Foto: Policía de Cheshire/AP

Hace una semana Inglaterra despertaba con la peor resaca en 30 años. Los disturbios (en forma incendios intencionales, saqueo de negocios, violencia contra la policía y la población, destrucción de propiedad privada y pública) se extendieron, con manifestaciones menores pero igualmente serias, de vecindarios específicos de Londres a segmentos centrales de otras ciudades grandes y pequeñas. Una vez que los fuegos se extinguieron, la pregunta mil veces repetida ha sido ¿por qué?

Sin embargo, a pesar de la existencia de evidencia seria que ayudaría a explicar causas y contextos de los disturbios y por lo tanto a evitar que se repitan, el discurso oficial, definido por el primer ministro conservador David Cameron, es que los perpetradores pertenecen a un segmento de la sociedad “enferma”, y la propuesta oficial es simplemente el castigo carcelario y mayores estrategias represivas. Contradictoriamente, Cameron no cederá en la decisión de recortar el presupuesto de la policía, incluso después que se comprobó que mayor presencia policiaca a partir del miércoles pasado coincidió con el disminución y cese de la violencia en las calles de Londres. Pero más allá de apagar los fuegos de la violencia, lo que se quiere “apagar” son los medios de comunicación accesibles a los ciudadanos: los medios sociales en línea.

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Foto: Associated Press

He leído el texto de Ernesto Priego con mucho interés. Es cierto que aún es complejo entender con claridad cuáles son las raíces por las que tantos jóvenes británicos han tomado las calles y se han dado al pillaje. Aún así quisiera sugerir que las causas que propone Ernesto no son las únicas ni las más obvias y que hay que evaluar otros argumentos antes de estar seguros cuál de todos (o qué combinación) se acerca más a explicar satisfactoriamente lo sucedido.

Ernesto dice:

Los disturbios recientes en Inglaterra no son producto del hambre como se le conoce en Latinoamérica. Tampoco son una reacción pública explícita a un sistema inequitativo que de maneras muy sutiles todavía protege a una minoría privilegiada.

Su tesis central es que:

Su enojo no es con el capitalismo como sistema de exclusión e inequidad estructural, sino con una cultura que no les dio al nacer el dinero para  comprar lo que les han dicho que deben desear y que ven que muchos se pueden comprar.

Achaca las revueltas a una especie de decadencia cultural de las juventudes “programada” en sus mentes por un sistema económico injusto que ha “destruído sus valores cívicos” y está “programada para pensar que […] lo único que se valora es el dinero”:

Estos jóvenes representan el fracaso del capitalismo como modelo de bienestar social, y tristemente también el fracaso del Estado de Bienestar y de la corrección política, quienes han traicionado a toda una generación haciéndoles crecer en una cultura que sólo valora el dinero fácil en grandes cantidades y cuya meritocracia es cosmética y ficticia. Una generación educada en la glorificación de la violencia del ghetto y el glamur misógino del futbol y la música “urbana” comercial; una generación programada para pensar que uno es la marca de la ropa que usa, enfrentada al hecho que vinieron a un mundo donde lo único que se valora es el dinero.

Aunque Ernesto achaque las culpas finales a una especie de capitalismo decadente su retrato de estos jóvenes reproduce de manera condescendiente algunos de los estereotipos que usan los más conservadores para satanizar a estos grupos sociales.

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Foto: The Guardian

La información que me llega de México y Latinoamérica me da a entender que no se comprende bien quiénes son los jóvenes realizando los disturbios en Inglaterra. Veo la primera página de un diario mexicano y veo una foto de los estudiantes en Chile combatiendo tanques de guerra. En el mismo espacio, la noticia de la violencia juvenil en Manchester, Liverpool, Birmingham.

Para cualquiera que haya vivido en un país en vías de desarrollo, resulta muy difícil entender cómo es que se puede ser pobre y usar ropa de marca cara, comprar videojuegos, tener Blackberries y iPhones, usar audífonos que cuestan lo que una computadora portátil. En el contexto mundial actual, es comprensible que se piense que lo que ha pasado en Inglaterra es una insurrección social de tipo político. No es así, al menos no literalmente.

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agosto 9, 2011

Disturbios en Londres

Cuando el 21 de julio pasado elegí el dibujo “Saqueadores” de la serie “La caída de Londres” de James Boswell (1933) para mi artículo anterior, no imaginé que resultaría más adecuado, de modo literal, para los últimos sucesos en la capital británica. Para estos momentos es muy posible que el que lea ésto ya esté enterado de los hechos principales, aunque espero que una perspectiva local desde Londres pueda quizás agregar algo al exceso de información disponible sobre todo en la red. (Aquí compartí unas lecturas en inglés que considero importantes al respecto).

Una simple cronología de los hechos explicaría que todo comenzó el jueves 4 de agosto del 2011, cuando la policía persigue y dispara fatalmente a Mark Duggan, un hombre de 29 años en el vecindario de Tottenham, en el norte de Londres. El enojo causado por su asesinato y la lentitud con que las autoridades establecieron comunicación clara con los familiares de la víctima y el resto de la comunidad local, movilizó dos días después a unos 300 manifestantes, en su mayoría provenientes de Tottenham y de raza negra, que se expresaron de forma pacífica frente a la estación de policía de la localidad y marcharon a través de los multifamiliares de Broadwater Farm alrededor de las 5 de la tarde.

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