Más allá del número de alcaldías, diputaciones (locales y federales), escaños en el Senado, gubernaturas, y obviamente, la presidencia, la disputa electoral mexicana de 2018 se enclava en la lógica mundial de evaluación sobre el proyecto de globalización. Desde la crisis de 2008 el proyecto de la modernidad ha sido cuestionado por el surgimiento de alternativas populistas que buscan una retrotopía que ya sea por la derecha o la izquierda restaure el modelo de Estado–Nación que se ha ido diluyendo con el advenimiento de la integración comercial, o política en el caso de la Unión Europea. México no está exento de esta disyuntiva.

El acuerdo político de pluralidad que se alcanzó luego de la reforma política de 1996, en la cual los partidos más grandes de la oposición pudieron acceder en una cancha pareja al poder, vino acompañado de instituciones como la CNDH, el IFE (Ahora INE) y posteriormente el IFAI (Ahora INAI); la trayectoria de México parecía ir, ahora sí, hacia el desarrollo y la democratización de nuestra sociedad. Sin embargo, 20 años después la promesa de modernidad sigue sin cumplirse y lo que tenemos es un régimen corrupto, como recientemente mostró Animal Político, con altas barreras de entrada a la participación política y un fenómeno de violencia vinculada al crimen organizado sin precedentes en la historia nacional.

La decepción ciudadana llevó a la elección del viejo partido de régimen en 2012, si bien se reconocía su corrupción institucionalizada se creó el mito de que sabía gobernar. Bastó un sexenio para diluir el mito del Ogro Filantrópico ahora tan sólo un Ogro Demediado, según Jesús Silva-Herzog:

El partido que ha recuperado el poder ya no es el partido bifronte que describía el poeta [Paz]. La alternancia sirvió al PRI para reducirse a una sola facción y cohesionarse bajo el molde de la política mexiquense: disciplina, solemnidad y corrupción. El PRI de Enrique Peña Nieto no es el partido estructuralmente confrontado del siglo XX. La “casta política” barrió a su adversario. El Gobierno federal ha limpiado las fricciones ideológicas. No quedan técnicos ni aparecen las ideas. El verdadero proyecto de la administración es el consenso, es decir, la falta de proyecto. No aparece una tensión entre la razón técnica y la estrategia política; no se percibe ya tirantez entre el proyecto y el método porque el propósito gubernamental es la simple gestión de sus respaldos. Lo importante es ganar votos del PRD aquí y votos del PAN allá, no qué hacer con esas alianzas. Lo importantes es callar disidentes, no importa cuál sea el costo de su silencio. La sacralización del acuerdo ha servido a este gobierno sin orientación para tapar su carencia fundamental. El consenso ha quedado como el único valor porque el proyecto, si es que algún día existió, se ha diluido. La ocurrencia, esa salida casual que brota sin reflexión entre las prisas y las transacciones, vuelve a ser la moneda crucial de la política pública. La única brújula parece ser la negociación.

Es decir, no bastó con regresar al PRI para restaurar la estabilidad del s. XX mexicano, su proyecto nacionalista desapareció y su efectividad política, también. Ante esto una voz se ha alzado como la única capaz de regresarnos al origen, a la gloria del Milagro Mexicano; de gira por Nayarit en 2017, Andrés Manuel López Obrador dijo “Claro que queremos regresar al pasado” y prometió echar para atrás la Reforma Energética prometiendo el sueño del nacionalismo petrolero.

Este fenómeno, como mencionamos hace unas líneas, no es exclusivo a México, ante las fallas del proyecto democrático, Donald Trump prometió Hacer a América grande otra vez; Marine Le Pen, restaurar el orgullo patrio en Francia y Nigel Farage describió el Brexit como un triunfo del pueblo británico. ¿Esto quiere decir que estamos condenados a caminar esta misma ruta? ¿Es momento de sucumbir ante los nacionalismos?

La disputa del 2018 no puede ser planteada sólo en términos de quién llegará a la presidencia, sino qué proyecto de país queremos vivir. Hasta ahora parece ser que la contienda será entre el proyecto nacionalista de Morena y el Frente Ciudadano por México, mientras que el desgaste de un sexenio lleno de escándalos complicaría al PRI participar efectivamente de la contienda. Sin embargo, a pesar de que el Frente parece partir con ventaja, su posición será lograr presentarse como algo efectivamente diferente al régimen corrupto que vivimos, ante la narrativa obradorista de la captura por una mafia en el poder y la necesaria llegada de un gobierno patriótico el Frente necesita romper con imágenes como la que describe Jorge Javier Romero:

¿Por qué un frente amplio? ¿Cuál es la situación crítica en la que está inmerso el país que amerite una gran coalición entre la derecha católica y una izquierda bastante indefinida? Asumiendo sin conceder que una coalición entre los dos grupos promotores del acuerdo tuviera alguna equivalencia con la coalición entre socialdemócratas y democratacristianos en Alemania, –empezando por la relevancia y la coherencia de ambos partidos respecto a sus émulos locales– no queda claro cuál es el gran objetivo nacional que concita la confluencia. Solo la idea de que el objetivo del frente sería impulsar un cambio de régimen, para acabar con el presidencialismo, defendida con ahínco por Fernando Belaunzarán pero sin demasiado eco entre sus interlocutores, tiene algún sentido, aunque no basta para articular toda una agenda política. Mucho hueso, pero poco tuétano.

Más bien, el objetivo de la alianza propuesta es salvar los trastos de la debacle anunciada por el éxito del chef veterano que ha puesto tienda propia. El PRD languidece, mientras buena parte de su clientela se ha ido al nuevo changarro, que crece y recoge todo lo que le sirva para aumentar su preponderancia. A los dueños de los despojos no les queda más opción que someterse y venderle el puesto al antiguo socio al mejor precio posible o buscar la sociedad con los de la calle de enfrente, a ver si juntos logran enfrentar la competencia.

Hasta ahora el Frente le parece a muchos en la sociedad civil no más que un esfuerzo de élites partidistas para sobrevivir ante la avalancha de un discurso atractivo como el de López Obrador. Sin embargo, el Frente tiene aún la oportunidad de plantear la elección en términos distintos. En 2016, cuando Trump aceptó la candidatura presidencial republicana en Estados Unidos, Feisal G. Mohamed planteó  en el New York Times que la elección presidencial en Estados Unidos era básicamente la disputa entre dos versiones de lo político, la de Hannah Arendt contra la de Carl Schmitt. Mohammed identificó que la manera de concebir la política en el discurso público de Trump era parecido al del clásico Concepto de lo Político de Schmitt; la identificación de los enemigos del pueblo americano, aquellos que se oponían al bienestar del Pueblo: musulmanes e inmigrantes. En ese mismo sentido López Obrador lo han dicho una y otra vez; ¿Están con el pueblo o con la mafia en el poder?

Del otro lado de la contienda, está Arendt, el pluralismo democrático. En su libro Los Orígenes del Totalitarismo advierte que:

Desde el punto de vista de una organización que funciona según el principio de que todo el que no esté incluido está excluido, todo el que no está conmigo está contra mí, el mundo en general pierde todos los matices, diferenciaciones y aspectos pluralistas que en cualquier caso se han tornado confusos e insoportables para las masas que han perdido su lugar y su orientación en ese mundo. Lo que les inspiraba con la inquebrantable lealtad de los miembros de las sociedades secretas no era tanto el secreto como la dicotomía entre Nosotros y todos los demás.

Para Arendt, la política sólo puede suceder en el pluralismo, este como valor del diálogo democrático es irrenunciable, las dicotomías son propias del autoritarismo. Tarde trató Hillary Clinton de plantearse como una defensora del pluralismo, y nunca pudo dejar esa imagen de que en realidad era una defensora del statu quo, parte de ese pantano que Trump prometió drenar. ¿Podrá el Frente Ciudadano deslindarse de la imagen de Mafia del Poder?

El Frente tendrá que en primera instancia advertir y convencer del peligro que es concebir la política desde la óptica de amigos contra enemigos, la necesidad del diálogo y los acuerdos como parte de la política; es decir, enarbolar la bandera de la democracia como proyecto. Segundo, asumir compromisos claros con ese proyecto, reconocer las fallas de los últimos 20 años que no han permitido que éste proyecto triunfe, entre ello un compromiso con la implementación del Sistema Nacional Anticorrupción, y en el camino que emprendieron en oposición al pase automático del Fiscal, garantizar la auténtica autonomía y abandonar cualquier pretención de nominar a alguien cercano al Frente e ir delimitando el perfil de un ciudadano sin vínculos partidistas y por último construir este proyecto de una manera plural, es decir, dejar de lado las prácticas autoritarias que han sido denunciadas tanto en el PRI como en Morena y abrir las puertas a la conformación del Frente, su proyecto y su candidatura a la ciudadanía en general, dejar de organizarse como un proyecto cupular y tomar en serio el término Ciudadano en la conformación de su nombre.

Ante el retorno global de los nacionalismos, en México puede haber una alternativa, pero ésta depende de que la clase política y ciudadanía reconozcan los errores que han ralentizado la transición democrática, a 20 años de la apertura del régimen político, falta una auténtica pluralización del mismo que permita recuperar la confianza ciudadana en la Democracia y su proyecto. Los costos de no hacerlo están a la vista de nosotros ya en varios países del mundo, habremos de preguntarnos, ¿Ese es el camino que queremos para México?

Saúl Vázquez Torres es estudiante de Relaciones Internacionales en el ITESM Campus Santa Fe, Consejero Nacional del PRD e Integrante de la Iniciativa Galileos.

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