Desde hace varias décadas, Alemania ha venido jugando un papel central en la toma de decisiones económicas, sociales y políticas de la Unión Europea, y más recientemente, a nivel mundial, en gran medida a partir de las tensiones entre Estados Unidos, Corea del Norte, China y Rusia.

Como en cualquier Estado, lo que sucede al interior del país define de manera importante las acciones de política exterior, y en el caso alemán, su rol e influencia dentro de la Unión Europea.

El domingo pasado hubo elecciones en Alemania para renovar su Parlamento federal (Bundestag), y como consecuencia de ello para definir a el o la Canciller que encabezaría el gobierno por los siguientes cuatro años.

En el sistema electoral alemán, el ciudadano cuenta con dos votos. El primero en el que elige directamente a un representante de su circunscripción (Wahlkreis), y en el segundo, vota por una lista de partido, para la asignación de escaños por representación proporcional.

Es decir, existe un número fijo de espacios con representantes que son elegidos directamente (299), y la otra parte de los asientos del Parlamento es variable, ya que se asigna de manera proporcional a los partidos que hubieran alcanzado al menos el 5% de votos válidos según su votación. De manera tal, que al final, todos los partidos tengan en el Bundestag un número de diputados equivalente al total de su votación, en esta ocasión con un total de 709 escaños.

El gobierno en turno se formará del partido o partidos que integren una mayoría simple en el Bundestag, a partir de un convenio de coalición en el que elegirán a quien encabezará el gobierno (Canciller) y a su gabinete.

Una elección sorpresiva

Previo a las elecciones del domingo pasado, todas las encuestas pronosticaban una victoria del partido Cristiano Demócrata Alemán (CDU) y de su aliado natural el partido de la Unión Social Cristiana (CSU), y por lo tanto, la continuidad de Angela Merkel al frente del gobierno. Sin embargo, dado las características del sistema parlamentario alemán, la incógnita a resolver era con qué partidos se aliarían el CDU y el CSU para formar gobierno.

Desde el 2013, la coalición gobernante en Alemania se integraba por los partidos CDU, CSU y el partido Social Demócrata (SPD). En ese mismo año, se creó el partido Alternativa para Alemania (AfD) de corte euroescéptico y cuya bandera principal era el rechazo al euro y a los rescates económicos a países europeos.

Cuatro años después, el voto alemán ha cambiado mucho, y le ha dado entrada al Bundestag a partidos que no formaban parte de ese órgano en 2013. Todo indica que el viraje más importante de votantes viene de la propia Unión (CDU+CSU) que perdieron un poco más de siete millones de votos, y de los millones de votos que revivieron al partido Democrático Libre (FDP) y le dieron un espacio al AfD, situado ahora en la ultraderecha.

¿Qué coalición se puede esperar?

El mismo día de la elección, cuando empezaban a fluir los resultados preliminares de la votación, Martin Schulz, el candidato a Canciller del SPD, anunció la decisión de su partido de no formar parte de la coalición para integrar gobierno, y más bien situarse como primera fuerza de oposición en el Bundestag.

Muy probablemente la decisión de no volver a formar parte del gobierno se debió a que el SPD como partido gobernante perdió alrededor de cinco millones trescientos treinta mil sufragios. Más sorprendente aún es que poco más de un millón seiscientos mil alemanes que en 2013 habían votado por los partidos que integraron la coalición (CDU+CSU+SPD) en esta ocasión optaran por el abstencionismo.

Para integrar gobierno, el binomio CDU+CSU necesariamente tiene que aliarse con otros partidos para alcanzar la mayoría relativa en el Bundestag. Dados los números de la elección solamente existen dos combinaciones posibles. Repetir la formada en 2013 (CDU+CSU+SPD), o bien la denominada coalición Jamaica, llamada así por los colores distintivos de los partidos, entre el partido Verde (Die Grünen) la Unión (CDU-CSU) y el partido Democrático Libre (FDP).

Ambas posibilidades se ven muy complicadas. Por una parte, el SPD anunció desde un principio que ya no formaría parte de la coalición gobernante. El desgaste de los cuatro años le ha costado al SPD el 5.2% de su votación, y a la Unión (CDU-CSU) alrededor del 8.5%. De ahí que la lógica partidaria interna del SPD apunte a permanecer en la oposición para evitar seguir perdiendo votos e influencia en los siguientes cuatro años.

En el caso de la posible coalición Jamaica hay diferendos muy claros entre los programas de los partidos. Por una parte los Verdes quieren que Alemania abandone los motores de combustión para el 2030 y los del FDP consideran que su uso debe extenderse más allá de esa fecha. Los Verdes y el CSU tienen visiones radicalmente distintas en cuanto a las políticas de asilo a refugiados, y mientras que en el tema tributario los Verdes quieren subir impuestos a los más ricos, la Unión busca enfocarse en pequeños y medianos contribuyentes. Así también en cuanto a la Unión Europea, el FDP y el CSU tienen una actitud escéptica a sus políticas, mientras que los Verdes y el CDU apoyan una mayor integración.

Los ganadores de la elección

Sin duda alguna los grandes ganadores de la elección son los liberales del FDP y los ultraderechistas del AfD.

El primero de ellos dejó el Bundestag en octubre de 2013, después de una estrepitosa derrota que lo sacó del parlamento alemán que había integrado ininterrumpidamente desde 1949. Muy probablemente el exitoso regreso del FDP tenga que ver con la campaña electoral del presidente de ese partido, Christian Lindner, cuyo spot parece más un videoclip musical que una propuesta política.

Por otra parte, el AfD ahora más identificado con la ultraderecha, entró con fuerza al Bundestag con un 10,7% de la votación que le dieron 94 de los 709 escaños disponibles.

La irrupción del AfD marca un antes y un después en la política alemana. Debido a su pasado histórico, las ideologías ultraderechistas en Alemania aunque presentes como en cualquier otro país, no habían tenido desde el final de la segunda guerra mundial mayor eco entre la población alemana. Sin embargo, la reciente llegada de millones de refugiados al país y algunos incidentes vinculados con la acogida e integración de estas comunidades han dado oportunidad para que el discurso antiinmigrante e islamófobo tenga cierto peso entre el electorado alemán, y de ahí la ventana de oportunidad del AfD.

Resultados históricos

La elección del domingo pasado en Alemania confirmó de facto el mandato como   Canciller de Angela Merkel por cuatro años más; lo cual la coloca junto con Helmut Kohl, como los políticos que durante más tiempo han estado al frente de ese país desde 1949. Además del hecho evidente de ser la única mujer en el cargo en la historia de ese país.

Desde 1949 no había tantos partidos con programas políticos tan diferentes como ahora en el Bundestag. A ello habría que añadir que a pesar del abstencionismo de electores de todos los partidos, la participación ciudadana ascendió al 76,1% del total del padrón de electores alemán.

La aparición de la ultraderecha con el AfD rompe un tema tabú en la sociedad alemana, que desde los horrores del nazismo, desterró cualquier posibilidad de una ideología de ultraderecha en la vida pública, e incluso en los espacios más íntimos de la sociedad alemana.

Después de veintiocho años de la reunificación, la Alemania occidental y del este sigue distinguiéndose en las urnas. El AfD se colocó como la segunda fuerza política en los antiguos estados alemanes del este, e incluso en Sajonia como la fuerza dominante. Mientras que en los estados de la entonces denominada Alemania occidental se situó en el tercer sitio. Al SPD le fue mejor en los entonces estados del este, mientras que la unión CDU-CSU tuvo mejor desempeño en los estados occidentales.

Por otra parte, el partido de izquierda alemán (die Linke) que tenía una gran acogida en los estados del este perdió ganando. Es decir, si vemos los números, incrementó el porcentaje de votación recibida y los asientos en el Parlamento. Sin embargo, dada la irrupción del AfD y el FDP, pasó de ser la tercera fuerza en el Bundestag, al quinto lugar en ese órgano federal.

Una decisión polémica

A todo eso habría que añadir una decisión controversial del Tribunal Constitucional Alemán, que en enero de este año determinó no declarar como ilegal al partido neonazi NPD en Alemania. Si bien en su sentencia el tribunal alemán reconoció que el NPD perseguía un ideario político contrario a la dignidad humana y a los principios de la democracia, al final no debía ser prohibido ya que no tenía el peso político para incidir en la vida parlamentaria alemana, y así lograr sus objetivos.1

Paradójicamente, aunque el AfD no tuvo nada que ver con la sentencia del Tribunal Constitucional Alemán, en su programa y discurso, sí se recogen algunas ideas, políticas y demandas similares a las del NPD. En este caso, sí se trata de un partido que forma parte del Bundestag, y que seguramente incidirá en la vida parlamentaria de ese país.

En todo caso, el fenómeno del AfD no puede verse de manera aislada, sino más bien como una corriente de ultraderecha con cada vez más fuerza en Europa, que ha tenido acogida en Holanda, Francia, Austria, Polonia y desde el domingo pasado oficialmente en Alemania.

Francisco Zorrilla es maestro en derecho por la Universidad Rheinische Friedrich-Wilhelms en Bonn, Alemania.


1 La decisión del Tribunal Constitucional Alemán rompió con dos precedentes que prohibían partidos contrarios a los fines del Estado alemán, en el caso del SRP en 1952 y del KPD en 1956.

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