Cualquier persona que tenga hijos sabe muy bien que, por pura salud mental, el pesimismo tiene que tener límites. Sin embargo, creo que hay ciertos momentos en la vida de una nación cuando lo que procede es detenerse en el pesimismo, reconocerlo, tratar de identificar dónde se ubica su “esencia”, sopesarlo en la medida de nuestras posibilidades y dejarlo por escrito. Esto es lo que haré en estas líneas. Sin embargo, quizás porque tengo tres hijos relativamente pequeños (12, nueve y seis años), terminaré con un par de párrafos sobre un texto de Hannah Arendt (1906-1975) que acaba de ser reeditado en español con el título “Introducción a la política” y que forma la segunda parte de un libro con un título muy sugerente (al menos para nosotros los mexicanos en los tiempos que corren): La promesa de la política.1 Como es sabido, uno de los principales problemas del México contemporáneo es que sus habitantes no creen en la política (ni en los políticos por supuesto), ni esperan prácticamente nada de ella. Además, están hartos de tanta corrupción. Más allá de la larga lista de gobernadores cleptómanos, el pesimismo mexicano actual tiene en dicha ausencia total de confianza y de expectativas en la política y en los políticos uno de sus elementos centrales.

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Los ejemplos que señalaré a continuación (unos cuantos solamente, entre los cientos que cualquier ciudadano mexicano podría seleccionar) contribuyen a explicar esta “desesperanza” frente a la política y los políticos. De la mano de una pensadora del calibre de Arendt me gustaría plantear, sin embargo, que a pesar del panorama que tenemos ante nosotros, hay motivos para no dejar caer los brazos. Algo muy similar, aunque de la mano de otro gran pensador del siglo XX, Antonio Gramsci (1891-1937), sugirió Héctor Aguilar Camín en la parte final de un texto publicado hace un par de semanas en El País. Su título me exime de referirme a su contenido: “Lamento mexicano”. Aguilar Camín cerraba este texto, cuyo argumento fundamental es el reconocimiento sin ambages del fracaso político e incluso vital de la generación que protagonizó el 68, recordando el conocido lema de Gramsci que éste tomó prestado de Romain Rolland: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.” Una divisa en la que, cabe apuntar, Gramsci dejó de creer después de varios años en prisión, en donde había sido recluido injustamente por el fascismo en 1926.

Lo que en el primer párrafo denominé la “esencia” de nuestro pesimismo tiene que ver con algo que a fuer de vivirlo cotidianamente (aunque sea en los periódicos y en la televisión) desde hace muchos años, ha pasado a formar parte de la vida de México. Me refiero, por supuesto, al escaso valor que ha adquirido la vida humana y al desfile de indignidades que esta falta de valor presupone, conlleva y fomenta. El asesinato, el secuestro, la tortura, la extorsión y la violencia en formas que creíamos, si no superadas en la historia del país, sí circunscritas a ciertos lugares o a ciertos ámbitos, nos golpean en el rostro y en la sensibilidad todos los días. Éste es el México en el que vivimos desde hace por lo menos una década.2 La incapacidad del Estado mexicano para proporcionar la que se supone es la principal obligación de todo Estado (la seguridad, la tranquilidad, la posibilidad de salir a la calle sin temor) es la primera y más importante de las batallas que hemos perdido.

A esta “madre de todas las batallas”, se suman otras que también estamos perdiendo y que son igualmente insidiosas, sobre todo si realmente queremos salir de la situación en la que nos encontramos. Todas ellas contribuyen de una u otra manera a la decepción y la desesperanza de la ciudadanía mexicana frente a la política y los políticos. Menciono sucintamente unas cuantas que a mí me resultan particularmente llamativas, aunque puedan parecer menores frente a la incapacidad del Estado mexicano para garantizar a los ciudadanos una vida en paz, una vida en armonía (todo lo relativa que se quiera) con sus semejantes y con su entorno social y político. 

El primer ejemplo es el de las gasolineras que no suministran el litro de gasolina que supuestamente suministran. Que una entidad pública como la PROFECO tenga un listado de todas las gasolineras del país y que ante el incumplimiento de la ley por parte de decenas de ellas la recomendación a los ciudadanos, explícita o implícita, sea que vayan a las gasolineras que sí cumplen con el “litro de a litro”, es, hasta donde alcanzo a ver, el mundo de la legalidad patas arriba. Una trivialidad dirán algunos; no lo creo. El segundo ejemplo es un caso más concreto en el tiempo y que, además, acaba de tener lugar. Me refiero a la designación por parte del Senado de la República Mexicana de Paloma Merodio como miembro de la Junta de Gobierno del INEGI. Que una de las dos instancias representativas más importantes del país contravenga los requisitos legales estipulados para formar parte de la Junta de Gobierno de dicho Instituto y se atreva de esa manera a aprobar a la persona recomendada por el presidente Peña Nieto es un magnífico ejemplo para documentar por qué la ciudadanía de este país no solo no cree en sus políticos, sino que tiende a despreciarlos. Dejo de lado la manera tan burda y tramposa en la que la que Merodio maquilló su CV, no porque no sea importante, sino porque palidece ante el hecho de que ella no cumplía con los cinco años de experiencia en puestos de alto nivel que las disposiciones legales exigen. Que el presidente Peña Nieto la haya recomendado sin que cumpliera con estas disposiciones dice toneladas sobre por qué estamos como estamos y sobre la inexistencia casi absoluta de estándares en nuestra vida pública. También dice mucho sobre nuestra clase política pues pese a las evidencias y ante las campañas ciudadanas que se opusieron a su candidatura, Merodio persistió con sus intenciones como si nada sucediera y, en su momento, con la solemnidad correspondiente, procedió a hacer el juramento también correspondiente.3 ¿Puede la farsa alcanzar niveles más altos? Por lo demás, me pregunto, ¿hay en la historia reciente de México algún político que haya renunciado a su puesto o desistido de sus intenciones cuando a todas luces su proceder debilitaba cualquier noción de república (“cosa pública” o “cosa de todos”) que tenga el más despistado de los ciudadanos?

Otro ejemplo: la incapacidad de los gobernantes de la Ciudad de México y de otras ciudades del país para acercarse a algo que se pueda considerar un sistema de transporte público eficiente (dejo de lado aquí la seguridad porque es parte de la gran batalla que hemos perdido). El calvario que representa para millones de mexicanas y mexicanos ir a sus lugares de trabajo y de vuelta a sus hogares por lo menos cinco días a la semana parece ser un detalle, pues estamos en la segunda década del siglo XXI y la situación sigue siendo crítica en varias ciudades. Esta situación, por cierto, incluye esa distinción de la que ahora goza la CDMX de ser en el mundo entero la urbe en la que sus habitantes pasan más horas en el tráfico (con las pérdidas billonarias que esto implica).

Una razón de enorme peso para explicar la falta de atención al transporte público no es ningún secreto: ni un solo miembro de la alta clase política mexicana ha tenido jamás que trasladarse en peseros, autobuses o el metro. Por tanto, lo que pase en peseros, autobuses o vagones del metro les resulta ajeno, extraño, de otro mundo pues. Aquí, como en muchos otros de los déficit más flagrantes de las políticas públicas y de la legislación en este país, los más desfavorecidos son quienes más sufren la desidia, la inacción y la falta de imaginación gubernamentales. 

Exactamente lo mismo se puede decir sobre otro tema que me parece de la mayor relevancia; no solo por la cantidad de personas afectadas (cerca de dos millones y medio, casi todas mujeres), sino porque se trata de un hueco legal que deja la puerta abierta a abusos de todo tipo. Me refiero a la ausencia de legislación sobre el estatus laboral de las cientos de miles de trabajadoras domésticas que existen en México. ¿Hasta cuándo nuestros diputados y nuestras senadoras se darán cuenta de la magnitud y de las implicaciones de dicho hueco y, por tanto, hasta cuándo serán capaces de elaborar y aprobar una legislación que ponga freno a los abusos y arbitrariedades de muy diversa naturaleza que se cometen a diario con las trabajadoras domésticas mexicanas, con sus derechos y con su dignidad?4

Termino con un tema que resulta escandaloso en un país en donde el adjetivo “escandaloso” ya no dice mucho. ¿Qué adjetivo ponerle, por ejemplo, al hecho de que desde hace unos días en México cadáveres caen del cielo? (en sentido literal). En todo caso, me refiero aquí a las expresiones misóginas y vergonzosas a las que dio rienda suelta en las ondas radiofónicas hace tres semanas el señor Marcelino Perelló, uno de los líderes máximos de ese 68 ya tan lejano. No voy a referir aquí las expresiones originales ni las posteriores explicaciones, ampliaciones o justificaciones de Don Marcelino, pues están a la disposición de quien quiera oírlas y tenga el estómago para hacerlo. Que estemos ante lo que hace casi medio siglo fue un “luchador social”, que este luchador tuviera a su disposición desde hace tiempo un espacio en la estación de la Universidad Nacional y que, last but not least, el luchador de marras sea profesor de esa misma institución académica da una idea del larguísimo camino que nos queda por recorrer en muchos ámbitos de la vida social mexicana, empezando por el respeto (no en sentido caballeroso) que la mitad de la población de este país le debe a la otra mitad. Si la liberación de la mujer es el logro más importante del mundo occidental durante el siglo XX, a juzgar por los dislates y ofensas (“políticamente incorrectas”, sic) emitidas por el señor Perelló es claro que México no forma parte de dicho mundo.5

Ante el panorama bosquejado, puede parecer ocioso apelar a Hannah Arendt. No quiero más que recuperar algunas nociones que, me parece, pueden servir para no dejarnos abatir del todo y para ayudarnos a ver hacia el futuro. Va por delante que los análisis de Arendt poseen una sofisticación intelectual y un bagaje histórico que aquí dejo de lado por completo. Dicho esto, por una parte me refería, en primer lugar, a la convicción de que solo la política (entendida sobre todo como acciones en las que la pluralidad, la palabra, la conversación pública, la persuasión y la facultad para elaborar juicios son las protagonistas) puede minar paulatinamente la extendida sensación de que no cabe esperar nada de los políticos. En un contexto muy diferente al nuestro (“Introducción a la política” fue redactada entre 1956 y 1959), Arendt se dio cuenta de que la degradación de la política, en la que la filosofía se había empeñado desde Platón, dependía sobre todo de la separación entre los muchos y los pocos. Esta atrofia de lo político implica un papel cada vez más relevante en la arena política de la fuerza bruta, de la dominación y de la coerción, una tendencia que en la práctica nos aleja cada vez más de la política, cuyo significado se resume para Arendt en la libertad (entendida en un sentido amplio, no solo en términos de libertad individual).

Para la pensadora alemana, la progresiva disminución de acciones colectivas, es decir, de acciones políticas tal como se les caracterizó anteriormente, llevan indefectiblemente a lo que ella denomina al final del texto que nos ocupa “la expansión del desierto”.6 El escapismo al que muchos nos sentimos tentados nos condena a extender este desierto a los pocos oasis que todavía existen. En sus propias palabras: “Dado que arruinamos los oasis cuando nos dirigimos a ellos con el propósito de escapar, a veces parece como si todo conspirase mutuamente para generalizar las condiciones del desierto.” Algunos pasajes de “Introducción a la política” pueden dar la impresión de cierta ingenuidad por parte de Arendt (su nostalgia respecto al mundo griego, que conocía como pocos pensadores del siglo XX, apunta con frecuencia en esta dirección). Sin embargo, muchas páginas antes de la cita referida la autora de Los orígenes del totalitarismo afirmó que un cambio decisivo para mejorar las sociedades occidentales solo podía provenir de una especie de milagro. No obstante, ella tenía en mente un milagro que no tenía nada que ver con la religión: básicamente, la acción política tiene una capacidad única y excepcional: poner en movimiento procesos con valor intrínseco, pues la pluralidad, la coexistencia y la conversación desencadenan nuevas ideas, nuevas acciones, nuevos inicios; en otras palabras, generan libertad.

Si la política tiene todavía algún significado y, por lo tanto, si la raza humana tiene un futuro en libertad, el pesimismo anti-político radical, nos propone Arendt a su manera, tiene que ser superado. Si en el México de 2017 existen las condiciones para hacerlo y, por tanto, para que la política recupere su naturaleza, es una cuestión abierta. En todo caso, La promesa de la política es un libro que dista de ser optimista (aunque no es casual que Jerome Kohn, el editor de la edición en inglés, haya adoptado ese título tan prometedor).7 Como ya referí, Arendt sabe muy bien que el desierto puede extenderse con facilidad. Sobre todo, nos dice en el epílogo de “Introducción a la política”, si cada vez más individuos se dejan seducir por la creencia de que el desierto está en cada uno de nosotros. Si la nada nos amenaza (y vaya que lo hace en muchas ciudades, pueblos y poblados del México de hoy), solamente la acción política, colectiva, dialogante y persuasiva, posee la capacidad de mantenerla a distancia.

Roberto Breña

El Colegio de México


1 El libro fue reeditado en México el año pasado por Austral y Paidós en la colección “Booket”; cabe apuntar que a un precio muy accesible (la edición anterior que podía encontrarse en español era muy cara). El ensayo “Introducción a la política” (que había sido publicado anteriormente como “¿Qué es la política?”) comprende las páginas 131-228.

2 Los costos personales y como sociedad de esta situación son los que aquí me interesan, pero no está de más señalar que se calcula que la violencia le cuesta a México cerca del 20% de su riqueza; dicho de otro modo, México sería casi 20% más rico si la violencia no fuera dueña y señora, como lo es actualmente. Esta es una de las conclusiones de un estudio que llevó a cabo recientemente el Instituto para la Economía y la Paz, cuya sede está en Australia. “La violencia le cuesta a México la quinta parte su PIB”, El País, 6 de abril 2017, p. 35.

3 Entre la infinidad de manifestaciones y expresiones en los medios en contra de la candidatura de Merodio, destaco la campaña de información y de recolección de firmas que dirigió el académico Enrique Cárdenas desde el CEEY. Muy revelador de nuestra clase política es el intercambio que se dio por Twitter entre otros dos académicos, Fernando Nieto y Carlos Bravo Regidor, y el senador Roberto Gil Zuarth sobre el affaire Merodio. Los lectores pueden acudir a Twitter para poder calibrar los “argumentos” de dicho senador ante lo que, a todas luces, atentaba contra la legalidad, la veracidad y un mínimo de vergüenza. Conviene añadir que, además de Gil Zuarth, 63 senadores y senadoras votaron en favor de la candidata del presidente Peña Nieto.

4 Sobre el tema, pueden verse las documentadas notas siguientes (todas ellas publicadas por Animal Político): una, dos y tres.

5 Aunque sea de manera indirecta, el caso Perelló (quien hasta hace muy poco era columnista de Excélsior) sirve también para calibrar uno de los grandes déficit de la ya no tan joven democracia mexicana. A más de tres lustros de su nacimiento, los medios de comunicación en este país dejan muchísimo que desear en términos de lo que puede denominarse “calidad” u “objetividad” periodística. Si en la radio es posible encontrar algunas honrosas excepciones, resulta increíble que en un país como México no exista en esta segunda década del siglo XXI un solo medio impreso confiable y respetado, un medio que nos dé una idea clara y amplia de lo que está pasando en el país y en el mundo. El déficit en cuestión se desprende de muchos motivos; destaco solo tres: la incapacidad para proporcionar noticias (todo se ha convertido en editorial), la tendencia a la ideologización y la incapacidad para mantener una postura que privilegie a los lectores, en lugar de privilegiar a las necesidades económicas, a los partidos, a los grupos de interés o a los intereses-necesidades de ciertos grupos o estratos sociales.

6 “Introducción a la política”, en La promesa de la política (México: Austral/Paidós, 2016), p. 227.

7 The Promise of Politics, Jerome Kohn, ed. (Nueva York: Shocken Books, 2005). Esta edición se benefició enormemente de la edición alemana a cargo de Ursula Ludz, cuyo título es Was ist Politik? (Munich: Piper Verlag, 1993). No puedo evitar referir aquí que el año pasado el joven diputado independiente Pedro Kumamoto visitó el Colegio de México. Escuché atentamente su presentación y pensé que personas como él, que no solo no desesperan de la política, sino que reconocen su enorme poder transformador, pueden hacer de este país algo muy distinto de lo que es en la actualidad.

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