Un periodista asesinado no es ni más ni menos importante que cualquiera otro de los miles de mexicanos que han muerto víctimas de la ola de violencia que se desató en el país en la última década. Un periodista, asesinado por el hecho de ser periodista, adquiere mayor relevancia pues su muerte atenta no solo contra un persona sino contra el derecho de todos los mexicanos a la libre expresión. Igual que como cuando matan a un defensor de derechos humanos por el hecho de defender los derechos otros o cuando matan a un ministro de culto por el hecho de ejercer su libertad de creencia. El móvil, pues, sí importa, e importa mucho. Cuando la persona asesinada es, además de un periodistas al que mataron por ser periodista, alguien de la talla profesional y moral de Javier Valdez no solo crece la indignación sino también el sentimiento de vulnerabilidad.


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Gracias a la honestidad intelectual de los compañeros de Ríodoce, particularmente el testimonio de Ismael Bojórquez, que lejos de victimizarse han hecho un esfuerzo por entender lo que pasó, hoy sabemos que Javier fue víctima del narco; que quedó atrapado en medios de una guerra intestina al interior del cártel de Sinaloa; que podemos decir, siguiendo la lógica de la pedagogía de la crueldad que propone Rita Segato, que el narco escribió en su cuerpo un mensaje para todos los periodistas de Sinaloa y del país.

Los periodistas mexicanos hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo a reportar lo que sucede en el mundo del crimen organizado pero muy poco a pensar nuestro papel en esta guerra intestina. Nos lanzamos a la cobertura, no sin algo de fascinación, de grandes sucesos que de alguna u otra manera reflejaban la crisis moral de Estado, lo que nos permitía actualizar nuestras hipótesis de que todo estaba mal. Contamos los muertos como si se tratara de un partido de futbol y nos olvidamos por mucho tiempo de entender que significaban (Javier Valdez fue uno de los primeros y de los pocos en hacerlo). En esta vorágine de muerte se nos olvidó pensar.

La primera señal de que algo no estaba funcionando fue la entrevista en portada de la revista Proceso de Julio Scherer, el más grande del periodismo mexicano, con el narcotraficante y líder del cartel de Sinaloa, Ismael “El Mayo” Zambada. La entrevista tenía, ni qué dudarlo, un enorme valor periodístico, pero había algo de perverso en aquella fotografía de portada en la que aparecía “El Mayo” abrazando a Scherer. Aquel mismo año, 2010, tras una larga consulta con varios compañeros periodistas (entre ellos una charla telefónica con Javier Garza, entonces director de El Siglo de Torreón, a quien solo le pregunté qué de lo que hicieron respecto a la cobertura sobre el narco no volverían a hacer) en El Informador de Guadalajara tomamos la decisión de nunca darle la portada al narco; por fuerte que fuera el suceso no merecería más allá de un llamado, claramente destacado, en un lugar fijo de la portada. No fue un decisión sencilla y aún hoy sigue siendo controvertida, pero queríamos mandar claramente el mensaje de que el periódico no sería el vehículo por el cual el crimen organizado impondría su lógica de miedo y terror; que hicieran lo que hicieran, siempre habría del otro lado una sociedad con vida y lógica propias. Ambas decisiones, darle una portada a un narco o negarla por sistema, pueden ser igualmente controvertidas, y ambas son decisiones que vistas a siete años de distancia, tienen otro significado, pero la pregunta sigue siendo válida: ¿qué queremos? ¿Cuál es el papel del periodismo y el papel de los medios en este momento de violencia que vive el país?

Si es cierto que, como dijo Churchill (algunos sostienen que la frase existía previamente en Estados Unidos) los periodistas somos “los perros guardianes de la democracia”, el asesinato de Javier no es solo la muerte de un periodista sino la pérdida de un flanco importante en nuestra tarea. Pero, el periodismo es víctima no solo de los ataque externos, vengan del crimen o del Estado, sino de los propios medios. La lógica de subsistencia terminó por imponer la espectacularidad por encima de valores más primarios y esenciales. Junto con el espectáculo el star system invadió y se instaló en el periodismo; se nos olvidó que los perros sólo somos fuertes cuando cazamos en manada.

El crimen organizado y sus atrocidades son y han sido parte fundamental del contenido-espectáculo de los medios durante los últimos años. El periodismo ha sido víctima, pero también vocero, en muchas ocasiones involuntario y otras consiente, de esta cultura. Como una especie de retrovirus que se alimenta de las propias células hasta matarlas, la cultura de la violencia se alimentó y creció en los propios medios hasta convertirse en una amenaza para la vida democrática. No deja de ser paradójico que los perros guardianes de la democracia hayamos terminado, en aras de la defensa de la libertad de expresión, favoreciendo la normalización de la violencia.

Llevamos 10 años reportando la violencia sin pensar cuál es el papel del periodismo y los periodistas en ella. La vorágine no nos ha dejado pensar, o quizá simplemente no lo hemos querido hacer porque siempre estamos ocupados persiguiendo la siguiente nota. Partamos de preguntas simples: ¿qué hemos hecho que no volveríamos a hacer? ¿Hasta dónde nuestro trabajo ha favorecido a la violencia? ¿Cómo ha escrito el crimen organizado su historia en los cuerpos de miles de jóvenes y cómo nosotros hemos sido el amplificador de esa pedagogía de la crueldad? ¿Cuál es nuestro papel, como “perros guardianes de la democracia” no solo frente al crimen organizado, sino también frente a los medios, a la clase política y a las instituciones del Estado?

Recuperemos nuestro sentido de manada.

Diego Petersen Farah

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