Con el anuncio de su retiro, Francesco Totti ingresa al selecto grupo de los más grandes representantes de la creatividad italiana en una cancha de futbol: Giancarlo Antognoni, Gianni Rivera, Sandro Mazzola, Giuseppe Giannini, Roberto Baggio y Alessandro Del Piero.

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Fotografía cortesía de Milenio.

Heredero de la playera número 10 que portaba su propio ídolo, Giuseppe Giannini en el equipo de sus amores, la Roma, Totti se convirtió en uno de los fantasistas representantes de su generación. Los fantasisti, como se conocen en Italia, son un tipo de futbolista, como se diría en el argot culinario, “muy típico de la región”. No son iguales a los creativos españoles, o a los directores de orquesta ingleses o los elegantes  pensadores franceses. Son una clase de trequartista (jugadores en tres cuartos de cancha) de corte creativo, usualmente transformados en el ícono ofensivo. El fantasista es retratado como una figura glamorosa, adorado por los aficionados, símbolo de la expresión espontánea e imaginativa –son vistos como héroes exóticos, preciosos y raros. Generalmente, si brincan a la cancha en un mal día el equipo sufre, pues ellos son los conductores. Pero en su mejor momento, no hay ningún jugador del equipo cercano al talento natural de un fantasista en la plantilla.

Francesco Totti es, sin dudas, una representación de un futbol que se está olvidando. Pertenece a una generación mística de futbolistas de la que heredaron todo el conocimiento los que ahora dominan el mundo. Si por un momento nos olvidamos de Messi, Ronaldo, Hazard, Neymar, Lewandowski, recordaremos que antes de la llegada de estos extraterrestres existía una raza de futbolista diferente.

En una época en que el premio al Balón de Oro o al Mejor jugador del Mundo eran concursos abiertos en los que estaban hombres tan diferentes a los futbolistas de ahora, Totti levantó la mano más de una vez para ser considerado seriamente para el premio. En aquellos años el premiado bien podía ser Zinedine Zidane, Ronaldo, Thierry Henry, Pavel Nedved, o hasta Michael Owen; incluso se podría haber hecho un caso por Dennis Bergkamp, Raúl, Del Piero, y siempre, siempre Francesco Totti.

Conforme ha ido evolucionando, el futbol se ha hecho un juego más rápido. En los últimos años predominan los jugadores mejor preparados físicamente y la ciencia y tecnología deportiva de punta potencia de gran manera el nivel de los jugadores. 

Hoy en día, los encargados de pensar el juego, manejar los tiempos e inventar opciones de gol han tenido que evolucionar para convertirse en futbolistas de mayor movilidad, velocidad y versatilidad. David Silva, Juan Mata, Shinji Kagawa, Lorenzo Insigne, Marco Reus, Thiago Alcántara, Isco, Kevin De Bruyne, por mencionar algunos, son capaces de jugar en la banda y el centro (detrás de los delanteros) para crear específicamente jugadas y cambiar los tiempos del ataque. Pero ellos no existirían en su aspecto creativo sin los hombres como Paul Scholes, Juan Román Riquelme, Dennis Bergkamp, Del Piero, y Totti, futbolistas que entendieron y manejaron todo el fútbol que precede al que tenemos hoy en día.

La nostalgia por esa generación va con los mismos tintes: el toque delicado con la fuerza suficiente para que el rival no pudiera alcanzar el balón y la gentileza para que un compañero pudiera controlar o, en muchos casos, empujarlo a la red. 

En el caso particular de Totti, se abrirá una nostalgia por los pases de taquito con el balón por el aire o por tierra, rompiendo barreras y transformándose en un jugador con ojos en la espalda, difícil de marcar por su habilidad para desestabilizar toda la coordinación defensiva con un leve toque de su talón; los túneles realizados con movimientos tan leves y sutiles; los goles de globito con el balón viajando a una velocidad tan lenta que, si el timing hubiera sido cualquier otro, el portero lo hubiera tomado con un solo salto.

“Creo que cuando te le acercas te das cuenta de lo fuerte que es con el balón”, dijo alguna vez Steven Gerrard, héroe de misma cepa en Inglaterra, “recuerdo intentar marcarlo alguna vez y siempre estaba fuera de mi vista, se ponía en lugares muy inteligentes para la posición del número 10 y el balón era como un velcro en su botín – era muy habilidoso y maniobraba el balón muy, muy bien”.

Su fortaleza mental era otra prueba de que ningún otro hombre podía liderar a la Roma, especialmente en los tiempos en los que ganó la liga italiana acompañado de Gabriel Batistuta. Esa era le representó una cuesta difícil, pues los fracasos en Champions League le otorgaron los motes de “10 glorificado”, “italiano sobrevalorado”. Su arrogancia, se pensaba, no correspondía a la de un jugador que no podía probar que podía dominar Europa como las canchas de su país. Aún entonces, Totti se mostró emperador.

Pasados 2001 y 2002 se desarrollaron varios chistes alrededor de su figura, tomando como eje sus fracasos en competencias europeas y desapariciones en partidos internacionales con Italia. En el 2003, curiosamente, Totti aceptó hacer una compilación con todos esos chistes llamada “Todos los chistes de Totti”, bajo la condición de que las bromas fueran sobre él y no sobre su familia o temas poco sensibles. El dinero que se juntó fue donado a la caridad para proyectos de ayuda a la comunidad de gente de la tercera edad en Roma, así como para que UNICEF donara a niños sin hogar. Más allá de todo lo que puede suceder en la cancha, Totti se ganó el respeto de una gran parte de los aficionados italianos al tomar con humor y humildad los insultos dirigidos en su contra.

De la misma manera, entre sus jugadas fuera de la cancha fue el único futbolista que ha podido mediar (un poco) las turbulentas aguas de los tifosi romanos, dentro de los cuales hay varios de los grupos más radicales y exigentes de Italia y probablemente de toda Europa. Como el ícono, capitán y líder de la plantilla, es uno de los únicos jugadores que tiene el respeto de sus aficionados, porque a pesar de todas las ofertas que recibió a lo largo de su carrera siempre permaneció en la Roma y su gente nunca lo olvidó.

Es cierto, Totti pudo haber marcado una época importante en cualquier club con mayores recursos. Pudo haber sido campeón de Champions, multicampeón de cualquiera de las principales ligas de Europa o hasta ganador de copas y ligas en distintos países y clubes. No obstante, para Francesco solo hubo una casa, y se encargo de hacerla, por más de dos décadas, una fortaleza en sus espaldas. Pararse en Roma era enfrentar a Totti y sus soldados.

El último fantasista fue el hombre que trajo de regreso el penal a lo Panenka cuando en la semifinal de la Euro del 2000 le tiró el tercer penal de la Serie a Van der Sar muy delicadamente al centro, con el balón subiendo y bajando lentamente, mientras el enorme arquero holandés volaba hacia su poste derecho.

Entre todo ese glamour en la cancha, Totti también representaba el lado sucio del fútbol. Era parte de su esencia, y nunca hubiera sido ni la mitad del jugador que fue si hubiera “controlado su carácter”, como tantos aficionados le rogaron, y es que si no llegó a los 800 partidos con la Roma fue ciertamente por acumulación de tarjetas.

Eso sí, nunca negará que dio una patada demasiado fuerte o demasiado evidente, o que escupió al rival. El objetivo siempre fue que se notara su intención y se probara su punto.

Quizás si Totti no es tan recordado con la selección italiana (exceptuando aquella Euro) es precisamente porque el debía ser siempre el líder de la manada. En la Roma lo era, siempre guió al equipo con su espada de frente y el juego era basado en explotar el fútbol del niño prodigio de casa; no podía ser de ninguna otra forma.

En la selección italiana, sin embargo, había líderes como Gianluigi Buffon, Fabio Cannavaro, Genaro Gattuso y Alessandro del Piero, por nombrar algunos. Jugadores con los que Totti se coronó como campeón del mundo, aunque sin el rol protagónico que tenía en su club o al menos un mínimo para dejarnos en la memoria recuerdos de un gran Mundial suyo. 

Es cierto que, para muchos, Totti quedó a deber una Champions memorable. También que la promesa de que su liderazgo, junto con el de Del Piero, harían que el país se olvidara Roberto Baggio sólo se cumplió a medias. Pero si se le pregunta al propio Francesco, eso no es importante.

El capitán romano sacrificaría todo eso por volver a jugar dos décadas y media en su equipo, por portar la 10 y defender, como siempre lo hizo, su territorio con los dientes y el balón pegado al botín. 

Se va como leyenda de su club y su liga, como uno de los referentes de un estilo de juego, una forma de entender y ejecutar el fútbol que tendrá que ser redescubierta en algún futuro no tan cercano. Para Totti lo importante será siempre el capitán romano, el de las estatuas, grafitti e incontables camisetas con su nombre por toda la ciudad. El responsable de toda una generación de niños llamados Francesco durante los últimos 20 años.

Ya a sus 40, y después de una temporada donde difícilmente salió de la banca, es apenas justo que Totti diga adiós al fútbol como lo es que el fútbol le diga adiós a Totti. A pesar de todos los problemas y entendidas dificultades que ha tenido con Luciano Spalletti, actual entrenador de la Roma, Spalletti no puede más que repetir algo que todos sabemos sobre el capitán: “Totti sabe que puede decidir un partido en cualquier instante que quiera y tenga el balón”.

Quedarán siempre los goles, los ‘taquitos’, túneles e imaginación del 10 romano. Y futbolistas como Totti serán parte de una generación que ahora se retira. Pasará  tiempo para que la inercia del futbol nos regale un 10 que rompa paradigmas como lo hizo Totti.

Hasta entonces, gracias, Francesco.

Leonardo Waldman es fundador y director general de El nueve y medio.

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