Cada vez que asesinan a una mujer más, brotan las columnas de opinión, los periódicos intentan reconstruir los hechos. Los debates florecen en Twitter y las reflexiones en Facebook. Los comentarios, recuentos, explicaciones, lamentos y sollozos se replican en persona, por mensaje, en nuestras mentes.

Cada vez que asesinan a una mujer más, por el simple hecho de serlo, tratamos de entender, de explicar, de contar estadísticas, de medir el tamaño de la tragedia, de hacer sentido de la barbarie o de comunicar la profundidad de la frustración y del coraje.

Pero todos los días, hasta en las cosas más ínfimas, hay pequeñas muestras de machismo. Las reflexiones de los feminicidios casi siempre son a gran escala y a posteriori. Pero todos los días, todo el tiempo, en lo más cotidiano y en lo más normal, podemos empezar por algo.

Meses después de que asesinaran a Lesvy y semanas antes de que mataran a Mara, fui a una cena con amigos. El primero en decirlo fue un hombre. Estábamos platicando de cualquier cosa cuando dijo que se había dejado ir como gorda en tobogán comprando ropa. La mujer junto a él se rió. Y después confesó que ella también se había dejado ir como gorda en tobogán, pero comiendo.

Ambos, hombre y mujer, se refirieron a sí mismos como gorda, en femenino. Y ambos hablaron de perder la mesura, de comer o gastar más de lo planeado. Hablaban de situaciones en las que se habían excedido.

Lo único peor que un hombre con sobrepeso, es una mujer gorda. Un gordo es chistoso, es irrisorio, es flojo. Una gorda es asquerosa, indeseable, lamentable. Perder el control es negativo. Pero lo único peor que un hombre que se excede, es una mujer que hace lo mismo.

Emborracharse está mal, claro, pero es mucho peor cuando una mujer lo hace. Un hombre promiscuo es mujeriego, una mujer con muchas parejas sexuales; una zorra.

Para una mujer, dejarse ir es perder el control en todos los roles que se nos asignan por género: una madre no se puede dejar ir, porque descuida a sus hijos. Una mujer soltera no se puede dejar ir, ni emocionalmente –porque qué intensa– ni sexualmente –porque qué puta–.

Una mujer como hija no se puede dejar ir, ¿y preocupar a sus padres? Una mujer profesionista no se puede dejar ir como, tal vez lo harían sus colegas hombres, en beber o comer –qué borracha y qué tragona– ni en delegar o escarmentar –¡qué perra!–. Una mujer como pareja o esposa no se puede dejar ir, descuidando su imagen personal arriesgando ser indeseable.

Por eso cuando nos burlamos de nuestros excesos y nos dejamos ir, lo hacemos como gordas. Porque cuando los hombres se exceden en comer, en beber, en gastar, en querer o en ligar, sólo hay una condición que lo puede empeorar: hacerlo como niña. Como nena. Como mujer. Femenino y débil. Gorda y asquerosa. Excedida e indeseable.

Para la sociedad mexicana, lo más vergonzoso y bajo que existe es exactamente esa mujer rechoncha, con las carnes fuera del bikini, resbalando y disfrutando su caída sonriente en el agua y levantando los brazos con las lonjas rebotando, salpicando agua por doquier y riendo a carcajadas hasta que cae, causando una explosión de agua y haciendo olas.

El lenguaje importa. En un país donde tanto no funciona, donde los feminicidios se acumulan día a día alimentando la voracidad del machismo con un sistema judicial caracterizado por la impunidad, podríamos al menos iniciar por el lenguaje. Deberíamos, al menos, reconocer y replantear, que una mujer gorda tal vez merece disfrutar su vida.

Alejandra Ibarra Chaoul

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