EM-02Hace unos días el locutor de radio Oscar Mario Beteta publicó un artículo en el periódico Milenio, en el que concluye:

Si quienes pugnan por una verdadera mudanza que permita la supervivencia de México son sinceros, deberían impulsar una dictadura, ¡que no tiranía!, para refundar el Estado como postrera oportunidad de que no se pierda en el tiempo.

Para eso, nada tienen qué inventar. Todo está en que busquen, encuentren y actúen.

A este conjunto de afirmaciones agrega, como adenda, su apoyo, y llamado a apoyar, las iniciativas de Reforma Política y Reforma del Estado propuestas por el Senador Manlio Fabio Beltrones. Podemos suponer que Beteta ve un vínculo entre una dictadura y ese conjunto específico de propuestas.

En el díario La Razón, Fernando Escalante, no dejó pasar la afirmación de Beteta, y en su artículo explica que el problema es que las premisas desde las que parten algunos críticos del sistema político, sólo pueden llegar a la dictadura como conclusión lógica:

Las premisas han estado ahí desde hace tiempo y el argumento no es difícil de seguir, pero nadie había querido hasta ahora razonar con buena lógica y llegar a la única conclusión posible. Ya iba siendo hora.

Sin embargo, pese al oscuro presagio de Escalante, el periódico El Universal en su editorial del día de ayer, argumenta que las y los ciudadanos distinguen entre el sistema político y los actores del sistema político, con información de una encuesta de Berumen y Asociados:

Desde 2002 se elabora esta encuesta y nunca los resultados parecieron tan intrigantes. “¿Se encuentra satisfecho o insatisfecho con el funcionamiento de la democracia?”, el 69% responde que no. Es el nivel de insatisfacción más alto en ocho años. Sin embargo, la ciudadanía está menos dispuesta que nunca a admitir una dictadura: sólo 32% favorece esa alternativa. Sigue siendo un porcentaje alto, aunque no tanto si tomamos en cuenta que hace cinco años esa opción fue la elegida por la mitad de los encuestados.

El reporte 2009 de la casa encuestadora Latinobarómetro, muestra cifras más precisas. Entre 18 países latinoamericanos, México queda en el lugar 17 cuando sólo 42% de los encuestados dicen que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”. Sin embargo esta cifra cambia a 62%, cuando la afirmación se matiza a “la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno” (el lugar 18 en América Latina).

Pero este desencanto tampoco puede ser muy sorprendente, en un artículo publicado en el número de marzo de Nexos, “La democracia y sus límites” de Adam Przeworski, desde la experiencia personal y el trabajo académico, el autor afirma:

El advenimiento de la democracia generó, de manera repetida e inevitable, desencanto. Claro está, Guillermo O’Donnell pintó el césped democrático del verde hasta el café. La democracia es compatible con la desigualdad, la irracionalidad, la injusticia, el cumplimiento parcial de las leyes, las mentiras y la ofuscación, un estilo político tecnocrático, e incluso con una buena dosis de violencia arbitraria. La vida cotidiana de la política democrática no es un espectáculo que inspire reverencia: una riña sin fin entre ambiciones mezquinas, retórica cuyo propósito es ocultar y engañar, dudosas conexiones entre el poder y el dinero, leyes que no pretenden siquiera ser justas, políticas que refuerzan el privilegio. No sorprende, por tanto, que después de la liberalización, la transición y la consolidación, hayamos descubierto que hay algo que todavía falta mejorar: la democracia.

Es decir, criticar nuestra democracia no necesariamente es un llamado a la dictadura, puede ser, simplemente un llamado a mejorarla. Un llamado a la dictadura en cambio, no es una crítica a la democracia, es su descalificación.

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