La muerte el 29 de mayo del general Manuel Antonio Noriega en su país, donde había sido trasladado desde Estados Unidos para pasar los últimos días de vida en arresto domiciliario, y tras una fallida operación médica, parece cerrar uno de los capítulos más lamentables de la historia de Latinoamérica, como lo fue la invasión de Panamá, llamada Just Cause por parte del ejército norteamericano encargado de ella en diciembre de 1989 para detener al militar y cabeza del país en aquel momento. Detención que lo condujo a la corte norteamericana para ser juzgado por cargos relacionados con el narcotráfico. Su objetivo se cumplió, pero no sin un número significativo de bajas civiles y con declaraciones por parte de las Naciones Unidas o la Organización de Estados Americanos deplorando dicha acción. Hace un año, a finales de junio, también el país tuvo los reflectores del mundo porque se inauguró la ampliación del Canal de Panamá, publicitado como un nuevo canal por la magnitud de la obra de infraestructura, entendida como la posibilidad de crecer en número de barcos y su tamaño, así como en el volumen de mercancías transportadas entre los dos océanos que bañan las costas panameñas, y que fue estrenado con el paso del “Cosco Shipping Panamá” de una naviera china tras pagar 568,000 dólares.

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El costo final de la obra se ha valorado en 5,250 millones de dólares y su financiación se llevó a cabo con créditos asumidos con distintas entidades internacionales, y que ha significado la creación de un tercer carril, con sus respectivas esclusas, y un acondicionamiento del suministro de agua procedente del lago Gatún. Obra que con sus especificaciones puede seguirse en la página oficial de la Autoridad del Canal de Panamá para los interesados en tales detalles, aunque en ella no se hallarán los problemas suscitados por los sobrecostos de la construcción y que evidenció el desencuentro con la empresa española SACYR, principalmente, antes de que se sentaran a negociar para destrabar la finalización de este macroproyecto de ingeniería. A pesar del retraso de más de un año en la entrega de los trabajos, la confianza de los gobiernos panameños involucrados en esa magna empresa es incrementar los ingresos para las arcas del Estado.

Más de 10 años de estudios, con una dilatada historia pensando la comunicación comercial entre los océanos,1 propiciaron el inicio de la construcción el 3 de septiembre de 2007, siendo Presidente del país Martín Torrijos Espino, hijo del mítico militar que consiguió el Tratado Carter-Torrijos, signado en 1977, y que permitió la entrega de la soberanía del canal a los panameños, por parte de Estados Unidos, de esta vía comercial el último día de 1999. Un tratado precedido de muchos otros durante el siglo XX pero donde los estadounidenses siempre ejercieron su autoridad sobre las instalaciones, además de controlar un amplio territorio que entorna las principales instalaciones del Canal y conocido como la “Zona del Canal”. Solo con las acciones de Omar Torrijos y de los negociadores de ambos países, se llegó al acuerdo definitivo y su firma efectuada en Washington. Todo ello confirmado por el pueblo panameño a través de un plebiscito.2>

En medio quedaron convulsiones políticas y dramáticas jornadas convertidas en conmemoración, como lo es el “Día de los Mártires” el 9 de enero. Fecha de 1964 que recuerda el deseo de soberanía sobre el territorio ejemplificado con la intención de que la bandera panameña ondeara en la Zona del Canal, en concreto en la escuela secundaria Balboa. La ausencia de la bandera nacional enalteció a los estudiantes del Instituto Nacional que se dirigieron a izar el símbolo patrio en la mencionada secundaria, sin lograrlo por el acoso de estudiantes y civiles, resultando destruida la bandera panameña. Esta circunstancia exacerbó los ánimos de estudiantes y ciudadanía enterada de los acontecimientos y los disturbios se extendieron, también, a la ciudad de Colón. Los muertos causados por estos enfrentamientos, sin tener un dato concreto, son hoy los mártires, y el estudiante Ascanio Arosamena, uno de ellos, nombra a la antigua secundaria Balboa. Estos acontecimientos hicieron que por primera vez en su corta historia, el presidente de la República, Roberto Chiari, rompiera relaciones diplomáticas con Estados Unidos hasta lograr firmar un nuevo tratado referido al Canal. Trágico hecho que ya tuvo antecedentes con la “Operación Siembra de Banderas” en 1958, cuando muchos ciudadanos, entre ellos estudiantes, entraron a la Zona con enfrentamientos con la policía y el ejército estadunidense.3

A la distancia, recuerdo el domingo de la inauguración como un día de poco tráfico y personas por las calles de la capital panameña. Sin los embotellamientos (“tranques”) típicos de la ciudad por ser día feriado, era visible el especial interés de muchos ciudadanos por un día histórico para el país, y vendido como tal desde las instituciones públicas con una propaganda que también llenaba Panamá City con el lema: “Juntos lo hicimos”. También los medios de comunicación transmitieron por más de diez horas el evento, junto con entrevistas a personas relacionadas con la obra o funcionarios. Un día donde más de diez mil panameños asistieron a la inauguración gracias a un sorteo. Forma de hacer partícipe a una parte del pueblo que vio la diferencia establecida entre ellos y los invitados especiales; una comitiva de más de 2,400 invitados donde se incluían varios jefes de Estado, en especial latinoamericanos.

Panamá se ha convertido, y no solo por el Canal, en referencia positiva por ser el país que ha mostrado mayores índices de crecimiento macroeconómico en la región. Sin embargo, no todo ha sido tan brillante en los últimos años. Junto a las noticias que hablan de los estudios para construir un canal en Nicaragua, como competencia al suyo, también lo ha sido la caída del precio del petróleo, lo que ha provocado que muchos barcos opten por rodear el continente y no pagar las altas tasas canaleras. A estos temores se han agregado otros que afectan su imagen internacional y la percepción interna de la población. El primero son los casos de las empresas offshore, sociedades creadas fuera del país donde se reside e involucradas en los conocidos como “Papeles de Panamá”. Caso convertido en internacional y que destapó a esas compañías fantasmas, muchas de ellas, pero constituidas en paraísos fiscales para evitar el pago de impuestos en los países donde se tiene fijado el domicilio de sus titulares.

Si esto no fuera poco, igualmente se han exhibido casos de corrupción asociados a la empresa brasileña Odebrecht, encargada de un sinnúmero de obras en Panamá, y donde están salpicados funcionarios y empresarios nacionales y extranjeros; situación que para la empresa se ha extendido con casos de corrupción en más países latinoamericanos y africanos. A lo anterior hay que agregar la persecución por corrupción que el gobierno actual del Presidente Juan Carlos Valera lleva a cabo sobre Ricardo Martinelli, su predecesor, ambos pertenecientes a familias muy influyentes del país, y que le permitió el pasado año a Martinelli ser considerado, dentro de un ranking similar a los deportivos, como el tercer personaje más corrupto a nivel mundial, según la organización Transparencia Internacional, por delante del expresidente de Ucrania Viktor Yanukovych y la empresa Petrobras de Brasil. Cúmulo de situaciones productoras de la estrepitosa baja de la popularidad de este gobierno acusado también de corrupción y que coincide con circunstancias tan inverosímiles como la escasez de productos básicos, como la cebolla, convertida en parte del debate sobre la seguridad alimentaria nacional.

Este país, paso constante de seres humanos en su historia y hoy de la misma forma atravesado por un sinnúmero de pobladores de todo el mundo, y con pueblos indígenas muy desconocidos salvo para antropólogos o turistas en busca de exotismo, tuvo en la celebración canalera una exaltación patriótica de un país en constante reafirmación identitaria, seguramente por el mismo nacimiento de su Estado, deseado nacional como todos los de la región. Reafirmación porque hay que recordar que su Independencia como país, tal como hoy en día lo conocemos, la consiguió en 1903 separándose de la Gran Colombia. Ello no significa que dejara de participar en la independencia del Imperio español impulsada por los libertadores del Sur en 1821 y Simón Bolívar a la cabeza. Como ejemplo de ello fue la celebración en 1826, en la capital panameña, del Congreso Anfictiónico, uno de los deseos bolivarianos para unir a los pueblos de Latinoamérica, con la excepción de Puerto Rico y Cuba que solo la lograrían a finales del siglo XIX. Congreso ambicioso en sus propuestas pero cuyos resultados no fueron los deseados, tal vez por las nuevas situaciones que vivían los antiguos territorios coloniales en plena conformación institucional. No es casual que Simón Bolívar escribiera en 1815, con respecto a sus ideas y el papel de Panamá lo siguiente:

Es una Ydea [sic] grandiosa pretender formar de todo el nuevo mundo, una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbrez […] y una Religión, debería por consiguiente tener un solo Gobierno, que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; […] situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres de semejantes dividen a la América: ¡Que bello sería que el Ystmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los Griegos! ¡ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los Reprecentantes [sic] de las Repúblicas, Reynos [sic] é Ymperios [sic] á tratar y discutir sobre los altos intereses de la Paz y de la Guerra, con las naciones de las otras tres partes del Mundo.4

Raíces históricas reconocidas para la posterior construcción del nuevo Estado y que sigue queriéndose identificar en su singularidad pero que no deja de ser pensada, y vivida, como una gran diversidad en su conformación poblacional desde sus orígenes hasta la actualidad. De ahí que su vocabulario esté atravesado por muchas palabras de distinta procedencia y donde, a pesar de los rechazos, predominan las de origen inglés por la influencia norteamericana. Cuara (25 centavos), man (hombre) o priti (bonito, bello) son términos que ilustran el cruce de caminos que Panamá ha representado, y lo sigue haciendo, en el continente americano. Hoy, tras décadas de convulsiones políticas, sus retos trascienden la economía para hacer creíble su democracia luchando contra la corrupción y propiciando la transparencia. Además, la construcción nacional de uno de los países más jóvenes de Latinoamérica sigue explorando formas incluyentes de identificación panameña, aquella donde quepan todos sus pobladores con sus múltiples orígenes o procedencias.

Miguel Lisbona Guillén (Barcelona, 1963), Investigador Titular “C” del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (CIMSUR), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).


1 Celestino Andrés Araúz (1013), “Un sueño de siglos: el Canal de Panamá”, en Debate, n. 21, septiembre, Asamblea Nacional de Panamá, Panamá, pp. 36-60.

2 Carlos Pérez Morales (2011), El Canal de Panamá: geopolítica y hegemonía de Estados Unidos hacia Panamá a partir de los Tratados Torrijos-Carter, Editorial Universitaria Carlos Manuel Gasteazoro, Panamá.

3 Jorge Flores (2014), “Cincuentenario de la gesta patriótica de enero de 1964”, en Debate, n. 22, abril, Asamblea Nacional de Panamá, Panamá, pp. 13-27.

4 Simón Bolivar (2015), Carta de Jamaica (1815-2015), Comisión Presidencial para la Conmemoración del Bicentenario de la Carta de Jamaica, Caracas, p. 28.

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