El 9 de marzo de 1940, en las postrimerías del régimen cardenista y en medio de la agitación política por las próximas elecciones presidenciales, se abrió el primer dispensario para toxicómanos en la Ciudad de México, en el número 33 de la calle de Sevilla.

drogas

El Departamento de Salubridad Pública afirmaba que ahí “se tratará gratuitamente a todos los toxicómanos que lo soliciten y se ordenarán las internaciones que sean necesarias al Hospital de Toxicómanos, las que se acordarán solamente en casos de gravedad y después de haberse visto que la curación de tales enfermos no puede conseguirse sin su hospitalización”.

En la inauguración el doctor José Suirob —funcionario del Departamento de Salubridad— habló de los esfuerzos realizados hasta entonces en contra de las adicciones en México.

Se referió a la entrada en vigor del nuevo Reglamento Federal de Toxicomanía, aprobado en 1940 y en el que se adoptaba que los adictos eran enfermos y que el Estado no criminalizaría su condición. También dejó en claro que el tráfico ilícito de drogas seguiría siendo perseguido con todo el rigor de la ley.

En ese primer dispensario atendían diariamente entre 200 a 500 personas. Los toxicómanos eran registrados y clasificados en tres niveles: incipiente, innato e incurable. Los pacientes de los dos primeros estratos recibían la dosis recomendada por el médico asistente. Los enfermos del tercer nivel eran enviados al Hospital de Toxicómanos.

Se permitían hasta dos inyecciones diarias por cada paciente, con un costo de 80 centavos por dosis. En la calle el gramo de heroína se vendía en cerca de 50 pesos, pero sin garantía sobre su pureza. En cambio, el dispensario adquiría el gramo a 3.20 pesos directamente con el proveedor farmacéutico.

Un testigo directo de la aplicación de esa política sobre las drogas fue el escritor José Luis Martínez, a la postre director del Fondo de Cultura Económica, pero en ese entonces estudiante de medicina. Él visitó el dispensario de la calle de Sevilla y aseguraba: “Allí se inyectaba a los drogadictos. Bastaba decir su nombre, confesar su adicción y pagar la moderada cuota fijada… Todos los días había largas colas, y se contaba que a Agustín Lara y a ciertas señoronas, un médico iba a sus casas a darles sus dosis. Me consta que el sistema funcionaba y que sólo se cobraba el costo bruto de la droga, más los gastos de operación. Y para los drogadictos, esta reducción implicaba una reducción de actos criminales. Las drogas podían venderse en las farmacias, con recetas especiales de los médicos”.

Junto con otro estudiante de medicina, Martínez también asistía a la penitenciaría de Lecumberri a inyectar a los presos. “Nuestras tareas consistían en recoger los frasquitos de drogas, las jeringas, agujas y compresas de algodón con alcohol, y las libretas donde anotábamos los nombres de  los drogadictos y las dosis que recibían… nuestro encargo era el reducir poco a poco las dosis añadiendo agua a la solución… Para los drogadictos aquello era una bendición. Solían inyectarse con instrumentos rudos, sin ninguna asepsia y la droga les costaba mucho más cara. Nunca tuvimos ningún problema en Lecumberri ni en otros lugares a donde fuimos después”.

La prensa progubernamental destacaba los aciertos de la nueva política. En El Nacional apareció el artículo “El comercio de drogas heroicas morirá en México” Y Manuel Gil, en La Prensa, realizó un extenso e interesante reportaje. Un adicto le dijo: “Los traficantes están de duelo, pero es que ni robando podríamos comprar la droga: figúrese vale 50 pesos el gramo y… mala. Algunos de nosotros estamos enfermos del corazón por los menjurjes con que se le mezcla para que rinda más. Y aquí, con un peso, nos aguantamos todo el día. Dígalo usted: estamos agradecidos con Salubridad, muy agradecidos”. En ese mismo diario, en otra nota publicada dos días después, se afirmaba que una de las más famosas traficantes, Lola la Chata, perdía—dejaba de ganar, para ser exactos— hasta 2,600 pesos diarios, pero el Departamento de Salubridad obtenía
1,300 pesos diarios, que deberían dedicarse a la apertura de otros dispensarios.

Excélsior, por su parte, expresaba el espíritu prohibicionista e informaba de un inexistente dispensario “en la calle de Versalles”: “Desde hace días por disposiciones del Departamento de Salud las drogas enervantes y la terrible yerba mariguana ya no serán consideradas como materia de delito, ni culpables los que las acostumbran, pues muy al contrario el gobierno convertido en una especie de tutor, por medio de uno de sus dispensarios, facilitará los estupefacientes a quienes lo deseen. Es más: la liberalidad de las autoridades sanitarias es tal que en el dispensario de Versalles gratuitamente se ponen inyecciones de heroína a los viciosos que ahí acuden”.

¿Pero cómo fue posible tal cosa?

En gran medida gracias al trabajo de los doctores Leopoldo Salazar Viniegra, Jorge Segura Millán, José Suirob y otros, quienes se dedicaron a la investigación científica sobre las adicciones en el país y elaboraron la propuesta de un nuevo reglamento que sustituyera al de septiembre de 1931, que sólo había provocado “una persecución de los viciosos, contraria al concepto de justicia… toda vez debe conceptuarse al vicioso más como enfermo a quien hay que atender y curar, que como verdadero delincuente que debe sufrir una pena”. Para estos médicos “el único resultado obtenido” de la aplicación del reglamento de 1931 “ha sido el del encarecimiento excesivo de las drogas”, que sólo había beneficiado a los traficantes.

Las propuestas del doctor Salazar Viniegra y sus colaboradores eran lidiar con la toxicomanía de manera tolerante y ecuánime y, al mismo tiempo, atacar al comercio ilícito de drogas.

En octubre de 1938 el reglamento fue presentado al Ejecutivo que, a su vez, llevó la iniciativa para su discusión al poder Legislativo, donde finalmente se aprobó y fue publicado en el Diario Oficial el 17 de febrero de 1940.

Según el maestro Ricardo Pérez Montfort —de cuya reciente obra Tolerancia y prohibición. Aproximaciones a la historia social y cultural de las drogas en México, 1840-1940 han sido tomadas estas notas— la nueva legislación era posible pues aún el problema de las drogas en el país no parecía grave. De acuerdo con el doctor Salazar Viniegra, en la ciudad de México, donde había más adictos, estos apenas llegaban a los 6 mil y en el país no había más de 10 mil, con una población que rebasaba los 20 millones de habitantes.

Además de los reproches de la prensa prohibicionista, los problemas internos derivados de la aplicación del nuevo reglamento fueron menores.

Los vecinos y la policía capitalina se quejaron de los personajes que rondaban el dispensario —“exponentes de la miseria humana, pedazos de carnes flácidas, apestosas, envueltas en los andrajos de la existencia”, deambulaban por la calle de Sevilla y se echaban a dormir en el camellón de la avenida Chapultepec. Las autoridades manifestaban sus dudas acerca de si serían puestos en libertad los encarcelados por el delito de compra-venta de estupefacientes, y si en adelante bastaría con una receta médica para que las boticas expendieran pequeñas cantidades de droga.

“Pronto la situación se fue aclarando —dice Pérez Montfort—. Los presos que estaban en la penitenciaría por vender droga se quedarían adentro y los que sólo eran adictos debían salir libres.  Los que traficaban y también tenían el hábito igualmente se quedarían en la penitenciaría en donde se les atendería su vicio. Ya en libertad los que eran sólo toxicómanos podían acudir al dispensario para recibir sus dosis diarias.”

Pero la oposición más poderosa vino del exterior.

En el contexto de la creciente prohibición sustentada en la legislación internacional impulsada por Estados Unidos desde los inicios del siglo XX, un reglamento como el mexicano significaba una violación a la Convención de Ginebra de 1931 y un reto al Comité Central Permanente del Opio de la Liga de las Naciones. También contravenía algunos acuerdos bilaterales firmados con el gobierno estadounidense que tenía al frente de su política antidrogas a Harry J. Anslinger —jefe de la División Antinarcóticos del Departamento del Tesoro norteamericano— y que, según Pérez Montfort, se “convertiría en el fundador de una red de inteligencia internacional que funcionó desde 1930 hasta 1963 y recibiría por primera vez el mote de ‘zar antidrogas’”.

México presentó su postura en mayo y junio de 1939 en Ginebra, en el seno de la Sociedad de Naciones, y fue secundada por Polonia y Suiza. Sin embargo Anslinger y el coronel C. H. L. Sherman —jefe de la División de Narcóticos canadiense— se opusieron abiertamente.

El gobierno estadounidense y sus agencias manifestaron su preocupación pues para ellos la legislación permisiva de Cárdenas significaba distribuir drogas legalmente “para satisfacción del vicio” y fomentaba la criminalidad. El gobierno de Estados Unidos anunció un embargo a la exportación de todo tipo de fármacos y drogas a México. “El argumento consistía en que mientras estuviera vigente el decreto tolerante existiría el peligro de que aquellas sustancias se utilizaran para fines no médicos e ilegítimos”.

Fueron inútiles los intentos negociadores del gobierno mexicano con el Departamento del Tesoro, y la iniciativa del doctor Salazar Viniegra terminó enfrentada con la política prohibicionista de Estados Unidos.

México necesitaba químicos y medicamentos norteamericanos y por recomendación de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el presidente Lázaro Cárdenas decretó la suspensión del Reglamento Federal de Toxicomanía el 7 de junio de 1940. El 13 de julio se anunció el cierre de los dispensarios y una nota periodística cabeceaba: “Ni morfina, ni cocaína. La guerra en Europa ha hecho que las drogas enervantes escaseen en México”.

El reglamento estuvo en vigor apenas cuatro meses. Con el paso del tiempo el espíritu prohibicionista se impuso, pero el consumo de drogas rebasaría los límites de la salud pública para convertirse en el problema mayúsculo de violencia y corrupción que hoy padecemos.

 

Hugo Vargas

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A pocos días de cumplir los primeros 100 días de su administración, Donald Trump consideró cancelar el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN), por medio de una orden ejecutiva. Así lo reportaron diversos medios de prestigio en la prensa norteamericana. La sola posibilidad dio fin a semanas de estabilidad y recuperación del peso mexicano, el cual mostró una vez más cuan sensible es nuestra moneda a la menor declaración, tuit, comentario, del presidente norteamericano.
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mayo 8, 2017

Un fósil llamado Marcelino Perelló

Nos fascinan las historias de insectos atrapados en ámbar, vestigios de ropas prehistóricas conservadas por algún azar del clima, huellas de animales extintos grabados en rocas que alguna vez fueron terrenos fértiles. Lamento desperdiciar tantas metáforas en este tema lúgubre, pero algo tienen en común con Marcelino Perelló. Habría que preguntarnos qué gruesa capa de material inexpugnable lo aisló durante décadas del aire que respiramos los demás, hasta que la rasgaron sus comentarios en el programa Sentido contrario del 28 de marzo, difundidos en las redes sociales el 7 de abril.
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abril 21, 2017

Elecciones en Francia: disputa entre populismos

Una disputa que llegó para quedarse

La noche del 8 de noviembre de 2016, tan pronto se conocían los resultados electorales que daban por segura la victoria de Donald Trump, el profesor Robert Reich académico en Berkeley, Secretario de Trabajo con Clinton y miembro destacado de la resistencia frente a las políticas del nuevo presidente de Estados Unidos compartió en su página de Facebook un mensaje para sus más de 2 millones de seguidores. En él se lamentaba de las terribles noticias, pero urgía a sus simpatizantes a no rendirse, ya que la pelea real sólo había comenzado. Para Reich, quedaba claro que “eventualmente [la disputa] iba a ser entre el populismo autoritario y el populismo progresista”. Por el momento, el populismo autoritario había triunfado, ese era el verdadero significado del triunfo de Trump, pero con una oposición unida, inteligente y disciplinada, concluía, “el populismo progresista triunfará”. 

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Cualquier persona que tenga hijos sabe muy bien que, por pura salud mental, el pesimismo tiene que tener límites. Sin embargo, creo que hay ciertos momentos en la vida de una nación cuando lo que procede es detenerse en el pesimismo, reconocerlo, tratar de identificar dónde se ubica su “esencia”, sopesarlo en la medida de nuestras posibilidades y dejarlo por escrito. Esto es lo que haré en estas líneas. Sin embargo, quizás porque tengo tres hijos relativamente pequeños (12, nueve y seis años), terminaré con un par de párrafos sobre un texto de Hannah Arendt (1906-1975) que acaba de ser reeditado en español con el título “Introducción a la política” y que forma la segunda parte de un libro con un título muy sugerente (al menos para nosotros los mexicanos en los tiempos que corren): La promesa de la política.1 Como es sabido, uno de los principales problemas del México contemporáneo es que sus habitantes no creen en la política (ni en los políticos por supuesto), ni esperan prácticamente nada de ella. Además, están hartos de tanta corrupción. Más allá de la larga lista de gobernadores cleptómanos, el pesimismo mexicano actual tiene en dicha ausencia total de confianza y de expectativas en la política y en los políticos uno de sus elementos centrales.

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febrero 21, 2017

Si Maquiavelo fuera asesor político en México

A casi 500 años de su muerte, ¿qué puede decirnos Nicolás Maquiavelo -el teórico, el historiador, el diplomático- sobre la política de nuestro tiempo? ¿Qué podría aconsejar a los modernos príncipes y ciudadanos? ¿Qué haría, por ejemplo, como asesor en Los Pinos o la Cancillería? A continuación, una selección de fragmentos de sus obras más celebres que nos muestra a la Historia como la consideraba el gran florentino: “maestra de nuestras acciones, sobre todo de las acciones de los príncipes”:

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febrero 13, 2017

Datamancia, una superstición superdotada

Hace dos años la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la OCDE, presentó el documento Estudios económicos de la OCDE. México. Enero 2015. El mensaje medular corroboraba los decires del presidente Peña: que, efectivamente, las reformas estructurales aprobadas por el PRI, el PAN y el PRD eran el santo remedio a los males nacionales. A partir de un sencillo análisis filológico —esto es, en tanto manifestación idiomática— concluí yo en ese entonces: el texto es una depurada expresión del pensamiento mágico contemporáneo. La OCDE albriciaba entonces: “México ha emprendido un audaz paquete de reformas estructurales con el que pone fin a tres décadas de lento crecimiento, baja productividad, informalidad generalizada en el mercado laboral y una elevada desigualdad en los ingresos”. Con las cursivas quiero subrayar que el verbo se conjugaba en presente. Enseguida, los expertos de la OCDE presagiaban: “…y auguran [las propias reformas] buenos resultados para 2015 y años posteriores”. También aquí el verbo es clave: augurar. Un augur en la Antigua Roma era el sacerdote dedicado oficialmente a la adivinación, un don otorgado por los dioses —no por nada “adivinar” se encuentra en el mismo campo etimológico que “divinidad”—.

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enero 30, 2017

El fin del TLCAN no es el fin del mundo

Voy directo al tema porque así está la circunstancia: directita. Ante la casi inminente imposición de límites draconianos a las importaciones mexicanas a Estados Unidos (de entrada el anuncio de la pretensión del Presidente Trump de imponer un arancel del 20 por ciento a los productos de México para pagar el muro), la posibilidad de un acuerdo bilateral EEUU-Canadá con exclusión de nuestro país, la limitación de las inversiones de las multinacionales estadounidenses en México, entre otras situaciones, el gobierno mexicano debería pensar seriamente (como seguramente lo está haciendo) en abandonar el TLCAN. Para ello se requiere, en principio, considerar asuntos como estos:

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Sí, la planeada visita de Peña a Washington, el próximo 31 de enero, fue una movida prematura, poco razonada, que implicaba más riesgos que oportunidades. Muy probablemente acabaría exponiendo de manera innecesaria a nuestro jefe de Estado. En otras palabras, una jugada que mostró miopía diplomática en vez de algún tipo de visión estratégica…todo muy parecido a la invitación al candidato Trump en agosto pasado, que ya le empieza a reclamar el mundo a la élite política mexicana. Sí, la cancelación del viaje de Peña a Washington llegó tarde, después de mucho titubeo ante ofensas muy concretas. Y sí, de hecho, ya no le quedaba de otra a Peña, pues Trump prácticamente ya lo había desinvitado.

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Dentro del plan para los primeros 100 días de su gobierno, Donald Trump estableció cuatro asuntos clave en materia comercial: su intención de renegociar o salir del Tratado de Libre Comercio (TLCAN); la salida de los Estados Unidos del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP en inglés); designar a China como un país manipulador de divisas; identificar los “abusos de comercio exterior que injustamente afectan a los trabajadores estadounidenses” y poner un fin inmediato a ellos.

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