datos más sobre nosotros que ni siquiera sospechamos. En consecuencia, ahora debemos dejar de escuchar nuestros sentimientos y, en cambio, escuchar esos algoritmos externos”. ¿Quieres saber qué te depara el futuro? Olvídate de las estrellas y del vuelo de las aves. Olvida la palabra de Dios. Olvídate de tus sentimientos… Escucha los datos procesados digitalmente.

La postura anterior, a la que yo he llamado datamancia, es totalmente compatible —de hecho es una de sus secuelas— con el dataísmo, el paradigma científico más extendido en la actualidad. El dataísmo es la supercarretera en la que han confluido las dos calzadas de pensamiento más influyentes de los últimos 150 años: el evolucionismo darwiniano y la teoría de la información. De acuerdo al nuevo modelo, todo, absolutamente todo, se conforma por cadenas de datos estructurados en diferentes niveles de complejidad y conforme a determinados algoritmos. Cualquier fenómeno, cualquier proceso, cualquier entidad, todo puede expresarse matemáticamente y no hay nada en la realidad que no sea el resultado de un conjunto ordenado y finito de ecuaciones. De lo anterior se desprende un paradigma con un tremendo poder integrador; en palabras de Yuval Noah Harari, “según el dataísmo, la Quinta Sinfonía de Betethoven, la burbuja de la Bolsa de Valores y el virus de la gripe no son sino tres pautas de flujo de datos que pueden analizarse utilizando los mismos conceptos”. Según Steve Lohr (Data-ism: The Revolution Transforming Decision Making, Consumer Behavior, and Almost Everything Else, 2015), el dataísmo está transformando el proceso de toma de decisiones en prácticamente en todos los ámbitos del quehacer humano, desechando la sabiduría, la intuición y la experiencia humanas. El procesamiento de torrentes descomunales de datos permitirá cartografiar el futuro, una abstracción que cada vez más se quiere conocer con antelación, y ya no construir.

La idea de que la realidad es determinista y previsible no es nueva. La expresión más conocida del paradigma del determinismo científico fue enunciada por Pierre-Simon Laplace (1749-1827), y durante el siglo XIX varios pensadores defendieron su planteamiento, en el sentido de que si el hombre llegara a ser capaz de conocer “todas las fuerzas que animan la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen”, y si además tuviera la capacidad de “someter a análisis tales datos…, nada… resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos”. Desde esta perspectiva, conocer el futuro se reduce a una cuestión de hacerse de herramientas potentes para obtener datos y de fortalecer la capacidad para procesarlos. ¿Será? Hoy sabemos que no. 

La llamada relación de indeterminación de Heisenberg —es imposible conocer simultáneamente la posición y la velocidad del electrón, y por tanto es imposible determinar su trayectoria— señala que, desde sus escalas más pequeñas, la realidad es confusa e incierta. David Christian (Maps of Time, An Introduction to Big History, 2011) sintetiza: “La física cuántica pone de manifiesto que la imprevisibilidad forma parte de la naturaleza de la realidad… En los años 90 se demostró con rigurosas pruebas matemáticas que el comportamiento caótico es algo más que simple ignorancia o inexactitud: es la forma de ser de las cosas… Así, aunque la realidad sea determinada, no es previsible”. Hasta cierto punto, los cambios tienen siempre un final abierto. Con las mismas leyes de la selección natural o del cambio cultural pueden construirse muchos futuros posibles. 

Más aún, conviene recordar que conforme vamos subiendo en la escala de complejidad, la realidad se torna más y más imprevisible. Por ejemplo, a nivel molecular… Puedo prever que si usted, sea hombre o mujer, progresista o reaccionario, y ande del ánimo que ande, combina trióxido de fósforo con agua hirviendo, liberará hidrógeno fosforado, el cual es espontáneamente inflamable en aire… Es decir, provocará una reacción química exotérmica y violenta, o para decirlo en buen cristiano el menjurje le va a explorar en la cara.

Puedo pronosticar también que si usted toma ahora mismo todo el aire que pueda y luego alguien lo amordaza para que aguante sin respirar… digamos, tres días… Pues va a morir antes… (si tiene la duda: el récord mundial lo tiene registrado el danés Stig Severinsen, quien consiguió mantenerse bajo el agua, sin respirar durante 22 minutos en 2012, y vive para contarlo).

Y es factible ser más precisos si se disminuye el nivel de complejidad: vaticino que el próximo 21 de agosto, si el cielo está despejado, los habitantes de la Ciudad de México que miren hacia el cielo podrán observar cómo la luna eclipsará parcialmente al sol a partir de los dos minutos después del meridiano y hasta las 14:37 horas. Puedo anticipar que el día más corto de todo el año 2017 en el Hemisferio Norte, será el próximo 21 de diciembre, cuando el Polo Norte estará inclinado más lejos del Sol.

Cualquier estrella de mar es un ser mucho más complejo que la estrella en torno a la cual gira el planeta en el que vivimos. El Sol, una bola de plasma compuesta casi totalmente de hidrógeno (73.46%) y helio (24.85%), se formó hace unos 4,600 millones de años. Durante la mayor parte de su existencia, el comportamiento del Sol ha sido bastante estable y, por fortuna, seguirá así durante otros cinco mil millones de años más. La Tierra da una vuelta alrededor del Sol cada vez que ella misma realiza 365.26 giros sobre su propio eje. Conocemos su velocidad orbital, 107,200 kilómetros por hora, su posición respecto al Sol al día de hoy, y por tanto podemos saber en dónde estará exactamente el próximo 1° de enero de 2019, digamos, a las tres de la tarde, o dentro de diez años o incluso en un par de centurias. En cambio, no tenemos no tengo ni la más vaga idea de en qué posición se encontrará México en su relación con Estados Unidos el próximo semestre… ¿Obedece nuestra incapacidad de prever el futuro que nos atañe directamente a la carencia de datos suficientes, a cierta capacidad para procesarlos?

Me parece que ahí no está la explicación, y ejemplifico: un par de horas antes de que comenzara la reciente jornada electoral en Estados Unidos, todo el poder del Big Data norteamericano, la maquinaria de datamancia más sofisticada del mundo, hacía pronósticos equivocados: Paddy Power y Ladbrokes, casas de apuestas en línea con operación global, daban un 83% a favor de la candidata demócrata, y sólo un 17% para el candidato republicano.

Es simple: a mayor complejidad, mayor incertidumbre. El movimiento de una galaxia resulta inmensamente más previsible que el de un meteorito. La respuesta de un tejido frente a un determinado estímulo es mucho más predecible que el de órgano. Es más fácil pronosticar el comportamiento de un gato encerrado ocho horas en un departamento que el de una nube de langostas o el de una bandada de pajarracos hambrientos. No hay persona en el mundo más impredecible que el grupo social al que pertenezca.

Lo mismo ha ocurrido con nuestra especie: en la misma medida en la que nos hemos organizado en macro-organismos cada vez más complejos, nuestro futuro se vuelve más imprevisible. Si pudiéramos viajar seis mil años hacia atrás para preguntarle a una de las miles de personas que habitaron en Çatalhöyük, en Anatolia central, entonces el asentamiento humano más poblado del mundo, cómo creía que sería la vida de su comunidad 50 años después, en principio le costaría mucho comprender el concepto mismo de porvenir. En caso de que lograra asimilar lo que nosotros entendemos por futuro, seguramente nos diría que la vida de sus hijos y sus nietos y bisnietos sería igual a la de él y a la de sus padres y abuelos, es decir, un tranquilo transcurrir de los días en las rutinas de una sociedad comunista neolítica basada en la caza-recolección y en una horticultura primitiva. Y tendría razón. En cambio, si enseguida le pregunto a usted, estimado lector, querida lectora, cómo cree que será su vida en unos diez años, tengo por cierto que en la medida en la que tenga más información su abanico de opciones estará más abierto y en la misma medida estará más confundido. No es cierto que a mayor cantidad de datos se consiga mayor certeza.

Es un despropósito entender la estadística y ahora el dichoso Big Data como instrumentos para predecir el futuro. En realidad, atrás de la datamancia se oculta un fatalismo primitivo, desde el cual el individuo se pregunta qué va a pasar en lugar de qué debo hacer. Como la astrología, igual que las artes de los augures romanos o el de las gitanas que leen las cartas, la datamancia es una superstición… Claro, una superstición extraordinariamente bien dotada. Sin embargo, como las más antiguas, se fundamenta en el pensamiento mágico y en la misma ingenuidad: creer que el futuro existe. Termino pregonando con Perogrullo: el futuro no existe, si acaso existirá. 

Germán Castro Ibarra

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