abril 9, 2013

El golpe a Excélsior en Wikileaks

El último grupo de documentos importantes publicados por Wikileaks contiene cables confidenciales del Departamento de Estado del gobierno de Estados Unidos, generados  entre 1973 y 1976, mientras el controvertido Henry Kissinger fungía como Secretario. Una parte importante de  los 1.7 millones de cables que ahora se han dado a conocer ya habían sido publicados por el archivo nacional en Estados Unidos. Sin embargo, no eran de fácil acceso digital ni estaban organizados de la misma manera. Sobre México hay incontables documentos que habrá que revisar con cuidado para localizar información interesante en términos de la política interna de la época y las relaciones exteriores de México.

Uno de los eventos políticos más importantes de ese tiempo fue el llamado “golpe a Excélsior” en el que el gobierno de Luis Echeverría intervino directamente en el periódico (a través de su cooperativa) para expulsar al director, Julio Scherer, y a buena parte de los editorialistas y periodistas. Los cables al respecto no sólo resumen la forma en que el gobierno provocó el golpe, también describen el contexto en el que esto sucedió. Lo que se ve desde los comunicados elaborados por funcionarios estadounidenses, no es algo ni más cierto ni más real, sino simplemente lo que desde la embajada veían.

Entre los cables publicados es interesante ver cómo la embajada de Estados Unidos, de manera recurrente, hace comunicados a partir de editoriales y notas publicadas en Excélsior. Incluso en algún momento, los cables consideran a Excélsior como un periódico independiente–aunque nunca en sus críticas mencionaba el nombre del presidente–, cuyas notas causaban en la embajada cierta irritación.

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Los monumentos conmemorativos son invocaciones a un pasado (o al menos a valores que se interpretan de aquel pasado) que queremos dejar fijo. Pocas veces se conmemora de forma sólida el presente: no hay necesidad de darle una materialidad a lo que ya la tiene. A través de los monumentos, materializamos la resistencia al paso del tiempo, marcamos la importancia de lo que queremos que evite la corrosión de la memoria. Eso que ponemos en piedra también es lo que en el texto de la calle queda marcado con plumón fosforescente. Importa tanto el resto del texto, como la parte remarcada. No es lo mismo un busto de un Iturbide emperador en la sala de un nostálgico del imperio, que un busto de Iturbide en el centro del Zócalo, o que uno, en una oscura esquina en un pueblito en Polonia.

Foto: Milenio. Estatua ecuestre de José López Portillo

En nuestro país, tradicionalmente los monumentos han sido parte importante del sistema de legitimación de autoridades y de los procesos de construcción de identidad. Es más frecuente ver monumentos conmemorativos con efigies de personas que monumentos con invocaciones vagas o anónimas. Incluso, me atrevo a especular que la construcción de monumentos es inversamente proporcional a la efervescencia de la discusión pública. Al priorizar unas cosas (eventos, personajes, valores) sobre otras en la memoria que queda materializada en espacios compartidos, los monumentos provocan conflictos entre distintos públicos. Un monumento nos pide a algunos recordar algo, pero también nos pide a otros olvidar ciertas cosas. Si no fuera así, no se explicaría la disputa que hubo en el 2007 en Veracruz cuando un gobierno municipal panista puso una estatua de Vicente Fox, y el gobierno estatal priísta, ofendido, celebró que fuera derribado en la noche (y recordando que militantes panistas habían tirado una estatua ecuestre de José López Portillo décadas antes en Monterrey, y perredistas otra, unos años después, en Campeche).

Hay poco monumentos que representen matices. De hecho –sobre todo cuando son  figurativos- pretenden exactamente lo contrario. Se intenta recalcar un conjunto limitado de memorias o interpretaciones sobre los personajes representados bajo una luz positiva. No es imposible, pero resulta poco probable imaginar poner un monumento a una persona para recordar primordialmente una evaluación negativa (un ejemplo posible es la estatua con máscara de Carlos Salinas de Gortari). La imposibilidad física de matizar las consecuencias de innumerables hechos a través de una estatua es lo que las hace comunes en contextos con poca discusión pública, y relativamente menos comunes en lugares con mucha discusión pública. En la escultura inalterable no cabe la opinión diferenciada.

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