Llama mucho la atención lo que dijo López Obrador al integrar a Lino Korrodi, ex líder de “Los Amigos de Fox, a su equipo: “No es posible que el que cometa un error ya está condenado a la marginación, a estar estigmatizado de por vida, creo que se vale rectificar en la vida y que hay que aceptar a todos, mujeres y hombres de buena voluntad que quieren luchar por un verdadero cambio”. Es difícil creer Andrés Manuel sea un ávido lector de Hannah Arendt. Sin embargo. su declaración es prácticamente una calca de lo dicho por la teórica política en su libro La condición humana. Al hablar de la capacidad de perdonar Arendt menciona:

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Sin ser perdonados, liberados de las consecuencias de lo que hemos hecho, nuestra capacidad para actuar quedaría, por decirlo así, confinada a un solo acto del que nunca podríamos recobrarnos; seríamos para siempre las víctimas de sus consecuencias, semejantes al aprendiz de brujo que carecía de la fórmula mágica para romper el hechizo… (1958).

No obstante, habría que mirar dos veces a la categorización del perdón como un acto político por parte de Arendt; para ella el perdón no era un acto unilateral que se otorga por gracia del que perdona, sino por petición (promesa) del otro para reinaugurar la relación entre ambos. Arendt explora esto a través de la figura de Jesús de Nazaret y su uso del perdón, no como un instrumento religioso, sino como una herramienta de la construcción de una comunidad política de sus seguidores frente a las autoridades públicas de Israel.

En nuestro contexto es decisivo el hecho de que Jesús mantenga en contra de los «escribas y fariseos» no ser cierto que sólo Dios tiene el poder de perdonar, y que este poder no deriva de Dios -como si Dios, no los hombres, perdonara mediante el intercambio de los seres humanos-, sino que, por el contrario, lo han de poner en movimiento los hombres en su recíproca relación para que Dios les perdone también. La formulación de Jesús aún es más radical. En el evangelio, el hombre no perdona porque Dios perdona y él ha de hacerlo «asimismo», sino que «si cada uno perdonare de todo corazón», Dios lo hará «igualmente». La insistencia en el deber de perdonar procede claramente de que «no saben lo que hacen», y esto no se aplica al punto extremo del pecado y al mal voluntariamente deseado. (1958)

Arendt cita este ejemplo porque para ella en el perdón como acto político hay un elemento ineludible – deshacer – lo hecho y rehacer en el sentido contrario. Aquí habría que preguntarnos entonces sí, primero, hay una construcción colectiva de este perdón y hay una voluntad o promesa de rehacer los males que se han hecho antes. Para López Obrador es claro, basta con unirse a Morena para estar luchando por el “cambio verdadero”. Sin embargo, esto abre el espacio para que otros movimientos y políticos hagan uso del perdón como herramienta política para engrosar sus movimientos.

En este sentido podríamos hacer un paralelo con la discusión de la invitación al Frente Amplio Opositor por parte del PRD y del PAN a partidos como Nueva Alianza y el Verde, que recientemente han ido de la mano con el PRI en diversos procesos. Esto ya ha levantado controversias, sin embargo, voces como Juan Zepeda, excandidato del PRD a la gubernatura del Estado de México han dicho: “no se le pude decir que no al Verde porque ha estado siempre con el PRI”. Bien podría argumentarse que la intención de crear un Frente para la transformación de México es suficiente para perdonar al Verde sus constantes violaciones a la ley electoral.

¿Cuál es el límite entonces del perdón como herramienta política? ¿Por qué podemos perdonar a Manuel Bartlett después del fraude de 1988 y condenar a Miguel Ángel Yunes por haber sido aliado de Elba Esther Gordillo? ¿Quién detenta el perdón? Habría que regresar a Arendt y ver cómo ella pone como parámetro la reversibilidad y voluntad de transformación de quien busca el perdón.

La alternativa del perdón, aunque en modo alguno lo opuesto, es el castigo, y ambos tienen en común que intentan finalizar algo que sin interferencia proseguiría inacabablemente. Por lo tanto es muy significativo, elemento estructural en la esfera de los asuntos públicos, que los hombres sean incapaces de perdonar lo que no pueden castigar e incapaces de castigar lo que ha resultado ser imperdonable. Ésta es la verdadera marca de contraste de esas ofensas que, desde Kant, llamamos «mal radical» y sobre cuya naturaleza se sabe tan poco. Lo único que sabemos es que no podemos castigar ni perdonar dichas ofensas, que, por consiguiente, trascienden la esfera de los asuntos humanos y las potencialidades del poder humano. Aquí, donde el propio acto nos desposee de todo poder, lo único que cabe es repetir con Jesús: «Mejor le fuera que le atasen al cuello una rueda de molino y le arrojasen al mar».(1958)

En ninguno de los casos los actos cometidos son irreversibles o imposibles de perdonar. En cualquiera de ellos quizás lo que está causando tanto escándalo es la poca reflexión que hay detrás del otorgamiento del perdón a figuras que son tan públicamente repudiables. Es una categoría importante que debe existir en la política, la capacidad de redimirse, aparecer en público y arrepentirse. No obstante hay una ausencia de pedimento de perdón, de reflexión y sobre todo hay un ejercicio unilateral del perdón de una clase política perdonándose a sí misma, sin validación ciudadana. Es decir, para los partidarios de AMLO aceptar a Korrodi, Bartlett, Moctezuma y muchos otros es un mal necesario si quieren simpatizar por su proyecto. Así como para quienes simpatizan con el Frente ahora tendrán que cargar con la sobrevivencia del Verde a costa del erario si quieren seguirlo impulsando. Hay lugar en la política para el perdón, sin embargo, éste pierde mucha legitimidad cuando no viene acompañado de un diálogo público para justificarlo.

Saúl Vázquez Torres es estudiante de Relaciones Internacionales en el ITESM, Campus Santa Fe; Consejero Nacional del PRD e Integrante de la Iniciativa Galileos.


Referencias

Hannah Arendt. (1958). La Condición Humana. Barcelona: Paidos.

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