Gerard Piqué, defensa central del F.C. Barcelona, se convirtió en uno de los principales afectados del atropellado referéndum catalán. En medio de la vorágine, un debate construido en torno a su figura ha ganado espacio en los titulares de la prensa global y ha provocado una avalancha de reacciones en redes sociales: ¿debe renunciar de manera definitiva a las convocatorias de la selección española, con la que se coronó campeón del mundo en Sudáfrica 2010 y cuyos colores defiende desde los 16 años?

Fotografía cortesía de Milenio.

El futbolista ha cuidado no pronunciarse a favor o en contra de la independencia, pero desde un inicio aprovechó todos los micrófonos para abogar por la legitimidad de la consulta. Este posicionamiento, que hizo público desde 2014, le ha costado sufrir pitadas en los partidos del combinado español y ha sido suficiente para que diversas voces –incluidas ocho peticiones en la plataforma Change.org– consideren que no debe vestir más la camiseta de la Roja. Acorde con el devenir del referéndum en Cataluña y el desastre gestionado por la incapacidad de Mariano Rajoy, la exigencia ha crecido exponencialmente, al grado que el propio jugador, entre lágrimas, planteó la posibilidad de dejar el equipo, si el entrenador o la federación creen que su presencia representa un problema.

La polémica está lejos de ser un mero asunto anecdótico, restringido a las tertulias de los noticiarios deportivos o a conversaciones entre aficionados. El caso Piqué ofrece una ventana para reflexionar sobre la manera en la que el balompié profesional ha desempeñado un rol protagónico en la cuestión soberanista catalana –no hay que olvidar la campaña de la directiva del Barcelona a favor del referéndum-, pero también sobre la forma en que son pensadas y asumidas las identidades políticas y culturales. El campo de futbol, en tanto espacio público, es escenario y catalizador de dinámicas sociales que van más allá del simple acto de disputar una pelota.

Si bien son múltiples las aristas que se pueden explorar a partir del caso Piqué y de la instrumentalización del deporte en el debate político, hay una en particular sobre la que es importante reparar: la selecciones de futbol como caja de resonancia de las tensiones entre los nacionalismos y la pertenencia a una comunidad política específica. Desde las ciencias sociales, los trabajos de autores como Alabarces, Villena y Dávila-Londoño han demostrado el rol del balompié como “eje condensador de adhesiones y arraigos detrás de los cuales se nutre el sentimiento nacionalista”, que ha encontrado en las selecciones un canal de expresión particular, al asumir éstas la representación de un país en el ámbito internacional.

El caso español ofrece un panorama genuino. Más que un eje condensador de un discurso nacionalista hegemónico –como ocurre en América Latina, por ejemplo-, la Roja ha sido un espacio de mediación entre por lo menos cuatro narrativas nacionalistas plenamente estructuradas: la vasca, la gallega, la catalana y la española. Salvo contadísimos casos –el último el del cuasi-anónimo Oleguer Presas- jugadores que de manera abierta se identifican culturalmente con narrativas nacionales distintas a la española-castellana han acudido siempre al llamado de la selección. Es el caso de futbolistas catalanes icónicos como Xavi, Puyol, Guardiola y el propio Piqué. Incluso, aunque el parlamento del País Vasco mantiene la prohibición para que la Roja pise sus estadios desde hace medio siglo, jugadores como Xavi Alonso, Fernando Llorente o Javi Martínez, nacidos en el territorio reivindicado por Euskadi, han priorizado su participación en el combinado español sobre los llamados de la selección vasca, que aunque no disputa los torneos oficiales de la FIFA tiene una intensa actividad y una afición comprometida.

El consenso era que no existía una contradicción profunda entre la adscripción a una identidad nacional específica y representar a nivel internacional al futbol español. Como el propio Piqué ha dejado en claro en sus más recientes declaraciones: “¿Patriotismo? Ir a la selección no es una competición de patriotismo, el que va no es el más patriota de todos. Ha habido muchos jugadores que se nacionalizaron desde otros países y no eran españoles, y no la sentían como otros que quizá la sientan más. Ir a la selección es ir allí, jugar lo mejor posible para intentar ganar”. El argumento del central culé está cargado de lógica deportiva y descansa sobre pilares históricos: futbolistas como Di Stefano, Puskas o Diego Costa vistieron la camiseta de la Roja tras nacionalizarse. Los tres defendieron previamente los colores de las selecciones de sus países de origen: Argentina, Hungría y Brasil, sin que en España hubiera mayores aspavientos.

El caso español, sin embargo, era, hasta cierto punto una excepción en el balompié internacional. Basta con ver las intensas polémicas que se viven en distintos puntos del globo respecto a la presencia de futbolistas naturalizados en equipos nacionales. El caso que nos es más cercano es el de México, en el que jugadores de origen argentino como Guillermo Franco, Gabriel Caballero o Matías Vuoso, han sido cuestionados severamente no tanto por sus capacidades futbolísticas, sino por “no sentir la camiseta”, dada la “artificialidad” de su mexicanidad. No es un caso aislado. El propio Diego Costa, que fue recibido con los brazos abiertos en la Roja, experimentó el acoso de la tribuna durante el pasado Mundial de Brasil, que al grito de “¡Traidor, traidor”! le recriminó que eligiera una camiseta distinta a la de la canarinha de su tierra natal.

Hasta ahora España se había mantenido en un canal distinto al de esas discusiones. Las verdaderas tensiones entre identidades se manifestaban en la Liga, mientras que la selección ocupaba un plano secundario. Para un catalán jugar en la Roja no implicaba que se cuestionara a bocajarro su identidad cultural. Más allá de fobias y filias, se trataba simplemente de una condición derivada de su adscripción –su ciudadanía- a una comunidad política, la del Estado español. Es decir, el conflicto se reducía al mismo que experimentaba al emplear como identificación un documento emitido por gobierno español. Como el propio Piqué sentenció: “Aunque votara que sí para que Cataluña se independizara creo que puedo jugar con la selección española porque lo marca mi pasaporte o mi DNI.”

Esa visión civilista, sin embargo, se está desvaneciendo y la exigencia para vestir la Roja se acerca cada vez más a una frase atribuida a Camus: “para mí, la patria es la selección nacional de futbol”. No deja de resultar una paradoja enorme que, el mismo año en que la Corte Constitucional negó a Cataluña el reconocimiento como una nación dentro de España, la Roja se coronó en el Mundial de Sudáfrica, con siete catalanes en sus filas. Una puerta similar a la que se cerró para convertir a España en un efectivo Estado plurinacional, parece cerrarse ahora para que la única determinante en una convocatoria a una selección de futbol sea precisamente el futbol. Si resulta absurdo exigir a Piqué que para enfundarse la Roja cante como Manolo Escobar, inadmisible es que se le acose por expresar su opinión en una democracia que se precia de primer mundo.

Veremundo Carrillo Reveles es doctorando en El Colegio de México y forma parte de la Red Integra.

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