mayo 8, 2017

Un fósil llamado Marcelino Perelló

Nos fascinan las historias de insectos atrapados en ámbar, vestigios de ropas prehistóricas conservadas por algún azar del clima, huellas de animales extintos grabados en rocas que alguna vez fueron terrenos fértiles. Lamento desperdiciar tantas metáforas en este tema lúgubre, pero algo tienen en común con Marcelino Perelló. Habría que preguntarnos qué gruesa capa de material inexpugnable lo aisló durante décadas del aire que respiramos los demás, hasta que la rasgaron sus comentarios en el programa Sentido contrario del 28 de marzo, difundidos en las redes sociales el 7 de abril.
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Cualquier persona que tenga hijos sabe muy bien que, por pura salud mental, el pesimismo tiene que tener límites. Sin embargo, creo que hay ciertos momentos en la vida de una nación cuando lo que procede es detenerse en el pesimismo, reconocerlo, tratar de identificar dónde se ubica su “esencia”, sopesarlo en la medida de nuestras posibilidades y dejarlo por escrito. Esto es lo que haré en estas líneas. Sin embargo, quizás porque tengo tres hijos relativamente pequeños (12, nueve y seis años), terminaré con un par de párrafos sobre un texto de Hannah Arendt (1906-1975) que acaba de ser reeditado en español con el título “Introducción a la política” y que forma la segunda parte de un libro con un título muy sugerente (al menos para nosotros los mexicanos en los tiempos que corren): La promesa de la política.1 Como es sabido, uno de los principales problemas del México contemporáneo es que sus habitantes no creen en la política (ni en los políticos por supuesto), ni esperan prácticamente nada de ella. Además, están hartos de tanta corrupción. Más allá de la larga lista de gobernadores cleptómanos, el pesimismo mexicano actual tiene en dicha ausencia total de confianza y de expectativas en la política y en los políticos uno de sus elementos centrales.

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