Una vez más, la República Popular Democrática de Corea, un país cuya extensión territorial es de poco más de 120 mil kilómetros cuadrados –similar a la superficie del estado de Durango- ha causado revuelo en la comunidad internacional tras el lanzamiento de cuatro misiles balísticos, tres de los cuales cayeron en la zona económica exclusiva de Japón el 6 de marzo.

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No es cosa nueva que el régimen de Kim Jong-un lance misiles balísticos. El año pasado lanzó uno desde un submarino, en septiembre disparó otros tres, al menos uno de los cuales entró en la zona de defensa aérea de Japón; un mes más tarde lanzó otro, el cual explotó inmediatamente después del lanzamiento y el 12 de febrero de 2017 lanzó un Pukguksong-2 de rango intermedio, además de haber realizados algunas pruebas nucleares –por ejemplo, las de enero y septiembre de 2016.
Sin embargo, el lanzamiento del 6 de marzo causó sorpresa debido a la cantidad de misiles lanzados simultáneamente y a la disminución del tiempo entre este lanzamiento y anterior (febrero), un tercio del tiempo que Corea del Norte solía requerir para disparar un misil, según Carl Schuster, profesor de la Universidad Hawaii Pacific y ex director del Centro de Inteligencia Conjunta del Comando del Pacífico de Estados Unidos. 

Junto con el rápido desarrollo del programa armamentístico, hay que considerar las amenazas previas del gobierno norcoreano. En septiembre de 2016, Corea del Norte anunció que había detonado con éxito una cabeza nuclear capaz de ser montada sobre misiles balísticos, afirmación que ciertos expertos dudan sea cierta. Meses más tarde, durante su discurso de año nuevo, Kim Jong-un afirmó contar con la capacidad suficiente para lanzar un misil balístico intercontinental con una ojiva nuclear, el cual podría llegar hasta territorio estadounidense, una amenaza directa para Estados Unidos. 

Las acciones de Corea del Norte, además de generar una condena internacional y la imposición de sanciones económicas, parece tener dos consecuencias importantes. Primero, Donald Trump está tomándose más en serio la amenaza norcoreana y los efectos que sus actividades podrían significar para la seguridad nacional estadounidense y la estabilidad de la región Asia-Pacífico, lo cual ha llevado a que su administración modere la posición que en un principio Trump defendió y pregonó sobre la dinámica de las alianzas estadounidenses en Asia y la relación bilateral sino-estadounidense. 

Si bien como candidato Trump se alejó de la política exterior tradicionalmente republicana al cuestionar las alianzas estadounidenses en Asia y sugerir que tanto Japón como Corea del Sur no deberían depender en las garantías de seguridad que les proporcionaban los Estados Unidos, tras los lanzamientos de misiles balísticos de febrero y marzo, ha mantenido una comunicación estrecha con el primer ministro japonés, Shinzo Abe, y con el gobierno surcoreano, al tiempo que ha reafirmado el compromiso de los Estados Unidos con ambos países. 

Esto significa que las acciones norcoreanas han ayudado a reafirmar las alianzas políticas y de seguridad entre Estados Unidos y sus aliados asiáticos, y ha resaltado la importancia que tiene dicho país en la región. La instalación del escudo antimisiles THAAD (Terminal High Altitude Area Defense, en inglés) que los Estados Unidos han comenzado a instalar este mes en Corea de Sur, a pesar de la oposición de China y Rusia, es prueba de ello. Aunque vale la pena mencionar que la eficacia de este escudo disminuiría frente al lanzamiento múltiple de misiles, según Jeffrey Lewis, profesor adjunto en el Instituto Middlebury de Estudios Internacionales en Monterey, California, de ahí la preocupación que generó el último lanzamiento norcoreano.

Respecto a China, la administración de Trump ha buscado disminuir el distanciamiento inicial provocado por la llamada que el entonces candidato presidencial mantuvo con la presidente de Taiwán, Tsai Ing-wen, en diciembre de 2016 y la declaración posterior en la cual señaló que los Estados Unidos no tenían porqué respetar la política de “Una sola China”, punto clave de la relación bilateral sino-estadounidense así como de la política exterior china. Es posible que esta moderación surja del interés estadunidense –y exigencia de Trump- de que China influya en el comportamiento norcoreano dado la alianza histórica que mantiene con Corea del Norte. Sin embargo, está por verse en qué medida cooperará China, en caso de hacerlo, después de que el gobierno estadounidense cuestionó un pilar fundamental de su política nacional y exterior, además de constantemente criticar su  política económica y comercial. 

Aún cuando el gobierno estadounidense llegara a mejorar su relación con Beijing, deberá considerar la segunda consecuencia derivada de los últimos lanzamientos de los misiles norcoreanos: el enfriamiento de la relación sino-norcoreana. China ha rechazado el comportamiento norcoreano y condenado el lanzamiento de misiles balísticos. Incluso, suspendió la importación de carbón norcoreano por lo que queda del 2017, lo cual afectará los ingresos norcoreanos derivados de dichas exportaciones. Ello generó una crítica en la prensa norcoreana en contra de China sin precedentes, país al que acusan de “bailar al compás de Estados Unidos”. Además, el enfriamiento bilateral disminuye la influencia que el gobierno chino podría tener en las acciones norcoreanas, al tiempo que aísla aún más a Corea del Norte. 

Dicho aislamiento, junto con la amenaza que el gobierno norcoreano percibe de los ejercicios militares conjuntos que realizan Estados Unidos y Corea del Sur anualmente, el despliegue del escudo antimisiles y la posible respuesta estadounidense ante las acciones norcoreanas, podría aumentar el escalamiento de la región. Sintiéndose solo, Corea del Norte podría depender aún más en el desarrollo armamentístico y nuclear, lo cual sería percibido como una amenaza para sus vecinos y los Estados Unidos. Por su parte, los Estados Unidos podrían responder con acciones militares. Según declaraciones del Secretario de Estado, Rex Tillerson, durante su primera gira internacional en la que visitó Corea del Sur, Japón y China, se acabará la “paciencia estratégica” bajo la cual los Estados Unidos han tolerado las pruebas nucleares y de misiles realizados por Corea del Norte. Tillerson afirmó que Estados Unidos explorarán una gama de opciones militares, junto con medidas diplomáticas, de seguridad y económicas, si Corea del Norte persiste en el desarrollo de armas nucleares.

Si bien el escenario actual es bastante complejo, la situación interna de Corea del Sur podría volverse clave en su desarrollo. La llegada del siguiente presidente surcoreano, electo el próximo 9 de mayo en elecciones anticipadas debido a la destitución de Park Geun-hye por un escándalo de corrupción, podría desequilibrar el precario balance que hoy en día existe. El candidato favorito a ganar los comicios, Moon Jae In, antiguo parlamentario y líder del Partido Democrático, pretende revisar el acuerdo firmado para el establecimiento del escudo antimisiles. Asimismo, mantiene una postura a favor del diálogo con Pyongyang, lo cual desafiaría la posición estadounidense frente a Corea del Norte. 

Todo parece indicar que la situación gestándose en la península coreana seguirá escalando. Mantener una comunicación abierta y establecer una negociación entre las partes sería clave para poder disminuir la tensión existente y abrir el camino para una resolución futura. Sin embargo, podría ser algo difícil de alcanzar. Los actores involucrados no parecen dispuestos a hacerlo o, tal vez, no saben como lograrlo. Motivo por el cual la situación asemeja un “duelo de titanes” en el que Donald Trump y Kim Jong-un parecen empeñados en retar verbalmente al otro para ver que tan lejos está dispuesto a llegar, mientras que China observa los sucesos desde una prudente distancia. Un juego peligroso dado la creciente inestabilidad de la región y la capacidad nuclear de los involucrados. 

Greta Bucher es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México y maestra en Estudios de Asia y África con especialidad en China por el Colegio de México.

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