A raíz de la declaración del Papa Francisco para el semanario alemán Die Zeit, sobre la posibilidad de explorar el estudio para ordenar hombres casados a través de la figura viri probati, ha resurgido el debate sobre la conveniencia del celibato como condición para acceder y mantenerse en el sacerdocio católico. En aras de mejorar la atención pastoral en comunidades rurales alejadas donde existe una relativa escasez de sacerdotes, se esperaría que la figura viri probati ayude a aumentar el número de ministros de culto. Esta figura parte de la base de contar con hombres probados en la fe, que siendo casados pudieran acceder, desde su estado laico, al sacerdocio católico sin tener que observar la condición actual del celibato.

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Se sabe que la ordenación de hombres casados era una práctica común en las primeras épocas del cristianismo, según lo relata tanto la escritura como la tradición. En el Nuevo Testamento, San Pablo establece tres criterios para acreditar la idoneidad de nuevos líderes religiosos, particularmente obispos y diáconos: ser un buen marido, ser buen padre y ser un hombre respetable (Timoteo 3: 1, 13). En otra carta, el propio San Pablo agrega que quienes sean designados obispos deberán ser hombres probos y haberse casado una sola vez (Ti 1: 5, 9).

En la tradición, San Clemente de Roma, quien fuera el cuarto papa, escribió en su Primera Epístola a los Corintios que “[los apóstoles] designaron a [quienes], una vez habiendo sido probados por el Espíritu fueran obispos y diáconos de los que creyeran” (42, 4), además agrega las ideas de respetabilidad y legitimidad al señalar que “estos hombres, pues, fueron nombrados por ellos, o después por otros de reputación, con el consentimiento de toda la Iglesia” (44, 2).

La condición del celibato proviene del Concilio de Letrán, celebrado en el siglo doce, cuando se vuelve obligatorio para acceder al sacerdocio católico, pero no se aplicó para las iglesias orientales (aquellas que no son de rito romano). De hecho, desde el Sínodo de Elvira, celebrado alrededor del año 300, ya se mencionaba al celibato como posible condición, aunque en ese entonces existían presbíteros que estaban casados y vivían con sus hijos.

La figura viri probati fue recuperada por el propio Concilio Vaticano II en el documento Lumen Gentium, el cual es la constitución dogmática de la Iglesia, aprobado en 1964: “Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio” (20, 2). Actualmente, como lo muestra la figura 1, las reglas vigentes establecen el celibato como condición obligatoria para los hombres laicos católicos.

Figura 1. Regla actual para acceder al sacerdocio católico:

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Exclusiones: laicos casados, laicas casadas, laicas solteras, laicas viudas, religiosas, ex religiosas casadas, ex religiosas divorciadas, ex religiosas viudas, ex sacerdotes casados, ex sacerdotes divorciados.

Como lo refleja la figura 1, la exclusión opera tanto para los hombres no célibes como para las mujeres (canon 1024 del Código de Derecho Canónico y números 1577 y 1579 del Catecismo de la Iglesia Católica). Sin embargo, bajo viri probati aquellos pastores de otras religiones que se han convertido al catolicismo han podido conservar su ministerio bajo una doble condición: contar con permiso de su esposa y no volverse a casar. En otras palabras, el principio viri probati ya se ha aplicado, pero únicamente entre algunos pastores conversos.

Sobre los posibles cambios que operarían bajo viri probati, la figura 2 muestra que esto sería en beneficio del hombre laico casado, pero no para el soltero ni para las mujeres. Esta interpretación deriva del propio Código de Derecho Canónico, el cual establece que “en las Iglesias orientales hombres casados pueden ser ordenados diáconos y presbíteros [pero] en Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden no puede contraer matrimonio” (canon 1580).

Figura 2. Posibles escenarios bajo viri probati para acceder al sacerdocio católico

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Exclusiones probables: laicas casadas, laicas solteras, laicas viudas, religiosas, ex religiosas casadas, ex religiosas divorciadas, ex religiosas viudas, ex sacerdotes casados,  ex sacerdotes divorciados.

En síntesis, remover la condición de celibato bajo la figura viri probati no implicaría que quienes sean sacerdotes hoy se puedan casar mañana y continúen con su ministerio. Tampoco implica ordenar mujeres ni ordenar hombres casados con más de un matrimonio u hombres divorciados. Lo único que significaría es ordenar hombres casados por única vez que hayan sido probados en la fe, esto es, considerando al menos los tres criterios esbozados por San Pablo: buen marido, buen padre y hombre respetable. 

Finalmente, el problema con readoptar estos criterios es que centran exclusivamente en hombres las capacidades de llevar un matrimonio a buen puerto, sacar adelante a los hijos y ejercer un adecuado liderazgo en la comunidad. Desde esta óptica, si lo prioritario es remover el celibato para hombres casados y probados en la fe, entonces ello pareciera jugar en contra del género, privilegiándonos como hombres y volviendo a excluir a las mujeres de las funciones directivas de la iglesia.

Alejandro Díaz Domínguez es profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey.

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