Nos fascinan las historias de insectos atrapados en ámbar, vestigios de ropas prehistóricas conservadas por algún azar del clima, huellas de animales extintos grabados en rocas que alguna vez fueron terrenos fértiles. Lamento desperdiciar tantas metáforas en este tema lúgubre, pero algo tienen en común con Marcelino Perelló. Habría que preguntarnos qué gruesa capa de material inexpugnable lo aisló durante décadas del aire que respiramos los demás, hasta que la rasgaron sus comentarios en el programa Sentido contrario del 28 de marzo, difundidos en las redes sociales el 7 de abril.

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La primera vez que Perelló se hizo famoso, la sociedad mexicana se escandalizaba con las minifaldas. Miles de mujeres, jóvenes y no tanto, tomaban las calles en marchas de protesta contra el régimen, boteaban en camiones y mercados, intervenían en las asambleas, repartían y diseñaban propaganda, organizaban mítines relámpago en las calles, dejaron tirados sus zapatos al huir despavoridas de la Plaza de las Tres Culturas, fueron a identificar cadáveres, llevaron comida, dinero y noticias a los estudiantes presos. Para muchas, el 68 fue un primer paso hacia la acción política que luego llevarían a otras luchas sociales, pero también un momento clave en la transformación de lo que significaba ser mujeres: en esos meses de discusión y lucha ellas redefinieron los límites marcados por el género. Se rebelaron contra las restricciones impuestas por sus familias y desafiaron las costumbres. Descubrieron una sexualidad más libre, ampliaron sus ideas y sus prácticas de la ciudadanía, hicieron otros planes para sus vidas. Las fotografías del 68 están marcadas por sus imágenes: chicas irreverentes de pelo suelto, con la falda arriba de la rodilla, portando carteles y enarbolando la V de la victoria. Pero también señoras de trenzas y delantal gritando en las calles, codo a codo con las oficinistas y las amas de casa. Estaban a punto de descubrir que lo personal es político: empezaban a darse cuenta de que ni México ni ellas volverían a ser los mismos.

En los casi cincuenta años transcurridos, las mujeres hemos transformado instituciones, leyes y profesiones. Casi se podría decir que el avance ha sido incontenible, si no fuera porque, en todos los espacios, nos amenaza la violencia. Aparece ya en los recuerdos y testimonios del 68, cuando alguna le pide a sus compañeros que la acompañen a su casa o recuerda silbidos y gritos lanzados ante las minifaldas. Aunque aprendemos a sortearlo desde la infancia, el acoso callejero es un recuerdo constante de que esas avenidas “ganadas” en 1968 siguen ocupadas por hombres que se sienten con derecho a divertirse a costa de nuestro miedo y nuestro enojo. No hacen falta granaderos: cada mañana decidimos qué ropa puede usarse en la calle, cuál es peligrosa para subir al transporte público, dónde es mejor dar un rodeo. Desde comentarios impertinentes hasta agresiones físicas: acosadores que se creen ciudadanos honestos estarán ahí para recordarnos que la calle no es nuestra.

Todos los días leemos noticias que subrayan este control de nuestra libertad de movimiento. El acoso callejero, las agresiones sexuales a mujeres que pensaron que podían divertirse en bares o fiestas, asaltos o asesinatos de otras que viajaban “solas”: violencias encaminadas a reiterar que esos espacios pertenecen a hombres listos para castigar a quienes al atravesarlos desafían regulaciones masculinas.

El trabajo de Rita Laura Segato proporciona un entendimiento muy claro de estos fenómenos. La violencia contra las mujeres se ejerce para comunicar distintos mensajes, que se mueven a lo largo de dos ejes: en el vertical, el violador busca controlar a la mujer, castigarla por exceder límites. Es un hombre moralista que reprime a quienes no se ajustan a las conductas fijadas para ellas. Pero existe también un eje horizontal, de comunicación hacia otros hombres. Al dirigirse a ellos por medio de la agresión a un cuerpo femenino, les manifiesta su poder y su hombría, su dominio sobre un territorio, les solicita su aceptación en una hermandad viril o reitera su pertenencia a ella. Si hicieran falta ejemplos bastaría recordar el comportamiento del grupo de veracruzanos conocidos como los Porkys, que sellaron sus vínculos con la violación de una menor de edad y hace pocas semanas recibieron la protección de un juez dispuesto a concederles un amparo.

Desde el 7 de abril, una maraña de complicidades resguarda también a Perelló. La UNAM permite que circule su versión, según la cual su clase en la Facultad de Ciencias fue suspendida por consideración a su seguridad. La víspera de ese anuncio vi un video que mostraba a diez o doce jóvenes gritando consignas; en cambio, la institución no se preocupa por proteger a las estudiantes, colegas y trabajadoras administrativas expuestas a la presencia de alguien que se ufana de ser un violador compulsivo y ha merecido la condena de la CNDH, tiene una queja de oficio abierta ante CONAPRED y enfrenta una denuncia ante la PGR. A pesar de sus fantasías, según las cuales es un transgresor, un salmón que avanza contra la corriente, bajo la espesa red que lo resguarda sólo hay un hombre autoritario, acostumbrado a aplastar las réplicas sin más argumento que “lo digo yo (y tú te callas)”. Antes hubiera sido engorroso llamar a radio UNAM, ver si acaso contestaba alguien, protestar ante una secretaria, saber que esa queja no tendría el menor efecto. Por eso el programa siguió durante años sin que nadie lo tocara ni con el pétalo de una rosa.

Esta vez llegó a las redes sociales.

En ese ámbito virtual es imposible contener la indignación de quienes no cuentan con programas de radio, columnas periodísticas ni espacios televisivos pero sí ejercen su libertad de expresión: opinan, discuten, argumentan y tejen alianzas que permitieron, ante todo, la difusión del programa del 28 de marzo y la conciencia creciente de que el asco causado por él era masivo. Aunque Perelló ha hecho lo posible por presentarse como víctima, quienes repudiaron su conducta en las redes hicieron precisamente lo contrario que lincharlo, pues más bien apelaron a la intervención de autoridades legalmente facultadas para sancionarlo.

Llama la atención el esfuerzo por caracterizar este rechazo en términos violentos, por caricaturizarlo. Los defensores de Perelló no ahorran exageraciones: basta de sangre, dice alguno. Se repite que las redes son la Santa Inquisición de nuestros días. La misma palabra “linchamiento”, aunque usada de manera inexacta, procura transformar a quienes discuten y se indignan como una horda violenta, irracional y sin ley. La gama de las descalificaciones va de la abierta negación de la voluntad femenina (“Cuando dicen no quieren decir ”), hasta esta configuración fantasiosa de una turba sedienta de venganza. La multitud que pide justicia no está formada por una abogada empeñada en configurar escrupulosamente sus demandas, por un antiguo militante del 68 entristecido por el deterioro del dirigente, por una estudiante dispuesta a exigir su derecho a una universidad segura, ni por radioescuchas inteligentes y capaces de defenderse con argumentos. Tampoco por mujeres que aspiran a transitar por la calle, a irse de vacaciones, a salir a divertirse sin correr un peligro brutal.

Para balancear estas distorsiones, revisemos datos. De acuerdo con el Sistema Nacional de Seguridad Pública, en 2016 se registraron 29 mil 725 averiguaciones y carpetas de investigación por delitos sexuales. Entre ellos, 12,889 son denuncias de violaciones; 16,836 corresponden a otros delitos, como abuso sexual, pederastia, hostigamiento. En México se asesina a siete mujeres cada día. También dentro de las universidades crece el número de casos de acoso y hostigamiento sexual, pero las instituciones hacen todo lo posible por ignorarlos y así proteger a profesores y empleados administrativos que lo ejercen de manera rutinaria.

Éste es el contexto de la violencia verbal de Perelló. Lo que hoy marca la diferencia es la capacidad colectiva para articular un repudio razonado y señalar las vías más eficaces para sancionarlo.

Nota: En las primeras horas de la noche del viernes 5 de mayo, varios medios electrónicos informaron que Perelló había dejado de trabajar en la UNAM. Por medio de un correo electrónico dirigido a quienes habían presentado declaraciones relacionadas con la solicitud de destituirlo, la Oficina del Abogado General de la institución informó que, tras investigar sobre el caso, había hallado motivos suficientes para rescindir el contrato de Perelló; no obstante, al ser informado de esto, él decidió terminar la relación laboral, por lo que no fue posible aplicarle sanciones. Si bien lo anterior sucedió desde el 26 de abril, la información tardó 10 días en llegar al público. En el momento de redactar esta nota aún no existe un comunicado oficial.  

Adriana González Mateos es narradora y ensayista. Es autora de El lenguaje de las orquídeas, Borges y Escher. Un doble recorrido por el laberinto y Cuentos para ciclistas y jinetes.


Enlaces útiles

Sabina Berman.

David Huerta.

Luis González Placencia.

Deborah Cohen y Lezzie Jo Frazier.

Pronunciamiento de la CNDH.

Posicionamiento del Comité 68.

El caso Perelló y por qué no es un linchamiento mediático.

Aumentan los delitos sexuales en México.

 

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