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Propaganda antichina, Sonora 1932.

Probablemente uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de México es la campaña antichina que se llevó a cabo durante las primeras décadas del siglo XX en el norte de país. Aprovechando la actual visita del Presidente de China a México, Xi Jinping, vale la pena preguntarse si el gobierno mexicano no debería de pedir una disculpa al pueblo chino, y a los mexicanos de origen chino, por este evento histórico en el que participaron activamente autoridades mexicanas como Alvaro Obregón e incluso el fundador del PRI, Plutarco Elías Calles. Este tipo de disculpas públicas de un pueblo a otro, no son excepcionales, y por ejemplo, el presidente francés, Francois Hollande pidió disculpas recientemente por el sufrimiento causado por autoridades francesas al pueblo argelino durante la colonia; o la disculpa pública que ofreció el gobierno estadounidense en los años ochenta al pueblo japonés y a ciudadanos americanos de origen japonés por los campos de concentración que se construyeron en su país durante la segunda guerra mundial; o la disculpa que pidió el gobierno alemán al pueblo polaco por el ghetto de varsovia. Aquí una lista de disculpas nacionales hecha por la revista Time.

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Los monumentos conmemorativos son invocaciones a un pasado (o al menos a valores que se interpretan de aquel pasado) que queremos dejar fijo. Pocas veces se conmemora de forma sólida el presente: no hay necesidad de darle una materialidad a lo que ya la tiene. A través de los monumentos, materializamos la resistencia al paso del tiempo, marcamos la importancia de lo que queremos que evite la corrosión de la memoria. Eso que ponemos en piedra también es lo que en el texto de la calle queda marcado con plumón fosforescente. Importa tanto el resto del texto, como la parte remarcada. No es lo mismo un busto de un Iturbide emperador en la sala de un nostálgico del imperio, que un busto de Iturbide en el centro del Zócalo, o que uno, en una oscura esquina en un pueblito en Polonia.

Foto: Milenio. Estatua ecuestre de José López Portillo

En nuestro país, tradicionalmente los monumentos han sido parte importante del sistema de legitimación de autoridades y de los procesos de construcción de identidad. Es más frecuente ver monumentos conmemorativos con efigies de personas que monumentos con invocaciones vagas o anónimas. Incluso, me atrevo a especular que la construcción de monumentos es inversamente proporcional a la efervescencia de la discusión pública. Al priorizar unas cosas (eventos, personajes, valores) sobre otras en la memoria que queda materializada en espacios compartidos, los monumentos provocan conflictos entre distintos públicos. Un monumento nos pide a algunos recordar algo, pero también nos pide a otros olvidar ciertas cosas. Si no fuera así, no se explicaría la disputa que hubo en el 2007 en Veracruz cuando un gobierno municipal panista puso una estatua de Vicente Fox, y el gobierno estatal priísta, ofendido, celebró que fuera derribado en la noche (y recordando que militantes panistas habían tirado una estatua ecuestre de José López Portillo décadas antes en Monterrey, y perredistas otra, unos años después, en Campeche).

Hay poco monumentos que representen matices. De hecho –sobre todo cuando son  figurativos- pretenden exactamente lo contrario. Se intenta recalcar un conjunto limitado de memorias o interpretaciones sobre los personajes representados bajo una luz positiva. No es imposible, pero resulta poco probable imaginar poner un monumento a una persona para recordar primordialmente una evaluación negativa (un ejemplo posible es la estatua con máscara de Carlos Salinas de Gortari). La imposibilidad física de matizar las consecuencias de innumerables hechos a través de una estatua es lo que las hace comunes en contextos con poca discusión pública, y relativamente menos comunes en lugares con mucha discusión pública. En la escultura inalterable no cabe la opinión diferenciada.

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