Escalante vs. Zuckermann

Uno de los temas más interesantes y controvertidos en las discusiones públicas de los últimos años ha sido el que trata sobre las reformas electorales del 2007. Aunque el tema suena árido, en él se presentan disyuntivas y dilemas sobre cómo se entiende la libertad de expresión en nuestro país, y cómo se distingue de intereses comerciales particulares.

La última ronda de discusión dio inicio con la votación en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que resultó en un empate, para decidir si se discutía o no un juicio de amparo promovido por 15 personajes públicos en contra de una de las cláusulas de las nuevas leyes electorales que restringe la compra de espacios en medios de comunicación masivo a privados para influir en el proceso electoral.

En esta discusión ha sido particularmente sobresaliente un debate escrito entre el periodista Leo Zuckermann y el académico Fernando Escalante. Zuckermann defendiendo el amparo que él mismo firmó, escribió,

Nosotros pusimos sobre la mesa un amparo que toca varios temas torales de la democracia. Ha sido muy frustrante ver que la discusión de la demanda muchas veces se ha reducido a argumentos más de la forma legal que del fondo político. Me da la impresión de que muchos magistrados y ministros prefieren la comodidad de desechar una demanda con argumentos legaloides y puntillosos propios de un juez de barandilla.

A partir de este párrafo, Escalante entra a la discusión,

Me llama la atención que en un texto que quiere reivindicar “la democracia liberal” se trate con semejante desprecio los “argumentos legaloides y puntillosos”. Esos que hacen liberal a la democracia. Pero es bueno saber, que también de aquel lado, hay una idea sustantiva de la justicia, que puede prescindir de los detalles de forma y los argumentos legaliodes.

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Ilustración: Moisés Butze

Imagen: Moisés Butze

La versión completa de este texto fue originalmente presentada en el Observatorio Judicial 2009 del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Las cuotas de género instauradas en México son parte de un proceso más amplio de reformulación normativa e institucional en marcha en buena parte del mundo. Al igual que otras reformas, (derechos colectivos de minorías culturales y étnicas, formas de democracia participativa, regulaciones restrictivas de la competencia electoral y limitaciones de la libertad de expresión, etc.) las cuotas de género no son parte del legado histórico de la democracia liberal, sino una adición más bien reciente. Son una prueba de que los debates normativos e institucionales en torno a la democracia liberal se encuentran lejos de estar cerrados.

En general —con la notable excepción de los países nórdicos— las democracias consolidadas del mundo se han movido de manera más lenta y cauta en lo que hace a la innovación en materia de cuotas. No sólo eso sino que de los tres tipos de medidas antes descritos han optado por la opción que involucra una menor coerción e intervención estatal: las cuotas partidistas voluntarias. Las reformas que aparecen como mecanismos más radicales —reservar curules para mujeres— son más comunes en países que tienen una historia democrática corta y frágil. Las cuotas legislativas ocupan un lugar intermedio. ¿Qué significa esto? Quiere decir, para empezar, que, a pesar de su innegable éxito, la justificación normativa de estas medidas es todavía motivo de gran debate. Por ejemplo, en Estados Unidos, Inglaterra y Francia el tema de instaurar cuotas de género ha levantado fuertes controversias políticas y judiciales. El tema central es que dichas medidas chocan a menudo con las disposiciones y leyes establecidas para combatir la discriminación y asegurar la igualdad, por ejemplo la Sex Discrimination Act de Gran Bretaña. Muchos se preguntan si el sistema de cuotas es en realidad un avance democrático o si es una medida que por, el contario, choca con principios torales de su legado democrático, como la igualdad de oportunidades. En varios de estos países, como resultado de las polémicas, los partidos políticos adoptaron mecanismos voluntarios. En cambio, en otros países con escasa o nula tradición democrática estas medidas fueron adoptadas de forma rápida y sin grandes debates nacionales. En parte esto se explica precisamente por la ausencia de una tradición democrática bien establecida que pusiera en tela de juicio algunos aspectos normativos cuestionables, o debatibles al menos, de las cuotas en un contexto democrático. Aun los proponentes de las cuotas reconocen que las justificaciones filosóficas de estas medidas son todavía precarias y están por desarrollarse. Con todo, en esos países hay poco pruritos para utilizar la fuerza coercitiva del Estado para imponer una visión de la sociedad.

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TonyJudtEl viernes pasado murió el historiador inglés Tony Judt (en el Blog de Jesús Silva-Herzog Márquez hay un buen post con varios textos y obituarios). A mediados del 2008 fue diagnosticado con una enfermedad, llamada esclerosis lateral amiotrófica, que de manera gradual le fue quitando la movilidad del cuerpo del cuello hacia abajo (como narra en su texto “Night“, aquí en español). Desde finales del 2009, hasta este mes, publicó en el New York Review of Books una serie de textos autobiográficos en los cuales reflexiona sobre ciertos lugares y temas desde la experiencia personal. Esta serie de textos autobiográficos la empezó con un texto que leyó en la Universidad de Nueva York, “What is living and what is dead in Social Democracy? (“¿Qué está vivo y qué ha muerto de la socialdemocracia?” en español). En la presentación de dicho texto, anunció públicamente su enfermedad. En la página del Remarque Institute de NYU se puede ver el video (sólo Realplayer o Quicktime), y ponemos el audio de dicha conferencia aquí:

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Imagen: Francisco Goya

La reciente prohibición de las corridas de toros en Cataluña reactivará el debate entre partidarios y contrarios a la fiesta en el resto de los países donde la tauromaquia pervive. Será, como la mayoría de las veces, un diálogo que termine en el silencio o en la injuria. Y es que no hay punto de acuerdo posible entre unos y otros. Las posturas son irreductibles: o se conserva o se suprime la tauromaquia.

Debo decir, para que quede claro lo que sigue, que pertenezco al partido de los taurinos. Como aficionado he escuchado todos los argumentos, de la más diversa índole, que esgrimen los abolicionistas. En cambio, no he visto en ninguno la mínima voluntad por tratar de entender aquello que combaten. Por el contrario, el lenguaje de los antitaurinos está cargado, las más de las veces, de intolerancia, odio y sectarismo. Dicen que los aficionados a la tauromaquia no son más que una horda barbárica que goza con el derramamiento de sangre.

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Hace unas semanas inició la presentación de la obra de teatro Oleanna en la Ciudad de México. La obra está escrita por el dramaturgo estadounidense David Mamet (quien también es guionista y tiene entre sus películas más famosas The Postman Always Rings Twice, Wag the Dog, The Spanish Prisoner) y en México está montada por Enrique Singer, con las actuaciones de Irene Azuela y Juan Manuel Bernal. En la obra, hay por lo menos tres discusiones conectadas entre sí, que parecen haber sido particularmente acaloradas a mediados de los años noventa: liberalismo vs. posmodernismo, el hotigamiento sexual en centros educativos y centros de trabajo, la legitimidad de las relaciones de poder a partir de jerarquías institucionalizadas (i.e. la relación estudiantes – profesores).

En La Jornada Olga Harmony escribió:

El lenguaje es, pues, parte muy importante de la obra y sus posibles interpretaciones dan lugar a las acciones de la alumna que precipitan el drama basado en un equívoco. Pero también la acción escénica muestra esa falta de comunicación, porque, ante las confidencias que se le escapan al profesor, ella intenta decirle algo que le es muy importante pero no logra interrumpir la perorata del docente. Es la primera ironía que va desnudando al verdadero ser del maestro que se ve a sí mismo como un profesor de avanzada, capaz de transgredir los ordenamientos escolares, pero incapaz de escuchar realmente a esa chica que le está reclamando atención, porque está muy ocupado con la compra de una casa nueva y la posibilidad de que le otorguen la definitividad en su cátedra.

Luego está esa sorda pugna por el poder de dos generaciones, entre profesor y alumna, que se esconde tras el malentendido. Es de notarse que, mientras el hombre mayor se siente solitario e inseguro en un mundo académico que semeja una selva, la muchacha se refiere varias veces a “mi grupo” como un punto de apoyo, y en nombre del cual habla, para hacer ver que son varios los que están en su caso y a los que les ha costado mucho trabajo llegar a la universidad. Los contrastes son también de dos mundos, el elitista del intelectual que va a poseer casa nueva y cátedra y el de esas generaciones de jóvenes para quienes el estudio es un transformador social.

Jesús Silva-Herzog Márquez en el periódico Reforma reseña la traducción mexicana de la obra:

Sellada por la subordinación, la comunicación entre ellos es imposible. Ni siquiera el inocente intercambio sobre el clima cruza el abismo del poder. Cuando las palabras quedan imantadas por la enemistad, ni el trivial saludo alcanza la otra orilla. El buenos días puede ser escuchado, en efecto, como un insulto. ¿Buenos días? La densidad verbal de la obra de Mamet está estupendamente bien servida por la traducción de Daniel Pastor. Todo conspira contra la comunicación: la vanidad alimenta la inseguridad; la soberbia bloquea la comprensión; el resentimiento cierra los oídos y endurece los prejuicios. En un espacio diminuto dos personas son incapaces de estar juntos y escucharse. Uno atiende el teléfono; la otra se ha detenido en su pasado.

Mónica Lavin hace en El Universal una interpretación más cercana a la crítica al feminismo y la “corrección política”:

Esa relación profesor alumno que nos remite al balance de fuerzas que evidencia razones e injusticias de uno y otro lado, intereses de uno y otro momento. Para el alumno la calificación es la comprobación del logro, el fruto del esfuerzo, la posibilidad de la beca; para el profesor el trabajo es no sólo pasión (cuando lo es la enseñanza) sino sustento, seguridad laboral. Me vienen a la mente dos novelas recientes que tocan el tema del profesor despedido, en la de Philip Roth (La mancha humana) la acusación es por racismo, pues los dos alumnos que faltan siempre son negros y su calificación es considerada discriminatoria; en la estrujante Desgracia de J. M. Coetzee, el profesor que tiene una relación con una alumna es llevado a consejo por acusación de abuso. Los derechos de los alumnos llevados al extremo, la corrección política aplastando la dignidad.

Oleanna se presenta en el teatro “El Granero” del Centro Cultural del Bosque hasta el 23 de mayo.

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Foto: functoruser

Foto: functoruser

No todos los ciudadanos mexicanos somos iguales ante los ojos de la ley. El artículo 29 de la Ley de Asociaciones Religiosas califica como una infracción punible que un ministro de culto se oponga “a las leyes del país o a sus instituciones en reuniones públicas”. Los recientes debates sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo han puesto sobre la mesa los dilemas entre el proyecto del Estado laico y el del Estado liberal. El cardenal Rivera dijo, entre otras cosas, que la nueva Ley aprobada por la ALDF era “mala y perversa”. Cualquier otro ciudadano puede libremente decir que ésta o aquella ley es grotesca o inadecuada, y después hacer una campaña para eliminarla. Él no puede hacerlo. La libertad de creencia (o de pensamiento) no necesariamente resulta en libertad de expresión en el Estado laico.

Por un lado, el deber del Estado liberal en temas religiosos, suele entenderse como el de ser un Estado neutral y que reconoce ciudadanía plena a todos sus ciudadanos: “uno que lidia imparcialmente con su ciudadanos y que se mantiene neutral en el asunto de qué tipo de vidas se deben vivir” (P. Jones). De cierto modo, este ideal filosófico implica que toda discusión sobre “cómo se debe vivir” debe ser libre y sin intervención estatal, sin censuras a una parte o la otra y –mucho menos— que al Estado le dé por dictar normas al respecto. El Estado liberal debe permitir que los asuntos normativos se decidan en el gran mercado de las ideas y que, finalmente, se voten y se vuelvan ley por los canales de representatividad acostumbrados.

Por otro lado, el corazón del proyecto laico no son ni la neutralidad ni las libertades, es garantizar que el Estado se separe activamente de las religiones organizadas o, en su defecto, que mantenga a las organizaciones religiosas separadas de la vida pública. Sin embargo, hay varios argumentos del laicismo que nos permiten tender puentes con la doctrina liberal, a la vez que entender mejor de qué se trata el Estado laico, más allá de la mera separación. Primero, la transformación de mayorías religiosas en mayorías políticas suele implicar un riesgo para el Estado democrático y para sus ciudadanos, dada las inclinaciones de algunas religiones para segregar a los diferentes. Segundo, la ley de los hombres debe estar por encima de la ley de dios si queremos que la ley revelada no sea un obstáculo recurrente para que cualquier norma puedan seguir a debate (discutir con dios casi siempre implica la dificultad de encontrar su nuevo número de celular). Y finalmente, se asume que hay una diferencia fundamental entre política y religión, como alguna vez señaló, no sin un dejo de humor, el rabino británico Lord Sacks: “nunca le den el poder a un líder religioso, no sabemos cómo manejarlo. Y la razón es porque la política depende de la negociación que, en términos políticos es una virtud, pero que en términos religiosos es un vicio”.

Aunque históricamente el estado laico ha sido una construcción más bien centrada en restringir la actividad pública de las iglesias cristianas, desde una perspectiva más honda, las restricciones son sólo instrumentos –ni únicos ni exclusivos- para proteger principios fundamentales: a) la protección del los derechos de los que piensan y viven distinto, b) la seguridad de que todo se pueda discutir abiertamente entre ciudadanos y c) que siempre haya espacio para la negociación y el pragmatismo en las decisiones políticas. Es precisamente en estos puntos en los que el Estado laico cobra su verdadero sentido y en el que encuentra territorio común con los ideales liberales.

Aunque en sentido literal algunas declaraciones del Cardenal Rivera son violatorias de la ley, están lejos de poner en riesgo los fundamentos básicos de la separación Iglesia-Estado porque a) ni la Iglesia está acallando el debate público mientras arguye –como lo ha hecho– la incuestionabilidad de la ley divina, y porque b) tampoco el Cardenal da muestras de ser un político de exclusiva convicción que no entiende el significado de negociación. Quizá el punto más sensible sea la posibilidad de que una mayoría religiosa se transforme en una mayoría política afectando los derechos de terceros (en este caso los de los homosexuales); pero aún si eso ocurriera, se podría decir que la decisión se tomó por vías democráticas y mediadas por el sistema de representación partidaria.

Sin embargo, ojalá que el silencio de la Secretaría de Gobernación respecto a las polémicas declaraciones de los jerarcas eclesiásticos no se deba a su timidez para aplicar la Ley, sino que más bien sea porque la comisión sancionadora se encuentra en una cavilación meticulosa sobre los dilemas liberales del Estado laico y que, por lo tanto, pronto hagan público el producto de su reflexión.

Mario Arriagada. Politólogo.

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